Primera opción NUEVE
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NUEVE

El sábado amanece azul.

A las diez, Giulia se probará el vestido por última vez antes de la ceremonia. Voy a capturar ese momento.

Benito me abre la puerta lateral. Hoy luce una chaqueta de lino blanco en lugar del chaleco de jardinero; le toca hacer de portero. Me indica que Sandro ya ha llegado, que Matteo no tardará y que Giulia está en camino.

Entro. El atelier respira otra luz. Las ventanas del sur están entreabiertas y la mesa de corte despejada. El vestido ha sido retirado del maniquí; supongo que aguarda en el cuarto de prueba.

Ornella está junto a la ventana, con el bastón en una mano y una taza de café en la otra. Me saluda con el gesto corto de quien considera los saludos largos un lujo.

—Has llegado temprano.

—Me he levantado a las seis.

—Yo a las cinco y media.

—Siempre gana.

—Siempre.

Sandro está en el patio trasero hablando con dos repartidores de cáterin.

Viste camisa blanca, pantalón de traje negro y zapatos de boda.

Aún no se ha puesto la chaqueta ni la corbata.

Ese estado intermedio posee una cualidad visual que registro desde el otro lado del vidrio con la discreción con la que se mide la luz de una escena sin sacar la cámara.

—Vera —dice Ornella sin apartar la taza de sus labios—. Ven aquí.

Me coloco a su derecha. Sandro gesticula dando instrucciones; el bolígrafo azul asoma tras su oreja contra el resplandor del patio.

—Vas a estar tranquila hoy —sentencia ella.

—Lo intento.

—No lo intentes. Estate.

—Eso me dice mi hermana Clara.

—Tu hermana Clara me parece una persona sensata. Tú no siempre lo eres.

—Me lo dicen.

—Hoy sé sensata.

Me sostiene la mirada. No es el escaneo del primer día ni el juicio de Bertolini; es una invitación a quitarme la armadura. La guardo en el bolsillo y le sonrío lo justo. Ella me devuelve el gesto y vuelve a mirar hacia fuera.

La campanilla tintinea. Entra Giulia con su madre y la peluquera.

El volumen sube dos decibelios. Hay abrazos, besos y esa calma tensa de las mañanas de boda.

La madre de Giulia me dice que estoy flaca y que se siente tranquila sabiéndome al mando de las fotos.

Luego le pide a Ornella que se siente; Ornella accede solo porque ya se había cansado de estar de pie.

Giulia entra en el cuarto de prueba para ponerse el vestido de transporte; el definitivo lo veré a las tres.

Me quedo con Matteo y las mujeres mientras preparo la Canon B con el cincuenta milímetros.

Me muevo capturando lo que será importante después: el maniquí vacío, las cintas métricas, las agujas sobre porcelana vieja y el estante de telas desde el ángulo de Ornella.

Evito retratarla a ella sin permiso y paso de largo ante la foto de Lucía en el pasillo; decidí el otro día que esa imagen no la tocaría.

Entonces Giulia sale. Lleva el vestido de transporte: ligero, sin cola ni bordados, pero ella ya es la novia.

Se ha recogido el pelo y luce un collar de perlas pequeñas.

Se observa en el espejo, de perfil y de frente, y busca a su madre.

Esta se muerde la mano, se aparta y llora dos lágrimas discretas.

Ornella le tiende un pañuelo con la puntería de quien conoce el ritual.

Fotografío a la madre. Primer plano. Silencio total de obturador. Giulia asiente con la cabeza; es nuestra señal. Me la quedo.

—Vera —dice Giulia—, necesito que Sandro vea la manga izquierda. Me queda alta en el hombro.

Salgo al patio. Sandro termina de hablar con los repartidores y camina hacia mí.

—¿Todo bien?

—Giulia quiere que veas el hombro izquierdo del vestido de transporte.

Frunce el ceño apenas un grado y entra conmigo.

