Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo V
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Capítulo V

Observó la pequeña fisura . Pasaron varios minutos antes de que apareciera otra.

Echó una ojeada alrededor como si pudiera hallar ayuda en algún sitio, pero estaba solo.

Y era mejor así, en realidad. Sin embargo, no sabía qué hacer.

Había tenido esperanzas de dejar a la cría en un lugar donde el dragón adulto la encontrara antes de que naciera.

Ahora era obvio que no llegaría a tiempo.

Estudió el huevo. ¿Necesitaría asistencia? ¿O debía permitir que el bebé saliera por su cuenta? Sabía muy poco de animales, su meta en la vida había sido alejarse de la granja de su familia y emplearse en cualquier actividad diferente.

Suspiró y escuchó un crac más fuerte que los anteriores.

Revisó la nueva grieta. Era bastante mayor que las otras, la rozó con los dedos y notó un cosquilleo fogoso, muy caliente; pese a que podría quemarle la mano, no lo hacía.

El corazón del nonato latía con frenesí y el suyo retumbaba en consonancia.

Ektor sintió que el momento se estiraba.

No brotaron fisuras adicionales mientras él tocaba a esa criatura mítica.

Por un instante, creyó que ella intentaba…

Se oyó un ruido fuera de la cueva.

Sobresaltado, dejó el huevo con cuidado en el piso y se encaminó hacia el despeñadero.

En el exterior, la noche estaba avanzada y múltiples sombras volaban próximas a la caverna.

Eran mayores a cualquier pájaro que había visto en su vida.

Miró, por sobre su hombro, hacia la suave luminiscencia del cascarón; el embrión estaba quieto y en silencio, como si esperara.

¿Acaso presentía una amenaza y, por eso, había interrumpido su nacimiento? ¿Tendría que trasladarlo?

Una de las enormes aves se acercó con un chillido y Ektor reculó. Otra lo rozó y él percibió el filo de unas garras. Corrió dentro de la gruta, recogió el huevo y penetró en lo profundo.

Estaba muy oscuro y su única compañía era el tenue fulgor que emitía el cascarón y su calor.

Un agudo instinto le indicaba que fuera había peligro, aunque no tenía idea de qué eran esas sombras voladoras.

Si bien oía sus chillidos en el exterior, parecía que, por algún motivo, no se animaban a ingresar en la cueva.

Ektor esperaba que no fuese porque supieran de un inquilino que él aún no había conocido.

Lo rodeaba tanta negrura, más allá del brillo quebrado del huevo, que dudaba si podría encontrar el camino de regreso.

—Ojalá —musitó y del cascarón surgió otro crac.

Lo apoyó en el suelo y lo observó con atención. Esa vez, la grieta era tan amplia que creyó distinguir movimiento en el interior. Estiró el brazo y lo retiró. Aún no estaba seguro de cuánta ayuda debía proveer. Quizás era importante que naciera por su cuenta.

Se mordió el labio y revisó sus bolsillos.

No tenía más que unos frutos diminutos que había recogido para él y ni siquiera los suficientes para mucho tiempo, debería haber pensado en ello antes de refugiarse en la caverna.

Era probable que el bebé tuviera hambre apenas saliera del huevo y no había allí nada para comer que…

—Soy demasiado grande —musitó en broma y se asustó del sonido de su propia voz.

Otro crac enérgico y el cascarón estalló.

Se protegió el rostro con los brazos. Cuando se animó a espiar, un minúsculo dragón estaba a sus pies y su fulgor iluminaba toda la cueva.

Era hermoso. Ektor le ofreció una de las frutas y la cría arrimó el hocico a su palma.

Él sintió el contacto de las escamas contra su piel y se desmayó.