UNO
Miami no recibe: embosca.
Salgo al vestíbulo de llegadas con la maleta y la bolsa de la cámara al hombro, y lo primero que me golpea no es el calor.
Es el olor. Café cubano, ambientador de plátano sintético, piel humana, gasolina y una humedad que lo envuelve todo.
Es un aroma que se instala bajo la lengua; un idioma que reconozco con la parte del cuerpo que recuerda cosas que yo preferiría olvidar.
«Bienvenida, nena», me dice Miami, con esa voz de tía abuela que te pellizca el moflete.
Cojo aire. Error. Miami también se te mete por los pulmones.
Camino hacia la salida esquivando a un grupo de turistas alemanes que avanzan con la convicción de que el carro del equipaje es un derecho constitucional.
Un niño me observa desde el hombro de su padre y me regala la sonrisa que los niños reservan para los desconocidos: franca, sin criterio, injusta para el resto del mundo.
Le devuelvo un gesto con las cejas. El niño se ríe. El padre no se entera. Mejor así.
Saco el móvil del bolsillo trasero. Dieciocho notificaciones.
«Dieciocho. A las once de la mañana. Miami no duerme y tampoco deja dormir».
Empiezo desde arriba.
Mi tía Rosario, 08:14: «Nena, ya estás a punto de aterrizar, me lo dice la app esa que te seguí el vuelo. Te ponemos flan esta noche. Y cuidado con el calor, que se ve que allí en España ahora hace más frío». En Madrid hace treinta y un grados, pero mi tía cree que toda Europa es Escandinavia.
Mi tía Rosario, 08:16 (fotografía adjunta): un hombre de espaldas, en camisa blanca, mirando unas palmeras. No se le ve la cara. Es un robado con zoom, con la resolución de quien ha intentado ser discreto y ha fracasado.
Mi tía Rosario, 08:16: «Este es el padrino».
Mi tía Rosario, 08:16 (segunda foto del mismo hombre, esta vez ligeramente de perfil, igual de lejos): «Este también es el padrino, pero desde otro ángulo».
Mi tía Rosario, 08:17: «Se llama Sandro. Es italiano».
Mi tía Rosario, 08:17: «Solterísimo».
«Solterísimo» no es una palabra, pero mi tía Rosario posee un castellano propio que ninguna academia se atrevería a corregir a estas alturas.
Mi tía Rosario, 08:18 (mensaje de voz de un minuto y cuarenta y dos segundos).
No lo escucho. Todavía no. Si empiezo con los audios de mi tía antes de recoger la maleta, acabaré pidiéndole asilo al primer policía que vea.
Sigo bajando.
Mi abuela Dolores, 09:02, con la sintaxis digital de quien aprendió a mandar mensajes el mes pasado: «Nena, te espero con las croquetas hechas. Son de las buenas, no las congeladas que compra tu hermana. No te pongas las zapatillas esas de trabajo, que es una boda, no una excavación. Besos».
Miro mis pies por reflejo.
Zapatillas de trabajo. Blancas. O lo fueron.
Ahora exhiben un rastro marrón por el lateral izquierdo cortesía de Oporto, una mancha que podría ser café o algo peor, y la suela derecha gastada.
Son las más cómodas del mundo. Han recorrido cuatro continentes, dos bodas y tres velorios.
Las tengo fichadas en el umbral de apartamentos en Brooklyn, hoteles en Estambul y casas prestadas en México.
No pienso llevar otros zapatos a la boda de mi prima Giulia, pero mi abuela no necesita saberlo todavía.
Sigo.
Mi hermana Clara, 09:18: «¿Cómo estás?».
Tres palabras. Ningún emoji. Cero contexto. Clara lleva veintiséis años preguntándome lo mismo y es lo único estable que tengo en la vida junto a la correa de la cámara y los tallarines instantáneos.
Le contesto: «Aterrizando. Zapatillas puestas. La abuela ya ha protestado».
Clara, a los cuatro segundos: «Previsible». Clara, a los seis segundos: «Avísame cuando llegues al apartamento».
Luego mi hermana Luna, a las 09:44, con la lógica de una bailarina que vive en su propia zona horaria: una foto de un perro callejero en un tren de cercanías en Barcelona.
Sin texto. El animal mira a cámara con ojos de saberlo todo.
Luna envía fotos de perros a toda su agenda sin pedir permiso.
Es un sistema de afecto que ni entiendo ni cuestiono.
