Primera opción CINCO
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CINCO

La cena de ensayo la organiza el tío Carlo en un italiano de barrio escondido en Coconut Grove.

Un local que lleva cuarenta y siete años sirviendo el mismo menú sobre manteles de cuadros rojos y blancos que aquí son una seña de identidad.

El sitio se llama Bertolini, lo regenta un hombre calvo al que todos llaman Paolo —aunque en la carta figure como Paul— y tiene reservada una mesa para treinta y dos personas bajo una parra seca de la que cuelgan bombillas amarillas.

Treinta y dos invitados.

Estaba convencida de que Giulia se había equivocado en el WhatsApp.

Treinta y dos para un ensayo. La boda real será de doscientos; esto es solo el aperitivo.

Un aperitivo que incluye a novios, padrinos, padres, hermanos, abuelos, tíos, primos y a tres personas que mi tía Rosario ha invitado sin consultar a nadie porque «son como de la familia».

De esas tres, ella es una. Le pregunté a Giulia qué pintaba mi tía Rosario en su cena. Me contestó, textualmente: «Lleva un año enviándome fotos de salones que no me interesan. La he invitado para que me deje en paz hasta el sábado». Estrategia impecable.

Llego a Bertolini a y cuarto en punto. Visto un diseño negro sin mangas, corto, comprado esta mañana con Giulia, y las sandalias negras que Sandro me recomendó en Lucien.

El cinco de junio fue ayer; hoy es veinte.

En cinco días Miami me ha hecho gastar más en ropa que en los últimos cuatro meses.

La cara de la abuela Dolores al verme salir ha sido la de una general que ve a su tropa finalmente uniformada.

—Así sí, nena. Te pareces a ti misma otra vez.

—Abuela, yo me parezco a mí siempre.

—Tú te parecías a ti en Beirut, cariño. En Miami parecías un fantasma. Esta noche ya no.

Con Dolores se discute lo mínimo.

Entro en el local. Me golpea el aroma de la cocina: tomate, albahaca, parmesano y vino derramado sobre madera vieja.

Al fondo, bajo las bombillas amarillas, la mesa larga luce un lino blanco impoluto, copas por triplicado y tarjetas manuscritas cada dos metros.

Alguien ha cuidado la disposición. Deduzco que ese alguien es Sandro.

Está al extremo de la mesa, hablando con Paolo. Camisa blanca con dos botones abiertos y la chaqueta de lino beige en el respaldo. Sin corbata. Con el pelo algo más movido que de costumbre, conserva ese aire de editorial de moda tras ocho horas en el taller. Las cosas son como son.

Me ve. Interrumpe la charla y camina hacia mí con la calma de quien no presta atención al resto del restaurante.

—Vera.

—Sandro. Muy puntual.

—Se me da bien cuando me concentro.

—Se nota.

Observa el vestido. No es la mirada del hombre que evalúa un cuerpo, sino la del diseñador que juzga un corte. Un escaneo profesional de segundo y medio.

—¿Te gusta? —pregunto antes de decidir si quería hacerlo.

—Me agrada la costura del hombro. Es un corte francés simple y bien ejecutado. Lo has comprado hoy.

—Esta mañana. Con tu prima.

—Me advirtieron de tus referencias de zapatería —añado.

—Me lo imaginaba.

—Fui a Ecco.

—Lo sé. Es la colección de primavera de ese fabricante. Observo; es mi profesión.

—Pensé que tu profesión era coser.

—Coser es la consecuencia. Mi profesión es mirar.

No replico. Hay frases con las que es mejor no meterse antes de la primera copa. Sonrío y dejo pasar la información. Sandro me ofrece el brazo como un padrino con su acompañante oficial.

—¿Te acompaño a tu sitio?

—Por favor.

Rodeamos la mesa mientras se llena. Giulia y Diego presiden un extremo.

Al fondo, Ornella ocupa su lugar, tan recta que parece que la silla fue diseñada para sostenerla.

A su derecha hay una tarjeta vacía: Vera Molina .

Junto a la mía, otra: Sandro Greco . Levanto los ojos hacia él. Me mira con su neutralidad habitual.

—Decisión de Giulia —aclara—. Como eres la fotógrafa, le pareció útil coordinar detalles durante la cena.

—Razonable. Seguridad operativa.

—Exacto.

—Eficiencia —insisto.

—Tu especialidad.

Le aparto la silla para sentarme y él hace lo mismo conmigo. Quedamos un segundo tirando en direcciones opuestas en un duelo de cortesía muda. Ornella nos observa con la paciencia de quien ya ha visto esta película. Sandro cede, me siento y él ocupa el sitio a mi derecha.

— Buona sera, cara —dice Ornella—. ¿Cómo estás?

—Bien. Cansada. Bonito restaurante.

—Bonito no es; está anclado en 1983. Pero la comida es maravillosa. Paolo jamás se ha permitido el lujo de hacer mal las cosas.

Me pone la mano en la muñeca dos segundos.

Un gesto que registra nuestra presencia mutua.

Suficiente. La cena estalla en vida. Mi tía Rosario entra como si fuera la dueña, saluda a Paolo en un italiano de supermercado y se sienta al otro extremo.

Me lanza un guiño cargado de connotaciones que abarca a Sandro, mi vestido y el destino del universo. Finjo ceguera.

Paolo sirve el vino. Sandro llena mi copa sin preguntar. Tinto.

—Gracias. ¿Se ofrece tinto por defecto?

