Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo VIII
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Capítulo VIII

— Es asombroso —murmuró Viviane cuando Ektor terminó su relato. Ella estaba fascinada por la llama que resplandecía en su palma y que, luego de unos minutos, podía pasar de una mano a la otra.

El dragón corría tras la flama como si fuera un juego. A Ektor le pareció que había crecido desde que salió del cascarón, solo días atrás.

—Ten cuidado —la previno Ektor, aunque a él también le gustaban los chispazos—, es fuego verdadero.

—No te preocupes, sé cómo evitar un incendio en el bosque.

Él se agitó y suspiró. Ella enarcó las cejas.

—¿Crees que aún te persiguen?

Ektor se encogió de hombros.

—Ya unas cuantas veces pensé que los había perdido y reaparecen, ignoro cómo me encuentran.

—No lo harán conmigo como tu guía. —Viviane sonrió.

Él se sonrojó.

—¿Y a dónde vamos? —preguntó.

Viviane frunció la nariz.

—No lo sé… —musitó y miró al reptil, que se comió su llama—. Será mejor que nos movamos, debemos mantenerlos confundidos. —Se levantó y el pequeñín caminó tras ella.

Ektor sintió envidia y se acercó al dragón quien, de inmediato, saltó a sus brazos con un breve vuelo. Él gruñó, el bebé estaba más pesado.

Se pusieron en marcha y no tardaron en oír voces de hombres. A pesar de que los esquivaron, cada tanto, volvían a escucharlos a la distancia.

—Opino que son varios grupos —comentó Viviane—. ¿Sabes cuántos individuos te siguieron fuera de tu pueblo?

Él hizo una mueca.

—No me quedé a contarlos cuando me di cuenta de que me buscaban.

—¿Quién es ese ermitaño del que me hablaste?

Ektor se frotó la nuca.

—Es un misterio; los rumores dicen que vivió en la capital del imperio.

Ella se mordió el labio.

—Tal vez tenga suficiente dinero para contratar a numerosos sujetos.

Él arrugó el ceño.

—Es posible. Se aísla de todos, no trabaja en la aldea ni vende nada; y algunos afirman que es rico, nadie sabe si es cierto.

Viviane asintió.

—Se me ocurre un sendero… —dijo después de un momento—. Es difícil de seguir y no creo que ellos lo escojan si lo ven. —Observó al dragón—. No sé si habrá comida por allí, deberíamos recolectar un poco.

—De acuerdo —accedió Ektor—, ¿y luego? —Ella elevó las cejas—. Mi idea es dejar al bebé con los suyos —explicó él—, pero ignoro cómo encontrarlos…

—No podremos mantenerlo con nosotros mucho tiempo; si es similar al resto de los animales, pronto se valdrá por sí mismo.

Ektor encendió la llama en su mano.

—Quizás…

—No te preocupes ahora, estoy segura del camino que te digo. Estaremos a salvo durante unos días y entonces pensaremos en qué hacer a continuación.

Sin embargo , a la mañana siguiente de comenzar la ruta escarpada, se cruzaron con un grupo de hombres. Pese a que huyeron en un principio, a escasos metros, los rodearon.

—Entreguen al reptil —ordenó el líder.

Ektor se interpuso entre él y Viviane, quien acarreaba al pequeñín, y alzó los brazos. Si bien solo quería pedirle que se tranquilizara, de sus palmas escaparon fogonazos que chamuscaron el rostro del cabecilla, quien retrocedió con un aullido.

Los demás gritaron:

—¡El dragón, el dragón!

Ektor sabía que no había sido culpa del bebé, sino suya.

Se miró las manos; las chispas permanecían y a él no le quemaban.

Apuntó hacia otro de los sujetos y las flamas saltaron hacia este.

Escuchó el alarido de Viviane a sus espaldas y se giró.

Dos individuos la aferraban de los hombros; el trío se hallaba cerca de un barranco.

Ektor lanzó más llamaradas y Viviane lo imitó.

El dragón levantó vuelo y el líder, con la cara achicharrada, intentó asirlo…

y se desmayó. Ektor corrió hacia el bebé, que planeó risco abajo.

Al llegar al borde del precipicio, no frenó a tiempo y resbaló. Oyó que Viviane caía también.