DOS
Entro en el despacho con el café en la mano izquierda y la chaqueta de lino doblada sobre el antebrazo.
Antes de sentarme, como cada mañana desde hace dieciocho años, me detengo junto a la estantería lateral para enderezar un marco de fotos que siempre se desplaza un milímetro hacia la pared durante la noche.
Es el retrato de mi madre en Milán, año noventa y cuatro.
Luce un vestido verde diseñado por ella y una sonrisa que no es la que le conocí de cerca.
Deslizo el marco con la yema del índice hasta alinearlo con el canto del estante; cumplo la costumbre, no el significado.
Pienso en otra cosa mientras lo hago, que es exactamente lo que conviene.
Abro el correo.
Doy un sorbo al café y dejo la taza en su sitio con precisión innecesaria. Busco el teléfono de Birnbaum, lo anoto en el planner y marco.
Cuatro tonos. Buzón. Una voz masculina de unos cincuenta años enumera sus servicios en inglés y español.
Dejo el mensaje:
—Señor Birnbaum, buenos días. Soy Sandro Greco, del atelier Greco. Le llamo por recomendación de Hamilton Parks para consultar su disponibilidad el próximo sábado. La urgencia es considerable. Gracias.
Cuelgo. Bebo más café.
A cincuenta y cuatro horas del evento, en la mansión familiar y con prensa confirmada, el abanico de soluciones es escaso.
Si Birnbaum falla, tendré que buscar en caliente a un profesional de nivel que no esté ocupado en plena temporada de verano.
Lo que pretendo cubrir en tres días, la competencia lo cerró en marzo.
Cojo el bolígrafo. En la carpeta azul, bajo la pestaña roja de «Fotografía», registro la incidencia: hora del correo, contacto de reemplazo y gestión realizada. Añado un recordatorio para enviar flores a Hamilton Parks mañana. Las cosas se hacen en orden.
Respondo a Barbara en seis líneas: deseo una recuperación rápida, agradezco el contacto y le aseguro que la señal se gestionará cuando su marido esté en casa. Releo tres veces. Envío.
Son las ocho y veintinueve.
La señora Wasserman llega en media hora. Bajo al taller para comprobar que Javier ha colgado el vestido en el probador verde, que la música ambiente está programada y que el café que ella nunca prueba, pero siempre exige, está listo. Todo en su sitio.
Vuelvo al despacho. El teléfono no suena.
A las ocho y treinta y ocho llamo a Matteo. Contesta al segundo tono; sigue en casa.
—Sandro. ¿Todo bien?
—Todo no. ¿Tienes dos minutos?
—Tengo dos minutos y a un niño de cuatro años colgando de mi pierna. Dispara.
Le resumo lo del fotógrafo: el infarto, el reemplazo, el buzón de voz. Matteo escucha sin interrumpir; sabe que si lo hace, volveré al principio de la exposición.
—Vale —dice cuando termino—. ¿Qué has pensado?
—Seguir llamando a Birnbaum cada hora. En paralelo, tiraré de lista con otros cuatro estudios.
—Bien. Pero se me ocurre otra opción. La prima de Diego.
Hago la pausa mínima que requiere buscar un archivo en una carpeta desconocida.
—¿La prima de Diego?
—Vera. La que hace fotos en zonas de conflicto. Es fotoperiodista. Está en Miami para la boda, llegó ayer desde Nueva York. Diego dice que es muy buena.
—Es fotoperiodista, Matteo. Es otro lenguaje.
—Es una fotógrafa que sabe medir luz y no tiembla si le sueltan un bebé en los brazos. Saca fotos de familias llorando en aeropuertos; el altar le va a resultar fácil.
Analizo la propuesta. Matteo tiene razón en la mecánica, pero desconfío de los híbridos. Una boda es un género estricto y un ojo acostumbrado a la guerra puede ser un activo o un problema. Sin embargo, no hay alternativa.
—¿Tienes su número?
—Te lo paso ahora. Mira su web antes de llamar, Sandro. Para que no te pille frío.
—Vale.
—Sandro.
—Dime.
—Ten cuidado.