—Aquí sí. Si prefieres blanco, te lo traigo.

—Con este calor es un homicidio, pero seré valiente.

Bebo. Está frío; lo han tenido en hielera.

Lo registro. Ornella me observa con una media sonrisa guardada.

Llegan los platos: focaccia, burrata, anchoas, caponata.

El aluvión habitual que nadie pide, pero Paolo impone.

Sandro se ocupa del protocolo: saluda, rellena copas y, cuando el camarero se salta mi plato, me ofrece una aceituna negra con la punta de su tenedor.

Nadie parece prestar atención. Todo el mundo lo ve.

El conflicto estalla a las ocho y treinta y dos. Mi tía Rosario cruza el restaurante con su copa, se apoya en la silla de Sandro y pregunta con un volumen diseñado para doce comensales:

—Sandro, cariño. Cuéntame. ¿Cuánto lleváis saliendo Vera y tú?

Ornella no se mueve; baja la vista al plato con parsimonia. Sandro tarda dos segundos en procesar. Luego se gira hacia Rosario con amabilidad seca.

—Nos conocimos hace una semana, Rosario.

Mi tía procesa el dato con la lentitud con la que se sala el agua hirviendo. Luego amplía la sonrisa.

—¡Ay, qué bonito! ¡Amor a primera vista! —Me guiña el ojo y busca testigos—. ¡Giulia! ¡Matteo! ¡Mirad qué pareja!

Antes de que podamos aclarar nada, la madre de Diego añade leña al fuego inclinándose hacia la novia:

—Giulia, cara, qué hermoso. Los dos padrinos juntos. Los padrinos siempre terminan... bueno, ya sabes.

Giulia me mira. Tiene esa chispa de travesura heredada. Sabe perfectamente qué ocurrirá si no interrumpe la escena. No lo hace. Al contrario, golpea su copa con la cucharilla para pedir silencio.

—Brindo por Diego y por mí, pero también por nuestros padrinos. Porque sin Vera no habría fotos y sin Sandro no habría vestido. —Mira a uno, luego al otro—. Y porque quién sabe qué pasará en la próxima boda Greco-Molina.

Risas. Aplausos. Alguien grita «evviva». Registro tres verdades con claridad quirúrgica:

Giulia ha hecho pública la suposición ante treinta y dos personas.

Nadie corrige. Ni Sandro, ni yo, ni Matteo, ni Ornella.

Tengo una milésima de segundo para decidir si rompo el hechizo.

Miro a Sandro. Él me sostiene la mirada con la copa aún sobre el mantel. Sus ojos plantean una pregunta precisa: «¿Qué hacemos?» . Sin decir nada, levanto la copa. La llevo a la altura del brindis y miro a la novia.

—Gracias, prima. Los protagonistas sois vosotros.

Bebo. Sandro lo hace medio segundo después. Nadie corrige nada. Los aplausos mueren y la charla vuelve a desparramarse en tres idiomas. Ornella se inclina hacia mi sien.

—Ah —susurra en italiano—. Questa sí .

Durante el resto de la cena, Sandro y yo cumplimos un contrato invisible: no mirarse más de lo necesario, no rozarse al pasar el pan, no reírse demasiado de los chistes del otro.

Cualquiera de esos gestos sería una confirmación.

Lo ejecutamos con una incomodidad tan contenida que solo los ojos entrenados la perciben.

A las once y cinco, Giulia cierra la velada. La abrazo al salir.

—Te voy a matar —le digo al oído.

—Ya lo sé.

—Lo has hecho a propósito.

—Lleváis cinco días mirándoos. Alguien tenía que decirlo en voz alta.

—Esto es trabajo, Giulia.

—Lo era hasta el domingo. Pregúntaselo al padrino.

Salgo a la calle templada de Coconut Grove. Espero el Uber en la acera cuando oigo pasos tras de mí. Sandro sale sin chaqueta, con la camisa a medio remeter y el pelo despeinado por la noche. Se detiene a un metro.

—Hola —digo.

—Hola.

El silencio se estira bajo una palmera. Un coche pasa con música cubana a bajo volumen.

—Deberíamos haber dicho algo —admite él.

—Deberíamos.

No añadimos nada. Ninguno tiene ya la voluntad de corregir la mentira a solas.

—Mañana a las diez en la mansión —dice finalmente—. Por el cáterin.

—A las diez.

—Descansa.

—Tú también.

Me subo al coche. Antes de arrancar, miro por la ventanilla. Sandro sigue ahí, observándome con una mirada que ya no es operativa. Es la mirada de quien no sabe qué ha firmado esta noche ni con quién. El coche arranca. Saco el móvil y escribo a Valentina.

Vera: Val. Problema. Valentina: ¿Qué problema?

Vera: Cena de ensayo. Giulia ha brindado por los próximos padrinos Greco-Molina.

Treinta y dos personas creen que somos pareja.

Nadie ha corregido. Valentina: Ajá. Entonces no es un problema, Vera.

Es una trama. Vera: Val, tengo que hacerle cuatrocientas fotos el sábado a un hombre que todos creen que es mi novio. Valentina: Ya. Ponte guapa.

Bloqueo el teléfono. Miami pasa por la ventanilla: luces, puentes y yates amarrados.

Me permito, por primera vez, la idea que mi tía soltó y mi prima ejecutó: que para ese universo de treinta y dos personas, Sandro y yo somos ya una pareja.

Todavía no he aprendido a reírme de eso con la soltura que debería.