CUATRO
El ensayo termina a las seis y veintidós, diez minutos tarde según el cronograma.
Registro la desviación como un margen aceptable en esta familia.
El asistente se marcha prometiendo al titular para mañana.
Giulia se abraza a Diego con esa efusividad propia de quien siente haber superado una carrera de obstáculos por caminar doce metros entre sillas blancas.
Mi tío Carlo ofrece el brazo a Ornella con ese gesto antiguo de su generación y la escolta hacia la casa.
Antes de irse, ella me dedica una mirada de las suyas: «He visto más de lo que he dicho y voy a decir menos de lo que he visto, pero no menos de lo que quiero que oigas».
Luego se aleja. El bastón marca su ritmo: dos toques secos, uno suave.
Me quedo en el centro del jardín, con la carpeta azul, observando a Vera Molina recoger su equipo.
Se mueve con una economía gestual que registré al primer vistazo.
No deshace ni rebusca. Guarda el cuerpo de cámara en la funda acolchada, luego el objetivo en su compartimento, la Moleskine en el lateral y el bolígrafo en la presilla interior.
Bajo un grifo del claustro se enjuaga las manos, se seca con el borde de la camiseta y se endereza.
Vera sabe dónde va cada cosa. El dato me tranquiliza más de lo que me habría permitido admitir esta mañana.
Se acerca por la piedra irregular con la bolsa al hombro. La huella marrón en el césped sigue allí. La he registrado tres veces durante el ensayo: una por visión periférica y dos a propósito. Es el tipo de detalle que me desconcentra y me divierte a partes iguales.
—¿Cerramos los flecos? —pregunta al llegar.
—Cerramos.
—¿Aquí, dentro o caminando?
Valoro las opciones. «Aquí» implica una luz que pronto empezará a molestar. «Dentro» supone invadir un despacho ocupado por asistentes del cáterin.
—Caminando.
Echa a andar hacia la verja sin esperar, obligándome a ajustar la zancada.
Al cruzar el jardín delantero, decide ignorar el sendero y pisar directamente el césped.
Ya ha descartado la etiqueta formal del primer acceso.
Su zapatilla izquierda se hunde un milímetro en el verde húmedo. Ya no me parece relevante.
Cruzamos la verja y salgo a la acera. La tarde de Coral Gables en junio tiene una cualidad que no existe en otra latitud. La luz ya no es vertical, pero cruza los ficus como si iluminara la escena para una película privada. El asfalto exhala el calor del día.
—Una pregunta sencilla —dice ella sin detenerse—. ¿Qué fotos son irrenunciables, cuáles negociables y cuáles excluibles? Si no lo tengo claro, el sábado mato a la fotógrafa.
—Irrenunciables: llegada, votos, firma, beso, entrada al convite, bailes oficiales, retratos nucleares de familia y salida de los novios. Once en total.
—Vale.
—Negociables: detalles de decoración, invitados, grupos espontáneos, niños.
—Esas salen solas si me muevo bien.
—Exacto.
—¿Excluibles?
—Cualquier cosa que Giulia no quiera ver el día después. Lo dejo a tu criterio.
Se detiene un segundo para mirarme de reojo.
—¿Delegas en mí el criterio sobre lo que tu prima no querrá ver?
—Sí.
—Es mucha confianza para tres horas de trato.
—He visto tu web.
—La diseñé para engañar.
—La web es la web. Tus fotos son tus fotos.
Esboza una sonrisa lateral que se retira tan rápido como una exhalación. Me recuerda a las de Ornella cuando le confirmas algo que ella ya sabía. La comparación me desconcierta y decido archivarla.
Llegamos a Lucien. Es una cafetería blanca y mínima regentada por Jérôme, que lleva once años cobrándome lo mismo. Entramos. Él me dedica una ceja en alto preguntando si necesitamos mesa para dos. Asiento.
—Lo de siempre, Sandro —dice él.
—Dos cortados.
—Uno solo —me corrige Vera—. Con hielo. Sin azúcar.
Jérôme asiente. Anoto la anomalía térmica; su voz esta mañana ya tenía esa sequedad de quien bebe agua gélida. Nos sentamos al fondo, junto al ventanal. Ella apoya los codos en el mármol y yo abro la carpeta azul.
—La retribución —señalo la página dos—. Tarifa de mercado de nivel uno, más un veinte por ciento por urgencia y un bono por puntualidad en la entrega.
Gira la carpeta, lee la cifra, alza las cejas un milímetro y me la devuelve.
—Acepto.
—No la ha mirado suficiente tiempo para procesarla.
—He visto lo necesario para saber que es más que razonable.
—Le aconsejo que la relea.
—Sandro, he cobrado veintisiete dólares por una semana en el norte de Afganistán. Lo que hay en esa hoja me sobra.
Me quedo quieto dos segundos.
—En ese caso, pasamos al contrato.
Saco el documento de dos páginas que preparé para Birnbaum.
