SEIS
Llego a las diez menos dos. Me siento de espaldas a la calle para ver a Vera entrar. Saco mi libreta de cuero marrón y la Parker de tinta azul; las alineo a la derecha del posavasos. Mantengo la libreta cerrada. Abierta señaliza urgencia; cerrada, disposición.
Rosa me trae el cortado sin preguntar. El café está perfecto. No está nunca mal, pero hoy la temperatura del vapor ha rozado la precisión absoluta.
Vera entra a las diez menos un minuto.
—Buenos días, cariño. ¿Qué le traigo?
—Un café solo, grande. Con hielo, por favor. Tres cubos. Sin azúcar.
—Está usted loca —sentencia Rosa—. Pero se lo traigo.
Vera llega a la mesa y se sienta frente a mí. La luz de la mañana le da de lleno en la mejilla izquierda. Se aparta un mechón del ojo y me mira.
—Hola, Sandro.
—Hola, Vera.
—Dime que has dormido mejor que yo.
—Tres horas y cuarenta minutos.
—Yo tres y media. Empate técnico.
Apoya los codos en la mesa y se frota las sienes. Ha decidido que la vida se vive con la cara que amanece; la suya amanece bien. No lo digo. Rosa deja el café con hielo con un golpe seco de cristal contra madera. Vera bebe medio vaso de un trago y exhala.
—Así está mejor.
—¿Es una costumbre?
—El café con hielo, sí.
—La segunda anomalía térmica en una semana —anoto.
—¿Cuántas más necesitas para dejar de usar la palabra anomalía?
—Tres. Una es accidente, dos coincidencia, tres patrón.
—Entonces, a la próxima cafetería ya seré una categoría operativa.
—Me parece una definición exacta.
Abro la libreta.
—Vamos a lo de ayer —digo.
Ella saca su Moleskine y el rotulador verde. Abre una página en blanco.
—Dispara.
—Anoche, treinta y dos personas asumieron que somos pareja. Ni tú ni yo desmentimos. No lo hicimos por tres razones: la velocidad del contexto, la cortesía hacia los novios y porque, con frialdad operativa, no hacerlo ofrece ventajas prácticas.
—¿Ventajas prácticas? —Vera apoya el mentón en el puño y me mira con una mezcla de paciencia y diversión. Prefiero no cuantificar el efecto que eso tiene en mi columna—. Te escucho.
—Uno: protege la logística del sábado. Si la familia te trata como a la «prima Vera» y no como a la fotógrafa contratada, tu trabajo será más fluido.
Dos: le ahorramos a Giulia la incomodidad de corregir a su abuela en plena semana de boda.
Tres: te evitas explicaciones con tu tía Rosario sobre nuestro encuentro.
—Hago una pausa—. Cuatro: a mí me ahorra las sugerencias de mi tío Carlo sobre traer acompañante. Me estoy usando a mí también.
—Me parece honesto —admite ella. Bebe café y vuelve a fijar su vista en mí—. Tengo una pregunta: ¿vamos a hablar de las condiciones o fingiremos que no existen?
—Por eso estamos aquí. Empieza tú.
Abre su libreta. El rotulador verde cruje sobre el papel.
—Primera: mi trabajo es fotografiar, no actuar.
Haré gestos puntuales de coherencia, pero no esperes que esté pegada a ti como una novia.
Segunda: no hay guion previo de cómo nos conocimos.
Si preguntan, improvisamos sobre la marcha; la única regla es no contradecirse.
Tercera: si uno quiere desmontar esto, se desmonta sin protocolos. Una llamada y fin.
—Aceptado —añado—, con el matiz de avisar antes a Giulia.
—Cuarta —añade ella con tono divertido—. Si me llamas «cariño» o «mi amor» en público, te cobro tarifa por minuto. Quinientos dólares por mención. Mil si hay más de seis personas delante.
Tardo un segundo exacto en contestar. Ella registra el silencio.
—Anotado.
—Hablo en serio.
—Lo sé. ¿Tú no vas a añadir condiciones?
