Capítulo IX
Cuando despertó, le asombró estar ileso. Ektor permaneció inmóvil unos minutos. Había experimentado como si volara junto al dragón, que ahora se acurrucaba a su costado.
—¿Lo sentiste? —inquirió Viviane y se irguió a su lado.
—No estoy seguro de qué fue.
—Tenemos que irnos de aquí —lo urgió ella y se puso de pie.
Ektor recogió al bebé en sus brazos y la siguió entre los árboles, habían regresado al bosque. Caminaron en silencio durante horas.
—Deberíamos hablar de lo acontecido —expresó él.
—¿Te refieres a la hechicería que realizamos?
—Nunca oí de algo similar. —Ektor negó con la cabeza—. ¿Humanos con magia? Hasta donde sé, incluso se duda si los dragones la poseen. Las historias que nos contaban de niños…
—Tal vez…, ese ermitaño… —Viviane vaciló— lo sabía…, que esto ocurriría.
Él frunció el ceño.
—Supongo que por eso está empecinado en conseguir al pequeñín… —murmuró—. Entonces…, en la capital, quizás más gente sepa qué nos sucedió.
—Es probable —respondió ella y arrugó la nariz—. Aunque no significa que querrán ayudarnos…
—Tratarán de aprovecharse. —Ektor apretó al bebé y notó que le mordía la ropa, también percibió el ardor de su magia contra su pecho—.
No debemos permitir que lo capturen ni tampoco que este…
poder, o lo que sea, se transfiera a una persona que lo utilice para el mal… —Calló de repente y detuvo su marcha.
—¿Qué? —preguntó Viviane.
—El líder de los hombres que nos atacaron…, en el barranco, tocó al dragón y se desmayó…
—¿Crees que le pasó lo mismo que a nosotros? —Ektor asintió—. Entonces, no hay más opción que visitar la capital. Es el único lugar donde existen posibilidades de encontrar a alguien que entienda de animales míticos y encantamientos.
Arribaron a la metrópoli una semana después, agotados. Habían tenido que eludir a varios grupos de individuos, y el sujeto que había estado en contacto con el dragón ahora lanzaba llamas desde sus palmas. Apenas habían conseguido comida durante el viaje y se sentían débiles.
—No podemos entrar con él —dijo Ektor, a las puertas de la urbe, y señaló al bebé. Este había crecido tanto que ya no podían acarrearlo; sin embargo, estaba enclenque. Ektor esperaba que fuese por falta de alimento adecuado.
Viviane titubeó.
—Tal vez, sea mejor si solo uno de nosotros ingresa y el otro aguarda fuera.
Él se mostró de acuerdo.
—Yo me quedaré.
—¿Estás seguro? —Ella arrugó el entrecejo—. Has mejorado bastante, pero el bosque aún no es tu hogar.
Ektor hizo una mueca.
—La ciudad lo es todavía menos.
Viviane regresó al anochecer y se cayó antes de llegar a su lado.
—¡Estás herida!
Ektor se apresuró hacia ella. Sin pensarlo, apoyó ambas manos sobre la lesión en su brazo. Percibió el calor; no obstante, en vez de flamas, de sus palmas brotó una tenue luminiscencia. Poco a poco, el corte dejó de sangrar y se cerró. Él se retiró; Viviane lo observaba.
—Tenemos un problema —anunció.
Ektor frunció el ceño.
Viviane apretó las mandíbulas y contempló al bebé, que pasaba más tiempo dormido que despierto.
—El cabecilla puede hacer cosas que nosotros nunca intentamos —se mordió el labio—; todos lo llaman «mago» y… No sé si fue él quien comenzó el rumor o… Dicen que, para convertirte en uno, tienes que tocar un dragón.
—Los magos no existen.
—Ahora sí. —Se puso de pie—. No es seguro quedarnos aquí.
—¿A dónde vamos? —preguntó Ektor mientras zarandeaba al pequeñín.
Ambos miraron hacia el bosque y las montañas más allá.