Capítulo X
Los rodearon la tarde siguiente . Escaparon porque lanzaron llamas y destellos por doquier, incluso levitaron un poco. Al final, estaban exhaustos como el dragón, que ya no volaba. Ektor lo llevaba a la espalda, a duras penas.
En un par de ocasiones, los hombres que los perseguían habían logrado aprehenderlo y retenerlo por unos minutos antes de que ellos consiguieran rescatarlo.
Se ocultaron durante un tiempo para recuperar fuerzas. Sin embargo, no podían permanecer quietos. Resultaba difícil conseguir comida y, a cada rato, escuchaban las voces de un grupo de caza en busca del pequeñín. Lo peor era que había más personas con magia.
—Necesitamos otra estrategia —anunció él.
—¿Cuál? —dijo Viviane.
—No lo sé, pero solos, nos ganarán. Si convencemos a algunos para que nos ayuden…
—¿Cómo? No tenemos nada que ofrecer, excepto…
Ektor acarició al dragón que yacía sobre su regazo.
—No… —musitó.
—No será fácil encontrar a quienes lo hagan porque «es lo correcto» —insistió ella—. Mi padre dice que lo primero que debes hacer en una pelea es intentar nivelarla.
—El bebé no lo resistirá —se quejó él—, creo que lo estamos matando.
Viviane apretó las mandíbulas.
—Quizás, cuando lo dejemos con los de su especie, se recupere.
Ektor asintió.
—Tal vez…
—No se animarán a enfrentarse a los grandes y son casi imposibles de hallar.
Él sonrió con tristeza.
—Me di cuenta.
Ella frunció el ceño.
—Deberían andar alrededor de las montañas, donde divisaste a ese.
—Lo vi en el cielo un momento, nunca más.
—No tenemos muchas opciones. —Titubeó—. Y, a lo mejor, cuando se separe de nosotros, toda esta locura de la magia acabe.
—¿Crees que desaparecerá? —preguntó Ektor—. Lo pensé; no obstante…, si se requiere que él esté cerca, entonces…, ¿por qué esos hombres mantienen los encantamientos?
Viviane se mordió el labio.
—Retomo mi primera propuesta.
—¿Cómo saber en quién confiar?, ¿con quién compartir este don? —expresó Ektor.
—Probemos en aldeas chicas. Estoy segura de que habrá jóvenes como tú y yo con ganas de aventuras.
Ektor abrazó al dragón.
Ella se agachó a su lado.
—Tendremos cuidado.
—Precisa comer.
—Sí, debemos prepararnos —dijo Viviane—; será un viaje arduo.
—No podemos continuar así —estableció Ektor unas semanas después.
Se habían aproximado muy poco a la cordillera porque, cada tanto, tenían que hacer rodeos o huir de sus acosadores. El número de grupos de batida había aumentado e incluso, a veces, peleaban entre ellos.
Ektor contempló a sus tropas, un conjunto de pueblerinos de diferentes edades, mientras practicaban magia. Acarició al bebé que desde varios días atrás no abría los ojos.
—Necesita a su familia.
—Lo sé —respondió Viviane y se sentó a su lado, suspiró—. Y no se me ocurre cómo conseguirlo.
—Tendremos que atacar.
Ella arrugó el entrecejo.
—¿A quién? ¿Cómo?
—A todos —contestó él y encajó la mandíbula—. Nos abriremos camino a fuego, es la única forma de llegar a los cerros.
No agregó que su destino se trataba de una mera esperanza porque no habían divisado a otro dragón y nada les garantizaba que hubiera uno allí.
Viviane frunció los labios y lo observó.
—Está bien —aceptó y se levantó.
A la mañana siguiente, abandonaron su escondite y embistieron a los que se interponían en su sendero. Tras una semana, estaban extenuados, pero, por fin, cerca de las montañas.
—Solo un poco más —susurró Ektor antes de la última batalla.
Bastantes sobrevivieron. Viviane se aproximó a él con una renguera.
—Ya tenemos el camino libre —anunció.
Ektor la miró con el rostro lleno de lágrimas y el dragón bebé muerto a sus pies.
Una sombra los cubrió y ambos alzaron la vista hacia el cielo. Casi al instante, oyeron los gritos de nuevos grupos de caza que se avecinaban en busca de magia.