Primera opción
© inepub.com
PRÓLOGO
La sala de embarque tiene esa luz blanca de madrugada que a estas horas ya no favorece a nadie. La miro como lo miro todo desde hace dos años: pensando en exposición, en temperatura de color, en cuánto aguantaría esta escena sin un filtro antes de convertirse en algo francamente triste.
Sin filtro.
Hay una mujer dos asientos a mi derecha que llora en silencio, sin aspavientos, como si llevara haciéndolo desde que nació y ya le hubiera cogido el truco.
Un hombre, al otro lado del pasillo, le susurra algo al móvil en un idioma que no reconozco; tiene las manos preciosas, las venas marcadas en el dorso y una alianza que gira entre dos dedos sin parar.
Un niño de cinco años intenta meter un zumo en la boca de un peluche. El peluche no colabora.
«Un buen fotoperiodista encuadraría al niño. Un buen ser humano también».
Yo no hago ni una cosa ni la otra. Me quedo quieta, con la cámara sobre el regazo, dejando que el peso de la correa me tire un poco del cuello. Me gusta ese lastre. Es el único apoyo que me sujeta ahora mismo al asiento.
A mi lado descansa la maleta grande de ruedas rígidas, la que compré en una tienda de Lisboa hace cuatro años porque el vuelo salía en dos horas y la mía se había roto en el control de seguridad.
Encima, la bolsa de la cámara. Dentro, dos cuerpos Canon, tres objetivos, una linterna frontal, dos libretas Moleskine con las tapas rotas, un paquete de chicles de hierbabuena abierto y dos rollos de película que conservo por superstición, aunque hace un lustro que disparo todo en digital.
No suelto nunca la bolsa. Es la verdadera maleta; la otra solo lleva ropa.
Saco el móvil del bolsillo interior de la chaqueta. La pantalla se enciende con la violencia de las pantallas modernas: veintidós notificaciones apiladas como un parte de daños.
Empiezo por arriba.
Mi tía Rosario, desde Miami, a las 17:02 hora local, con el entusiasmo de quien ignora la diferencia horaria porque le parece una excentricidad europea: «Nena, tu primo Mateo se ha comprometido.
Ahora solo faltas tú. Un beso enorme, cuídate y come bien, que estás muy flaca en las fotos».
La acompañan tres emojis de corazón y uno de paella, que no tengo muy claro qué pinta ahí.
Mi hermana Clara, abogada sobria desde los veintidós años, a las 21:14: «¿Cómo estás?
». Solo eso. Clara nunca manda emojis; no los necesita.
Le bastan tres palabras para que yo sepa que sabe que estoy fatal.
La llamé hace tres días desde el apartamento de Brooklyn, después de la conversación con Gabriel, y le dije todo lo que se dice cuando una hermana llama a las once de la noche: nada concreto, mucha respiración.
Clara escuchó. No dio opinión. Solo dijo: «Estoy aquí».
Y se quedó en línea otros cuatro minutos sin hablar.
Mi hermana Luna, a las 23:19: una foto de un perro callejero que se ha encontrado en Madrid. Luna es bailarina. Funciona con un sistema operativo distinto al de los humanos.
Mi abuela Dolores, a las 23:22, con la caligrafía digital de quien todavía piensa que el WhatsApp es una especie de telegrama formal: «Nena, he encendido una vela en San Antonio para tu viaje. No te olvides del jamón que te guardé en el congelador. Cuando vuelvas, vienes a Miami».
Si vuelvo.
No escribo «si vuelvo». Ni siquiera lo pienso entero. Pero aparece la frase a medio formar en alguna parte del cráneo, como una arruga en una camisa que acaba de salir de la maleta.
Scrolleo.
Y entonces, abajo del todo, casi tocando el fondo, un mensaje de Gabriel. Enviado a las 23:32. Hace quince minutos.
«Eres incapaz de elegir a una persona antes que a una historia».
Solo esa frase. Sin saludo. Sin punto final. Sin fotos adjuntas. Sin la posibilidad cómoda de malinterpretarla. Gabriel lleva tres años conmigo y sabe cómo escribir para que una sentencia no tenga escapatoria.
Me quedo mirando el móvil.
«Lee el mensaje otra vez».
Lo hago una segunda vez. Una tercera. A la cuarta ya no estoy leyendo, estoy haciendo inventario.
Lo dijo, lo escribió, lo repitió. Son tres registros distintos del mismo fallo.
El oral fue hace tres días, en el salón del apartamento de Brooklyn, con la luz amarilla de la lámpara de IKEA que nunca compré pero que acabó instalada porque la trajo él.
La soltó con las manos quietas. Sin dramatismo.
Gabriel nunca grita. Ese fue, en su momento, uno de los motivos por los que me enamoré de él: gritaba hacia dentro.
—Te están llamando para Estambul otra vez, Vera.
—Sí.
—¿Vas a ir?
—Sí.
—Vale.
—Vale.
Siete palabras. Podría colgarme un cartel en el cuello con ellas y ya. La gente entendería. Con algunos, el mundo se resume en siete.