Por último, mi prima Giulia, a las 10:50: «Veraaaaa. Estoy llorando en el probador. Llámame cuando puedas. Sin urgencia, pero con urgencia».
Bloqueo el móvil.
«Veinte minutos en Miami y ya tengo a tres generaciones bajo la piel, una novia en crisis y fotos clandestinas de mi tía. Estoy en casa».
Cojo el carrito y enfilo hacia la salida.
Fuera, el calor me golpea con la mano abierta.
No es temperatura; es humedad armada. Tengo la camiseta pegada a la espalda en cuatro segundos, como si me hubieran rociado con un aspersor industrial de agua hirviendo.
La cámara me golpea la cadera. El asfalto exhala vapor.
Alguien toca el claxon. Alguien saluda en español. Mi Uber me espera en el carril tres.
El conductor, un señor cubano con la guayabera color hueso y el pelo blindado con gomina, se baja al verme. Agarra mi maleta como si fuera suya y la lanza al maletero.
—Bienvenida a Miami, muchacha.
—Gracias. ¿Tanto se me nota?
—Se te nota en la cara de alivio. Los de aquí llegan diciendo «por fin en casa». Tú llegas pensando «qué hago yo aquí otra vez». Llevo treinta años trayendo gente del aeropuerto; las caras no engañan.
No tengo réplica. Me hundo en el asiento trasero. El aire acondicionado ruge al máximo, el ambientador de vainilla roza lo criminal y Celia Cruz suena en la radio. Por supuesto que suena Celia.
—South Beach, ¿verdad? —me mira por el retrovisor—. Collins Avenue.
—Sí.
—En veinticinco minutos si hay suerte; en cuarenta si Dios decide que hoy hay obras.
Me recuesto. Le escribo a Clara: «En el coche». Ella responde con un pulgar arriba. La austeridad es de familia.
A Giulia le pongo: «Llamo esta noche, prima. ¿Probador de qué?».
Contesta al instante: «Del vestido. Estoy con Ornella. Dice que tengo las clavículas de nuestra tía abuela Graziella. No sé si es un cumplido o una maldición. Me siento como un mueble hereditario».
Sonrío. Giulia siempre logra que recuerde por qué quiero a mi familia. Es un cariño que se activa con cuentagotas y a distancia, pero se activa.
Le contesto: «Es un cumplido. Graziella era la guapa». Giulia: «¿Tú crees?». Yo: «Lo sé». Giulia: «Te quiero». Yo: «Te quiero».
Bloqueo el teléfono.
Fuera, Miami desfila por la ventanilla. Palmeras, arcos dorados de McDonald's, gasolineras, pintadas gigantes en almacenes y latas de cerveza rodando por el arcén.
Cruzamos la MacArthur Causeway. El agua luce un turquesa mentiroso, de folleto turístico.
Todo en esta ciudad parece un decorado hasta que te acercas lo suficiente.
«Encuadre: ventanilla. Luz dura de mediodía. Palmera, puente, agua. Cliché total. No disparas».
Suspiro y apoyo la sien en el cristal. Está ardiendo. La aparto de inmediato.
Mi tía Rosario me ha enviado otras dos fotos del padrino. La última parece hecha desde detrás de un arbusto. «Solterísimo» sigue flotando en mi mente como un post-it mal pegado.
«No voy a mirar las fotos».
Las miro.
Son retratos robados de un tipo con camisa blanca y buena percha. Las palmeras del fondo son lo más nítido de la composición. Aun así, hay algo. Una rigidez, una forma de ocupar el espacio como si hubiera calculado exactamente cuánto sitio necesita y ni un centímetro más.
«Es una foto a cien metros, Vera. No le inventes una biografía».
Cierro la conversación y abro el audio de casi dos minutos. Error estratégico.
—Nena, que te decía —arranca mi tía entre ruidos de cocina—, que el padrino es el primo del mejor amigo del novio...
o el mejor amigo del primo, qué sé yo. Importa un pimiento.
Lo que importa es que tu abuela lo ha visto en persona y dice que está bien.
Y ya sabes que ella no aprueba a nadie. Es italiano y diseña vestidos o algo así; Giulia dice que es carísimo.
Tienes que estar a la altura, nena. Nada de esas zapatillas tuyas.
Ponte algo mono, que no parezca que vienes de una zona de guerra.
Aunque vengas de allí. Un besito. Y llama a tu madre.
El audio muere con el siseo de una sartén.
«Llama a tu madre». El estribillo de cada charla familiar.
Mi madre vive en Sevilla desde que se volvió a casar.
