Capítulo VI
Cuando despertó , el dragón dormía acurrucado a su lado. Ektor suspiró.
Se levantó y estiró el cuerpo. Apenas se alejó del bebé, sintió frío; se frotó los brazos y avanzó.
El brillo del reptil le permitía ver bastante bien el entorno.
Era una cueva ordinaria, con dos túneles.
Se adentró un poco en cada uno de ellos, no sabía cuál llevaba al despeñadero.
Tropezó y se sostuvo de la pared de piedra y unas chispas brotaron alrededor de su mano.
La apartó y se la revisó, no había daño.
No sabía de ninguna roca que reaccionara así al roce.
Volvió a tocarla con la punta de un dedo y nada.
La acarició con la palma y percibió un ardor en el centro y, otra vez, aparecieron centellas.
—¿Qué es esto? —murmuró y oyó el chillido del dragón al despertar.
Se giró y el pequeño voló, con torpeza, hasta él. Ektor rio y lo abrazó. Le encantaba la energía que emanaba. Observó sus manos mientras lo acariciaba, el chisporroteo regresó y aumentó. Tronó los dedos y, de repente, una flama surgió en su palma.
Casi soltó al bebé; lo aferró con un brazo y examinó, fascinado, la llama. El fuego le transmitía su calor sin quemarlo. El reptil arrimó el hocico a la flama y, de un lametazo, la apagó. Luego, el dragón se apretó contra su cuello y le mordió la ropa.
—¿Tienes hambre? —tartamudeó y le ofreció las escasas frutas que le quedaban; no podía dejar de pensar en su mano—. Tendremos que abandonar la cueva. —Suspiró tras darle la última.
Con la luminiscencia del bebé, encontró el camino fuera de esa caverna. Durante la marcha, la llama se encendía en su palma cada tanto (en ocasiones, creía que respondía a su voluntad; en otras, opinaba que era espontánea).
El exterior estaba calmo y en pleno día.
Guiñó los ojos bajo la claridad del sol.
No estaba seguro de cuánto tiempo había pasado, tal vez una noche, quizás más.
Sin embargo, estimaba que no había permanecido inconsciente mucho, no tenía hambre.
Al menos, no tanta como el dragón, que no paraba de masticar su camisa.
Se acercó a la orilla del barranco y miró hacia abajo. Era bastante empinado y no sería fácil descender con un solo brazo. Las mordidas del reptil se intensificaron y el calor de su cuerpo se elevó. Ektor notó una sombra sobre su hombro.
—No —musitó y se refugió en la entrada de la cueva; una de aquellas colosales aves rondaba en las inmediaciones.
«No puedo quedarme aquí», pensó mientras observaba las enormes alas revolotear a corta distancia.
Se contempló la mano: resplandecía un poco. A lo mejor, el dragón le prestaba su fuerza, su fuego. Cerró los párpados y trató de imaginar la flama, de nuevo, en su palma. Cuando la visualizó, abrió los ojos y ahí estaba. Intentó lanzarla y, en unos segundos, el bebé la devoró.
—No. Necesito… —dijo él, pero no sabía cómo explicarle qué precisaba.
Tardó una hora en conseguir una llama que el reptil no apagara. Salió al despeñadero con el brazo extendido y apuntó con la palma. Algunas aves se aproximaron lo suficiente para que unas chispas les saltaran encima y recularon, todas chillaron.
Ektor sonrió.
Cuando consiguió que se mantuvieran alejadas unos minutos, se apresuró a bajar por el risco y cayó los últimos metros. En el piso, aún abrazado al bebé, oyó gritos humanos.
—¡Por allí, está por allí! —clamaban unos hombres.
«¿Todavía me siguen?, ¿en serio?».
Se levantó y corrió con el dragón en brazos, como si volara.