Lo que vino después fue la frase. No la dijo inmediatamente; la lanzó diez minutos más tarde, cuando ya me había levantado para ir a la cocina a preparar un café que no necesitaba. La soltó de espaldas, sin mirarme, mientras observaba por la ventana el aparcamiento de los vecinos.
«Eres incapaz de elegir a una persona antes que a una historia».
Lo oí con la cafetera ya puesta. Me quedé quieta con la cuchara en la mano. Gabriel no se giró. Yo tampoco. El café empezó a salir haciendo ese ruido de la cafetera italiana que a veces suena como un animal pequeño pidiendo algo.
Podría haber dicho cinco cosas. Las pensé todas a la vez: que no era verdad, que sí lo era, que no era tan simple, que sí lo era, que él tampoco era el hombre que yo había elegido, que la historia me eligió a mí.
Escogí el silencio. No por estrategia, sino por agotamiento.
Porque llevaba tres años pidiéndole a Gabriel que me viera y Gabriel me estaba viendo, pero no como yo quería ser vista.
Apagué la cafetera. Me serví un café. Se lo serví a él también. Cuando le di la taza, seguíamos sin hablar.
Tres días después, estoy aquí.
Y ahora, además, está por escrito. Con mayúscula inicial, con punto y coma omitido, con todos los acentos en su sitio; Gabriel es un hombre que escribe correctamente incluso a las once de la noche en mitad de una pelea.
Esa pulcritud, que antes me parecía literaria, me resulta ahora ofensiva.
No se le puede romper el corazón a alguien con una frase que tiene buena ortografía. Debería ser ilegal.
Pero no lo es.
Deslizo el pulgar hasta el icono de apagar. El móvil me pregunta dos veces si estoy segura, como si fuera una decisión irreversible. «Apagar dispositivo». «Sí». Los dos puntos negros y luego la pantalla en blanco.
Por la megafonía, una voz pide la atención amable del señor Hiroshi Tanaka. Por favor, el señor Tanaka en la puerta B-37. Siempre hay un señor Tanaka. Siempre hay alguien al que llamar. El ochenta por ciento de los aeropuertos del mundo funciona gracias a gente que no aparece en su puerta.
«Encuadre general: sala de embarque. Tres cuartos de ocupación. Luz blanca fría. Composición horizontal». «Primer plano: maleta, bolsa de cámara, pies quietos». «Subtítulo: una mujer que no sabe si lo que acaba de hacer ha sido romper algo o limpiar algo».
Me levanto.
Lo hago con la espalda tiesa, porque mi cuerpo todavía se mueve como si me estuviera mirando alguien, aunque no sea así.
O precisamente por eso. Una se comporta mejor cuando está sola.
Eso también lo aprendí en una habitación de hotel de Beirut, hace cuatro años, cuando entendí que no hay cámara sin persona detrás y que esa persona también tiene que sostenerse.
Empujo la maleta hasta el ventanal que da a la pista.
Hay un avión aterrizando a lo lejos. Luces rojas titilando en las puntas de las alas, estelas de goma quemada sobre el asfalto mojado.
Ha llovido hace un rato y ahora las pistas brillan como si alguien las hubiera barnizado.
Pongo la mano sobre el cristal. Está frío y no lo está a la vez; tiene ese frío de superficie que no atraviesa.
Pienso en cámara.
Sensibilidad alta, apertura abierta, velocidad lenta. El cielo contra la luz de los focos del aeropuerto, el avión como una sombra con marcas luminosas, el reflejo del cristal donde, muy levemente, se ve una mujer parada con una cámara al cuello.
No saco la foto.
Saber encuadrar sin disparar es, según una vieja profesora mía de Madrid, la primera señal de que un fotógrafo está madurando. Yo creo que es la primera señal de que un fotógrafo está cansado. Y ahora mismo me da exactamente igual cuál de las dos cosas sea verdad.
Bajo la mano del cristal. Queda una huella. La miro desaparecer en unos segundos.
«Bien. Así no dejas rastro».
La azafata anuncia por el altavoz el embarque hacia Estambul, puerta B-44.
Primero las familias con niños pequeños.
Luego los asientos de primera clase. Luego los grupos del uno al tres.
Yo soy del grupo dos. Tengo ventanilla. Tengo seguro de viaje.
Tengo una asignación de diez días para fotografiar a los sirios que cruzan la frontera y que ahora mismo son el reportaje más importante de un periódico británico que me paga en libras y llega tarde.
Tengo, en el bolsillo interior de la chaqueta, la tarjeta de embarque impresa en papel, porque no me fío del móvil y porque Gabriel siempre se reía de eso.
Ahora el chiste se me ha quedado pequeño.
Me pongo en la cola.
La mujer que lloraba se levanta también, se seca con el dorso de la mano, se compone. Sonríe a su propia mochila como si la mochila hubiera dicho algo gracioso. Yo entiendo esa sonrisa. Es la sonrisa de ponerte en marcha porque si no te mueves se acaba todo.
