Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo IV
40%

Capítulo IV

No había vuelto a ver al dragón adulto y habían pasado varios días.

Y el hecho de que los animales del bosque hubieran retornado a su vida habitual indicaba que no estaba en las proximidades.

Por suerte, tampoco los hombres del pueblo.

Ektor estaba bastante seguro de que los había perdido o, quizás, habían desistido en su persecución.

Observó la cordillera; por fin, estaban más cerca.

No obstante, ahora dudaba si ese era el camino correcto.

¿Aquellos reptiles tendrían sus nidos en las montañas?

No había ninguna en el área donde encontró el huevo; lo apoyó en el piso y se sentó.

Escudriñó el cielo despejado y suspiró. Estaba cansado y débil.

Era muy escasa la comida que había conseguido previo al viaje y durante este.

Cuando estaba a punto de quedarse dormido, oyó el aullido de lobos. Inspiró, se levantó, recogió el huevo e hizo una mueca. La temperatura de este aumentaba sin cesar, Ektor ya tenía quemaduras en las manos. Y latía más fuerte. Con cuidado, arrimó la oreja lo máximo que pudo.

El pulso era enérgico y acelerado, ¿qué podría significar?, ¿acaso la cría estaba a punto de…?

Lo alejó de él y lo depositó en el suelo de nuevo. Se apartó y esperó. ¿Cuánto tardaría un dragón en salir del cascarón? Y ¿podría dejar al recién nacido allí en el bosque? ¿Sobreviviría por su cuenta?

Elevó la vista hacia los cerros, quedaba tan poco…

Tal vez, aún podía lograrlo. Se mordió la lengua, alzó el huevo, lo abrazó y corrió.

Notaba el palpitar de la cría a la par del suyo, ambos corazones al unísono, como si el bebé le prestara su potencia.

Ektor se movía junto con el viento; la brisa lo llevaba más y más rápido.

Tenía ganas de gritar de euforia, pero debía contenerse, no debía alertar a nadie ni nada de su presencia.

La cordillera estaba casi a unos pasos y a Ektor le asombró que apenas se sentía cansado.

Caminó por el perímetro de la montaña durante varias horas sin encontrar un lugar por donde entrar.

El huevo ardía contra su pecho y, cada vez, latía con mayor urgencia.

Un instinto desconocido se apoderó de él, le instaba a ingresar en el cerro, no sabía por qué.

Pronto sería de noche y sería bueno contar con un refugio.

Al fin, halló una pequeña apertura. Sin embargo, no estaba al ras del piso, tendría que trepar unos cuantos metros. Quizás eso le aseguraba que ningún otro animal la usaba de cobijo; al menos, ninguno que no volara.

—Demasiado bajo para un dragón… —musitó al estudiar la distancia.

Tendría que escalar con una sola mano porque en la otra acarreaba el huevo. Suspiró y miró alrededor, si pudiera atárselo al cuerpo… No vio más que unos ralos arbustos cuyas ramas se rompieron de la nada cuando quiso tejerlas en una red.

Sujetó el huevo con un brazo y comenzó a ascender.

Después de varios minutos, se dejó caer al suelo, aún aferrado al cascarón, y respiró agitado mientras contemplaba el cielo que ya se teñía de atardecer.

Si bien estaba al borde del risco y cualquier desliz podía llevarlo al vacío, no importaba porque no podía moverse de momento. Cerró los ojos y se concentró en el pulso del huevo, le daba fuerzas. Y se sentía tranquilo, sabía que estaba haciendo lo correcto.

Después de un rato, abrió los párpados y era de noche. Debía ingresar a la cueva antes de quedarse dormido. Con lentitud, se alejó de la orilla.

En el interior de la caverna, la visibilidad era escasa, solo contaba con el súbito resplandor del cascarón. Advirtió unos huesos, así que era o había sido la morada de alguien. Permaneció junto a la entrada y se recostó contra la pared. El huevo latía con furia y, de repente, se oyó un crac.