Yo la llamo cuando puedo; ella cuando quiere.
Mi tía Rosario se comporta como si estuviéramos en una crisis permanente, pero solo estamos en una cordialidad a distancia que nos basta a las dos.
El conductor rompe el silencio:
—¿Qué, muchacha? ¿Te pusiste seria?
—Audios de mi tía. Con recetas y sermones.
—Ah, de esas hay en todas partes. La mía me los manda en video. Torcidos. Dice que no sabe girarlos, pero yo creo que es su forma de protestar.
—¿Contra qué?
—Contra mí. Se quedó en Hialeah y cree que Miami Beach no es Miami de verdad. Para ella soy una decepción nacional porque no vuelvo los domingos.
—Una decepción muy bien ambientada por Celia.
—Lo justo, muchacha. Ni más ni menos.
La causeway termina y entramos en la isla hacia Collins Avenue. Hoteles art déco, cartelería rosa y el mar asomando al final de cada calle. Veo a gente en pantalón corto con calcetines blancos y sandalias. Hay que tener mucho estómago para lucir eso, incluso aquí.
El coche se detiene ante un edificio rosa pálido de dos plantas. Balcones blancos y una palmera torcida. Es el estudio que alquilé por diez días. En Airbnb lucía mejor, pero el precio era razonable para un sitio que huele a cloro y tiene una cama que probablemente cruje.
Me bajo, le doy propina al conductor y él me desea suerte doble por ser una boda familiar. Me río. El Uber se aleja.
Subo las escaleras. El pasillo es una mezcla de humedad de piscina y pescado frito.
Abro el 2B con el código 1987. El apartamento es el esperado: encimera amarilla, sofá de falso cuero verde y un ventilador de techo que gira sin entusiasmo.
Dejo la maleta. Pongo la bolsa de la cámara sobre la mesa.
No deshago el equipaje; es mi superstición del primer día.
Me quito las zapatillas y me tumbo en el suelo de mármol, lo único fresco del lugar. El móvil vibra sobre mi cadera.
La abuela Dolores. Descuelgo.
—Nena, ¿ya estás?
—Ya estoy, abuela.
—¿Has traído las zapatillas esas?
—Abuela, acabo de llegar. Deja que respire.
—¿Has visto al padrino?
—He visto unas manchas blancas con forma de camisa. Es difícil opinar.
—Pues yo te digo que está bien. Se nota que tiene cabeza. Se fijó en los cubiertos antes de sentarse; alineó dos cucharas con el plato.
—Eso puede ser un trastorno, abuela.
—O cabeza, nena. O cabeza. Ven a comer mañana y trae apetito. Y ponte algo mono.
Cuelgo antes de discutir lo de «algo mono».
Dejo caer el brazo al suelo. Miro el ventilador.
«A ver, Vera. Diez días. Una boda. Ninguna complicación».
El cuerpo sabe que está en Miami; la cabeza aún sobrevuela Florida repasando encargos en Estambul y correos de editores en Madrid. Hago inventario mental y me doy cuenta del desastre: no he traído un solo vestido. Ni sandalias. Ni un bolso que no sea para equipo fotográfico.
«Perfecto. Se lo pediré a Clara o iré en zapatillas y que la abuela me desherede».
Me levanto y voy a la cocina. Bebo agua del aeropuerto y salgo a la terraza. El callejón es feo, pero entre dos edificios brilla una tira turquesa de Atlántico. Me guiña un ojo. Me dejo convencer.
Diez días. Una boda. Ninguna complicación.
El móvil vibra en el mármol. Número desconocido. Prefijo de Miami.
Dudo. Descuelgo.
—¿Hola?
—¿Vera Molina?
Voz masculina. Grave. Un acento italiano sutil bajo un inglés de Miami impecable. La voz de alguien que no necesita esforzarse para sonar seguro.
—Sí.
—Perdone que la llame así. Me ha dado su número Diego Albar. Soy Sandro Greco. El padrino de la boda.
«La boda. No su boda».
—Dígame —respondo.
—Tengo un problema logístico. El fotógrafo oficial ha cancelado esta mañana. Diego me dice que usted es profesional y que acaba de llegar. Necesito a alguien para cubrir el evento pasado mañana. Pago bien y con urgencia. ¿Podemos vernos hoy?
Miro el Atlántico en el hueco de los edificios. El mar me vuelve a guiñar el ojo. Esta vez con intención.
—Vale —digo—. A las seis me viene bien.