Me toca.
Entrego la tarjeta. La azafata la pasa por el lector, me sonríe con la eficiencia necesaria para el pasajero número doscientos cuarenta de la noche, y me devuelve el talón.
—Buen viaje, señorita Molina.
—Gracias.
Camino hacia la pasarela. Mis propios pasos me suenan raros sobre el suelo acolchado.
La cámara me golpea ligeramente la cadera al ritmo que llevo.
Paso al lado de una pantalla donde se anuncian las salidas de la noche: Estambul, Lagos, Atenas, Ciudad de México, Doha, Estambul otra vez.
Destino nombrado dos veces. Ponen demasiadas veces el nombre de las cosas por si alguien se distrae.
Y entonces, mientras entro en la pasarela y el aire cambia de temperatura, me oigo decir, en la cabeza, con mi propia voz y no con la de Gabriel, una frase que no esperaba. Muy corta. Una de esas que se dicen sin permiso, como si el cráneo tuviera su propio criterio.
«Vale. Entonces soy eso».
Punto.
No pregunto qué es «eso». No discuto si es verdad o no.
No me defiendo. Solo recojo lo que Gabriel dijo y lo guardo, como quien recoge un objeto del suelo que no es suyo, pero se lo mete en el bolsillo porque tiene prisa.
Ya lo devolveré luego. Ya le daré mil vueltas en alguna habitación de hotel.
Ya veré si se le parece a la mujer que soy o a la mujer que soy cuando estoy cansada, que no es la misma. Ya. Luego. Ahora no.
Ahora entro en el avión.
La azafata del interior me saluda y me indica a la derecha.
Asiento 22-A. Busco mi fila. Guardo la maleta en el compartimento superior.
La bolsa de la cámara la dejo a mis pies, como siempre.
Me siento. Me abrocho el cinturón. Saco la libreta Moleskine y el bolígrafo negro, pero no escribo nada todavía.
Apoyo la cabeza contra el plástico frío de la ventanilla.
Fuera, la pista brilla. Los focos del aeropuerto proyectan círculos blancos sobre el asfalto y el avión empieza a moverse despacio hacia el taxi.
Cierro los ojos dos segundos.
Los vuelvo a abrir.
Saco el móvil del bolsillo. Lo dejo apagado.
Antes de guardarlo otra vez, paso el pulgar por el borde, donde la pantalla se encuentra con el metal.
Gabriel me regaló esa funda hace dos años.
Cuero marrón, sin marca. «Para que dure», me dijo.
Y ha durado. Ese es el problema con algunas cosas: que duran.
Meto el móvil en el bolsillo del asiento de delante, detrás de la revista y el folleto de seguridad. Donde no tenga que verlo hasta aterrizar.
El avión acelera por la pista.
«No voy a llorar».
No lloro.
Cuando las ruedas se despegan del suelo y se oye el clac metálico del tren de aterrizaje plegándose, miro por la ventanilla la ciudad de Nueva York desde arriba: rascacielos, puentes, luces amontonándose en la escala de una maqueta.
Desde aquí arriba, todo lo que he dejado atrás parece diminuto. Manejable.
Todo lo que he dejado atrás parece otra cosa.
Me sé el truco. Llevo cinco años viviendo de esto. Cinco años encuadrando desde las ventanillas. Sé perfectamente que mañana, cuando aterrice en Estambul y salga del aeropuerto con la cámara al cuello, todo eso de ahí abajo volverá a pesar exactamente lo mismo que pesaba al despegar.
Pero por ahora, durante las siete horas y cuarenta minutos que dura este vuelo, Nueva York es una maqueta.
Y yo soy, por fin, la frase corta que me he dicho al entrar en la pasarela.
«Vale. Entonces soy eso».
Apoyo la cabeza en la ventanilla. Cierro los ojos. Nueva York se va haciendo pequeña hasta desaparecer. En la oscuridad del ojo cerrado queda solo la frase. Mía. No suya. Mía en el sentido en que una cosa es tuya cuando la aceptas sin discutir.
Tres años después, seguiré sin discutirla.
Tres años después, aterrizaré en Miami International a las once y veintitrés de la mañana de un miércoles de junio, con una maleta de diez días, con la misma cámara al cuello, con el mismo peso conocido en la clavícula izquierda.
Tres años después, seguiré creyendo que soy «eso» que Gabriel dijo que era, aunque nunca lo haya mirado bien.
Y será Miami —la de las buganvillas, la del café cubano, la de una boda a la que no quiero ir, la de un padrino con camisa blanca impecable y el ceño fruncido delante de mis zapatillas— la ciudad que me obligue, por fin, a sacar la frase del bolsillo y mirarla al trasluz.
Pero eso es tres años después.
Ahora, encima de mi asiento, se apaga la señal de cinturones. La azafata anuncia que pronto pasarán el servicio. Fuera, el cielo es negro completo, sin una luz.
Perfecto.
A veces no hay que esperar a nada más. Hay que apagar el móvil, cerrar los ojos, y dejar que el avión te lleve.