Cuelga.
Matteo tiene cuatro hijos y cuatro cuidados. Si advierte algo es porque ha calculado una variable que no me explicará hasta dentro de un mes. Es un sistema heredado de nuestro padre: él deja pistas, yo las recojo. Irritante, pero operativo.
Me llega el enlace y el contacto: Vera Molina.
Abro la web. Fondo blanco, tipografía sobria, menú mínimo.
En «Proyectos» leo títulos en minúscula: «serie sirios», «huracán ida», «oposición en estambul».
No abro las galerías. Me detengo en la imagen de la home: una fotografía en blanco y negro de unas manos sosteniendo una taza de café en una habitación de hotel.
La composición es impecable. El grano tiene la densidad de una película forzada.
Hay algo en la forma en que la taza quiebra la luz de la persiana que me obliga a quedarme quieto tres segundos exactos.
Cuento.
En «Sobre mí» leo un párrafo sin adornos. Madrid, Miami, Nueva York. Reuters, Le Monde Diplomatique. Premios de prestigio. Vive «entre ciudades». El eufemismo de quien no vive en ningún sitio. Lo archivo como información operativa.
Cierro la web. Uso el teléfono fijo; transmite una autoridad que el móvil no tiene. Marco.
Suena el tono. Pienso, sin querer, que esa foto de la taza no era bonita. Era otra cosa: la seguridad de quien ha dejado de explicar lo que mira. Guardo esa impresión en una esquina de la carpeta mental.
—¿Hola?
Voz ronca, como de haber bebido agua fría tras un largo silencio. Un acento que mezcla Madrid y Miami hasta no pertenecer a ninguna parte.
—¿Vera Molina?
—Sí.
—Perdone que la llame directamente. Me ha pasado su número Diego Albar. Soy Sandro Greco. El padrino de la boda.
He dicho «la boda», no «su boda». Corrijo el posesivo mentalmente, registrando el error de precisión. Ella lo nota, estoy seguro, aunque no lo mencione.
—Hola. Dígame.
Expongo la situación en veinticinco segundos. Logística, urgencia, retribución —la tarifa de un número uno más un veinte por ciento— y cita para hoy. Ella no contesta de inmediato. Oigo un ventilador lejano y el clic de una botella de agua.
—Vale —dice finalmente—. Puedo a las seis.
Miro mi agenda.
—A las seis tengo el ensayo en la mansión de Coral Gables. Imposible. ¿Le va bien a las cinco?
—¿A las cinco dónde?
—En la mansión. Avenida Alhambra, 1317. Así le enseño el espacio y ganamos tiempo.
—Vale. A las cinco. Me lo apunto.
—Gracias, Vera.
—Nos vemos allí.
Dejo el auricular. Apunto en el planner: «17:00 – cita Vera Molina – mansión». Subrayo la hora con dos rayas horizontales. La pestaña de la carpeta sigue siendo roja, pero se ha enfriado.
Me levanto y voy a la ventana. Aparto la persiana un centímetro. La luz de las ocho y cincuenta es dorada con un trasfondo verde de vegetación evaporada. En dos horas el aire será plomo.
Vuelvo a la mesa. Miro el retrato de mi madre. No lo toco; ya lo he hecho una vez hoy y el gesto tiene su economía. Observo el vestido verde tres segundos exactos. Sé por qué cuento.
Le mando un mensaje a Matteo: «Cerrado. La veo a las cinco». Él contesta con tres emojis que voy a ignorar.
Me siento. Cojo el café, ya frío, y continúo con el día como si no hubiera pasado una crisis, una web de manos quietas y esa sensación de haber alineado un marco sin más motivo hoy que ayer.
La señora Wasserman llega puntual. La prueba dura cincuenta y seis minutos y sale bien. A las once y cuarto se marcha.
Desde ese momento y hasta la una, trabajo con mi eficiencia habitual. Pero hay algo nuevo instalado en el fondo de la vista, como esas motas que se clavan en la lente y uno sigue disparando sin quitarlas hasta que, al final del día, alguien las señala.
La diferencia es que aquí no hay nadie para señalarlas.