—Términos estándar. Exclusividad, cesión de derechos privados, pago contra entrega y cláusula de no publicación sin permiso. Una firma por página.
Lee en silencio. Extrae de su bolsillo un rotulador verde de punta fina —el de marcar hojas de contactos— y firma con caligrafía angulosa.
Me devuelve el papel. Saco mi pluma heredada y firmo al lado.
Ella observa el contraste entre el rotulador y la Parker.
No dice nada, pero su gesto es el de quien anota una observación técnica.
Jérôme trae los cafés. Ella bebe medio vasito de un trago.
—Listo —concluyo—. Sábado a las tres en la mansión. Hasta las dos de la mañana. Hay un dresscode operativo: colores oscuros, zapato cerrado. Para no competir en el encuadre.
—Tengo pantalón negro. Zapatos negros no. Los compraré mañana.
—En el seis doscientos de Lincoln Road hay una zapatería, Ecco, de horma cómoda.
Me mira fijamente.
—¿Una recomendación de zapatería?
—Una recomendación operativa.
—Lo noto.
Termina el café y mira por el ventanal a un hombre paseando perros en formación. Registra la escena con ese ojo que ya he etiquetado: el que mira para archivar, no para describir. Vuelve a mí.
—Una advertencia —dice apoyando la mano en el mármol—.
Un fotoperiodista no es un fotógrafo de bodas.
No voy a pedirle a la novia que mire a cámara ni a montar el retrato perfecto del abuelo.
Eso lo hago si surge. Yo capturo lo que los demás no ven.
Si esperas una revista milimetrada, te aviso: la mayor parte será reportaje. Gestión de expectativas.
Me gusta el orden de su planteamiento. Y la precisión de su castellano.
—Lo hablaré con Giulia y te confirmo mañana.
—Vale.
—Tengo una pregunta —añado—. La cámara que llevas ahora no es la del ensayo. Has cambiado el cuerpo. ¿Por qué?
Vera se queda inmóvil tres segundos. No los cuenta, solo los habita.
—Nadie me había preguntado eso en una reunión profesional.
—Me he dado cuenta.
—He decidido hacer la boda con el cuerpo B. El obturador es más silencioso y la empuñadura me resulta más cómoda para jornadas largas. Decisión técnica y estética.
—Yo haría lo mismo con mis herramientas —respondo—. Lo entiendo.
Ella me sostiene la mirada un segundo de más.
—Interesante. En una frase has hablado como fotógrafo y en la otra como sastre. Me imagino cuál es cada una.
Jérôme aparece con la bandeja. Ella le indica que nos vamos y saca una tarjeta de su bolsillo.
—Pago lo mío.
—La invito yo.
—No —dice con una firmeza seca—. El primer café de un contrato lo pago yo. Regla no negociable.
—¿Por qué?
—Me gusta empezar sabiendo que no le debo nada a nadie.
No tengo respuesta para una frase de ese peso. Hay personas que sueltan verdades como si leyeran el menú del día. Jérôme cobra por separado. Mientras firmo mi ticket, la campana de la puerta anuncia a mi hermano. Matteo cruza la cafetería con prisa.
—Sandro. Perdona, te he visto al pasar. Voy a casa, Lucía ha estado en el pediatra.
—Todo bien, espero.
—Sí. —Se gira hacia Vera—. Usted debe de ser Vera.
—Y usted Matteo. Encantada. Gracias por el contacto, me ha servido esta tarde.
—Un placer.
Matteo la mira bien. Luego me mira a mí y me lanza el gesto que llevo treinta años traduciendo.
—Te llamo luego.
Paga su café y se marcha. Lo veo subir a su coche a través del vidrio. Antes de arrancar, me mira y sonríe con esa suficiencia de hermano mayor que se reserva la opinión para la noche.
Vera observa el ventanal, pero no mira a Matteo. Mira la luz dorada doblándose sobre el mármol. Es la mirada de quien desea fotografiar algo y decide no hacerlo. Se da cuenta de que la observo. Se cuelga la bolsa al hombro y se levanta.
—Mañana me confirmas lo de Giulia.
—Y tú el calzado.
—Hecho.
Salimos a la acera. Ella pide un coche.
—Por cierto —dice sin mirarme—, revelaré lo de hoy mañana. Si Giulia quiere algo para su álbum, dímelo.
—¿Has sacado fotos durante el ensayo?
—De los novios, de Ornella, del claustro, de las sillas. Hasta de un pájaro.
—¿Y de mí?
Vera levanta la vista. Me mira dos segundos largos.
—De ti no —dice—. Todavía no.
El coche llega y ella se marcha hacia South Beach. Me quedo en la acera un momento extra. Vuelvo hacia Alhambra con el contrato en el bolsillo y nuevos datos en el archivo: paga su café, firma en verde, prefiere el obturador silencioso y se reserva el derecho de no haberme retratado aún.
Tres segundos. Cuento. No pasa nada. Cuento igual.