Giulia está con la peluquera. Sandro se acuclilla tras ella con el bolígrafo azul en la mano.

Yo me quedo en el umbral. Cambio al veinticuatro-setenta para ganar ángulo en el espacio reducido.

Sandro palpa la costura. Levanta la tela con dos dedos y marca un punto mínimo con tinta azul.

—Tienes razón —concluye—. El pliegue está subido dos milímetros. Lo bajo ahora.

—¿En los dos? —pregunta Giulia.

—En los dos.

Saca los alfileres y trabaja con la concentración de un relojero. Coloca, retira y vuelve a clavar con una precisión de diez mil repeticiones. Se incorpora.

—Listo.

Giulia sonríe al espejo. Se ve mejor. Y yo, desde el umbral, empiezo a disparar.

Sandro conversa con la peluquera sobre la caída del tejido definitivo.

No me ve. Está inmerso en la técnica. Le fotografío las manos: la derecha con el bolígrafo, la izquierda con los alfileres.

Le fotografío la nuca contra la luz de la ventana.

Registro su perfil: la mandíbula tensa, el gesto suspendido.

Hago trece fotos en dos minutos. Sin permiso, en silencio.

No son fotos técnicas; son fotos mías. Esas que haces porque la escena ha dejado de ser trabajo para convertirse en otra cosa.

Sandro se levanta, besa a Giulia en la mejilla —lo capto por reflejo— y sale del cuarto.

Al pasar a mi lado, se detiene. Baja la vista a mi cámara y me mira.

Hay curiosidad y una pregunta implícita.

—¿Me las enseñas? —susurra.

—Cuando estén reveladas.

—Ahora.

—No. Las miras editadas o no las miras.

—Vale.

—Después de la boda —insisto.

Asiente sin discutir, pero su mirada se queda grabada en mi archivo personal.

Camina hacia la mesa grande y empieza a anotar el ajuste dándome la espalda.

Desde aquí noto que el lado izquierdo de su cuello se ha subido un milímetro, probablemente por el movimiento de agacharse.

Nadie más lo vería. Yo llevo una hora entrenando el ojo en este lugar. Me acerco. Me planto detrás de él.

—Sandro.

Se gira un cuarto de vuelta.

—¿Sí?

Lo hago sin pensarlo. Levanto la mano y coloco los dedos sobre su cuello.

Bajo la tela blanca y almidonada con un gesto suave.

Sandro se queda inmóvil. No se aparta ni reacciona; mantiene la vista en un punto fijo de la pared.

Siento bajo mis yemas, justo encima de la clavícula, su pulso: acelerado, pero bajo control.

Tardo medio segundo de más en retirar la mano. La bajo y la meto en el bolsillo para ocultar el temblor. Él se gira del todo.

—Lo tenías subido —digo—. Un milímetro.

—Vale.

—De nada.

—No te he dado las gracias.

—Ya.

Esboza esa sonrisa pequeña que dura apenas un instante.

—Gracias —dice entonces.

—Ahora sí.

Se queda mirándome con la libreta a medias y el bolígrafo entre los dedos. Tiene la cara de quien acaba de registrar un contacto que no pidió y que, sin embargo, ha aceptado. Desde el otro lado del atelier, suena la voz pausada de Ornella. Sin mirarnos.

—Vera, cariño, dile a Giulia que la peluquera necesita cinco minutos. Y a Matteo que si las rosas no llegan a las dos, llamo yo a la floristería en italiano.

—Voy —respondo.

Cruzo el atelier. Al pasar frente a Ornella, ella se gira apenas un centímetro. Dirige el comentario al bastón que sostiene:

—Ah. Questa sì .

Esta vez suena a certeza absoluta. Sigo caminando sin darme por aludida, pero el latido me llega al cuello. Entro en el cuarto de prueba con trece fotos nuevas en la tarjeta y el corazón al ritmo exacto de cuando sé, antes de disparar, que la foto va a salir bien.