Es mi turno. Mi pluma Parker desliza sobre el papel mientras el rotulador de Vera crujía. Dos sonidos superpuestos.
—Primera: puntualidad absoluta. El sábado los horarios son innegociables.
—Aceptado, salvo que se cruce una familia de patos.
—Segunda: coherencia mínima. Si doy el brazo, lo coges. Si lo das tú, yo lo recibo. Tercera: casas separadas, obvio. Pero si los invitados asumen que hemos llegado juntos, nos vamos juntos. Se toma un coche y te bajas en el primer semáforo; importa la salida, no el trayecto.
—Tu obsesión por la coherencia pública es casi simpática —dice ella.
—Cuarta: tú fotografías, yo protocolo. No nos pisamos competencias. Si te indico un cambio por logística, me lo discutes. Si tú pides un cambio por estética, te escucho. Pero la decisión final sobre la imagen es tuya; sobre el acto, es mía.
—Aceptado, con un matiz: si discutimos delante de tu prima, cederé ante el protocolo. Las novias necesitan ver que sus padrinos se llevan bien.
Anotamos. El pacto toma forma sobre el mármol.
—Quinta —digo—. Si cualquiera se siente incómodo, nos retiramos a un lateral durante cuarenta y cinco segundos exactos para hablar. Sin testigos. El otro debe estar disponible, esté haciendo lo que esté haciendo.
Vera deja el rotulador.
—Esa condición no es tuya, es para los dos. Aceptada con agradecimiento.
Cerramos las libretas. Ella deja un doblez en la esquina de la página.
—Una última —dice—. Después de la boda, no hay conversación incómoda. Lo que pactamos termina a las dos de la mañana del domingo. A las dos y un minuto no nos debemos nada. Ni despedidas, ni «qué tal la semana». Relación profesional hasta la entrega de fotos y fin.
Asiento tras un instante de rigidez que espero que no haya notado.
—Aceptado.
Ella termina su café. Guarda su equipo y cruza las manos sobre la mesa.
—Sandro, ¿por qué aceptaste ayer a las ocho y treinta y dos que nadie corrigiera?
—En ese momento, desmentirlo habría sido cruel para mi tía y humillante para Giulia. Esa es la respuesta exterior.
—¿Y la de dentro?
Hago girar la Parker entre los dedos.
—La de dentro es que, cuando mi tía preguntó cuánto llevábamos juntos, mi cabeza procesó la pregunta como algo posible antes de que entrara la razón. Mi respuesta fue lenta. Y la lentitud en un profesional es un fallo de precisión.
Vera me sostiene la mirada mientras el ruido de la cafetería parece bajar de frecuencia.
—Eres peligroso cuando decides ser honesto —dice finalmente.
—No decido. Me sale así contigo.
—Patrón —sentencia ella.
Nos levantamos. Pago los cafés sin que ella intente intervenir esta vez. Salimos a la luz de Biscayne Boulevard. Ella saca el móvil para pedir un Uber.
—Te llevo —digo.
—¿A dónde?
—Al atelier. He cambiado de plan.
Cancela el coche y me mira. No pregunta cuándo he cambiado de plan; lo sabe. Subimos a mi coche en el parking contiguo. Huele a madera de cedro. Vera se abrocha el cinturón y deja su bolsa a los pies.
—¿Cedro? ¿A propósito?
—A propósito.
—Eres exactamente el hombre que elegiría a conciencia el olor de su coche.
Arranco. Conduzco en silencio hacia Coral Gables. Ella mira por la ventanilla con la barbilla apoyada en la mano.
—Sandro —dice sin mirarme.
—Dime.
—Me gustó mucho la quinta condición. La de los cuarenta y cinco segundos.
—Te dije que era por los dos.
Cruzamos el puente bajo la luz de las once. Suena Paolo Conte a bajo volumen. Ella no lo comenta, pero en el primer semáforo la veo tararear dos notas sin darse cuenta. Dos notas. Exactas. No las cuento en voz alta, pero las cuento.