Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo VII
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Capítulo VII

Resultaba obvio que aún no podía regresar a su casa. No obstante, la verdad era que primero debía encontrar dónde dejar al pequeñín. Una parte de él imaginó que, quizás, el dragón adulto que había visto por allí hacía poco sentiría el nacimiento de uno de su especie y…

—¿Y qué? —susurró—. Ignoro cómo se comportan con sus crías.

Contempló al bebé que dormía en sus brazos. Estaban escondidos entre unos arbustos a la espera de que bajara el sol. Ektor había decidido moverse amparado por la oscuridad. Si bien llevaba horas sin escuchar las voces de los hombres que los perseguían, ya había creído perderlos en una ocasión.

Se observó la palma, deseaba volver a probar, pero la última vez había prendido fuego a las ramas entre las cuales se ocultaban y casi quedaron atrapados entre las llamas. Suspiró y miró hacia el cielo.

Avanzaba por el bosque con vacilación, dudaba sobre qué orientación debía seguir.

Estaba al tanto de que había un pueblo más grande que el suyo no muy lejos, con el cual se comerciaba.

Ektor nunca lo había visitado, pese a que le había implorado a su padre, incluso había tratado de convencerlo que sería bueno para los negocios de la granja.

Como marchaba durante la noche, no anticipaba toparse con ningún viajero. Así que se sorprendió cuando no solo se cruzó con alguien, sino que ni siquiera la oyó aproximarse.

—¿Eso es un dragón? —preguntó una muchacha que debía de tener su misma edad.

Antes de que Ektor fuera capaz de reaccionar, ya había extendido el brazo para acariciar al bebé quien, al instante, le lamió la mano. La joven rio y, poco después, se desplomó al piso.

—Oh… —musitó él.

La extraña despertó tras unas horas. Ektor la había arrastrado hasta unos matorrales, donde también se escondió junto con el dragón, que había comido varias frutas, así como algunos de los pequeños animales alrededor.

Él se conformó con los frutos restantes y permaneció cerca de la muchacha, que parecía tener fiebre.

Ektor observó al bebé, acurrucado a su costado, y se estudió la mano.

La flama se encendió en su palma y Ektor la contempló mientras pensaba.

En ese momento, escuchó el gemido de ella.

Se deshizo de la llama con un movimiento de la muñeca y le sorprendió que se comportara como esperaba. Sacudió la cabeza, meditaría sobre ello más tarde. Se inclinó hacia la joven.

—¿Estás bien?

—¿Qué pasó? —inquirió ella y se irguió.

—Lo siento, no estoy seguro. —Se giró en dirección al bebé—. Creo que es algo que él hace, aunque no sé nada de dragones.

—¿Y cómo conseguiste uno?

—Lo encontré de casualidad —respondió Ektor y se frotó el cuello.

—¿Qué harás con él?

—No lo sé. —Titubeó—. ¿Se te ocurre dónde ocultarlo o donde podría estar a salvo?

Ella pestañeó.

—¿Yo? Es la primera vez que veo un dragón.

Ektor se mordió el labio.

—Algo sucedió… —indicó la muchacha tras unos minutos y frunció el ceño.

—Perdón —dijo él y se puso de pie; recogió al bebé—. Apenas nos conocemos… ¿Qué hacías por aquí?

—Me gusta el bosque —contestó ella y se encogió de hombros—. Cuando era niña, mi padre acostumbraba a traerme y dejarme sola, durante semanas, para que me arreglara por mi cuenta.

—Suena cruel.

—Al contrario, aprendí a valerme por mí misma.

—Mi familia no quiere que vaya a ningún lado, pretenden que ayude con la granja, como si fuera un animal más.

—Ahora no estás allí. —La joven sonrió y él también—. ¿Qué te parece si te acompaño? Me llamo Viviane y conozco el área como la palma de mi mano —expresó y la extendió; en el centro de ella surgió una pequeña flama.

—Mmm… —murmuró Ektor—, sí…, eso puede pasar…

La muchacha lo miró, perpleja.