Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo III
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Capítulo III

—Otra de mis grandes ideas —susurró mientras se cobijaba tras unas rocas, abrazado al huevo—, mi padre estaría orgulloso.

Siempre le echaba en cara que actuaba sin pensar. Su madre insistía en que era una cualidad adorable, porque lo movía el corazón. El resto de la familia proclamaba que no sabía usar el cerebro.

Ahora creía que tenían razón.

Se ocultaba de una muchedumbre que lo perseguía, no podía regresar a su casa, no estaba preparado para viajar ni para vivir a la intemperie y no tenía idea de qué hacer ni a dónde ir. Todo por un huevo que podría o no pertenecer a un animal fantástico.

Lo miró y acarició su tibia superficie. Le tenía un cariño sin sentido y cierta compulsión por protegerlo. A lo mejor eran ciertas las leyendas sobre que los dragones eran mágicos y este lo había encantado para que lo cuidara.

Como fuera, su instinto le avisaba que el ermitaño no tenía buenas intenciones, lo había visto en sus ojos. Su padre diría que…

—Pero él no está aquí…

Ektor estaba solo, lo cual no era extraño, siempre había sido diferente.

Apenas percibió que las voces se alejaban, salió de su escondite y corrió, encorvado, hasta el bosque. Por un momento, analizó subir a un árbol y pasar la noche allí. Al final, optó por continuar su maratón. Hasta que cayó rendido al suelo y, sin darse cuenta, se quedó dormido.

Se despertó cuando oyó gruñidos a su alrededor. Abrió los párpados con lentitud y permaneció quieto, reconocía el olor. Estaba rodeado por lobos y no tenía nada con qué defenderse.

Se mantuvo inmóvil. Tal vez…, tal vez…, perdieran el interés si no ofrecía resistencia. No recordaba si comían animales que encontraran ya muertos, a algunos depredadores les gustaban que sus presas estuvieran vivas.

Aferró el huevo y sintió que su calor le atravesaba el pecho, le proporcionaba cierto alivio.

Los lobos se acercaron más y, de repente, aullaron al unísono y se fugaron a la carrera.

Ektor se incorporó y notó que el cascarón brillaba.

—Gracias —murmuró y le dio un beso.

Se levantó y corrió, tenía que alejarse.

Tras unas horas, advirtió que muchos animales marchaban con él.

Huían y Ektor se preguntó si escapaban de lo mismo.

Si bien ya era de día, múltiples nubes tapaban el sol y, junto a las copas de los árboles, oscurecían el entorno hasta simular una noche.

Levantó la vista para averiguar si se trataba de una tormenta y lo que vio fue el cuerpo enorme de un dragón en el cielo.

Persiguió su sombra hasta que el reptil se internó entre las cumbres de las montañas. Se detuvo y se mordió el labio. Era una locura. Sin embargo, ¿qué alternativa tenía? Lo mejor, para todos, sería dejar a la cría con uno de su especie. Ella estaría a salvo y él podría retornar a su hogar.

Observó los cerros. Pese a que no parecía que estuvieran muy lejos, no tenía ni comida ni agua para la travesía.

Apoyó el huevo en el piso; con el tiempo, le resultaba un poco más pesado.

Miró alrededor. Quizás…, si hallaba agua y comida para unas jornadas de viaje y un recipiente donde transportar ambos, podría lograrlo; era joven y sano y…

—Estoy demente —musitó y sacudió la cabeza.

Buscó los enseres para la excursión. Luego, se puso en camino porque, locura o no, no podía abandonar al huevo ni regresar a su casa con él: debía encontrar al dragón adulto.