Capítulo II
Lo que debía hacer , además de mantener el huevo oculto, era averiguar a qué especie de animal correspondía. No conseguiría información en su casa, donde solo conocían la vida doméstica; sin embargo, había alguien en la aldea a quien sí podía preguntar.
Sería difícil inventar una excusa para conversar con él.
Si bien muchos decían que ese ermitaño estaba loco, nadie lo sabía con seguridad porque ni le hablaban ni lo veían.
Así que Ektor se decidió por la opción más fácil: entrar en su vivienda sin permiso.
Incluso si no lo encontraba, los rumores mencionaban una elevada cantidad de libros en su posesión.
Se acercó a la morada después de su primera jornada laboral, en el momento tras el almuerzo cuando todos se tomaban un breve descanso antes de continuar con sus actividades.
«Ojalá no esté dormido».
Espió a través de su ventana y lo divisó sentado en el sofá, con los ojos abiertos y fijos en él. Ektor se quedó paralizado hasta que el viejo levantó el brazo. Cerró los párpados e inclinó la cabeza, a la expectativa de un golpe, aunque fuera imposible que lo alcanzara desde allí.
—Entra, idiota —dijo el ermitaño.
Ektor vaciló unos segundos, y luego obedeció.
—¿Qué quieres? —lo interpeló el anciano, con hosquedad, apenas cerró la puerta detrás de sí. Ektor cambió el peso de un pie al otro—. Vamos, muchacho, yo no soy tan joven y no me queda tiempo para desperdiciar.
—Quería…, mmm, revisar sus libros…, dicen que tiene varios —contestó él y se animó a echar un vistazo alrededor.
—¿Sabes leer? —El eremita frunció el ceño.
—¡Por supuesto!
—Es raro. —Se levantó y se dirigió hacia la habitación contigua—. ¿Qué esperas? —gruñó cuando notó que Ektor no lo seguía.
Él se apresuró a hacerlo y, de repente, se halló en un cuarto con las paredes cubiertas de tomos.
—Es un montón… —murmuró con la respiración entrecortada.
—¿Esto? No es nada comparado con las bibliotecas en la capital y ni hablar de la imperial. ¿Buscas algo en especial o pretendes divertirte con leyendas tontas?
—Eh…, creo que quiero… un…, una enciclopedia sobre…, mmm, animales de la zona.
El viejo lo miró de arriba abajo.
—Tengo unos como esos… —expresó al fin y Ektor sonrió—, ¿cuánto ofreces por consultarlos?
—¿Cuánto… ofrezco? —tartamudeó.
—Sí, debemos arreglar el pago.
—¿Pagar?
—¿Piensas que el conocimiento es gratis?
Él arrugó el entrecejo y se rascó la cabeza.
—Pues…, no tengo dinero.
—¿Algo más que puedas compartir?
Ektor se contempló las manos.
—¿Trabajo?
—Eso me sirve —hizo un ademán que abarcó el entorno—, hay muchas labores por aquí. Bien, puedes examinar uno y después necesito bastante leña.
Ektor asintió con entusiasmo y escogió uno de los mayores volúmenes grandes que encontró.
Al principio, estudió cada página con esmero; luego determinó que, de esa manera, tardaría horas en revisarlo por completo.
Empezó a pasar hoja tras hoja y solo prestó atención a las fotos. Acabó el libro y suspiró.
Fue por el hacha.
—Si me dices qué buscas —dijo el ermitaño desde el interior de la vivienda mientras Ektor cortaba los troncos—, tal vez pueda ayudarte.
—Es un huevo…, mmm, como así de grande —gesticuló con las manos— y es un óvalo perfecto… y tiene motas… y está caliente.
—¿Un huevo de dragón? —El anciano se asomó por la ventana.
Ektor retrocedió un paso y se mojó los labios.
—¿Perdón?
El eremita salió de la casa, más rápido de lo que su cojera anunciaba, y lo aferró por los hombros.
—¿En verdad viste uno de esos? ¿Dónde? —Se frotó la barba—. Nunca nadie… Si lo presento en la capital…, podría… ¡Debes mostrarme!
—Mmm, claro —respondió él—, no queda muy lejos.
—Lo haremos esta noche —anunció el viejo—. No le digas a nadie. Nos reuniremos aquí.
Ektor asintió y se apresuró a terminar con la leña para irse.
Al arribar a su hogar, fue directo al establo.
La temperatura del huevo había aumentado; ¿podría ser uno de dragón?
Estaba a punto de guardarlo y prepararse para la cena, durante la cual pensaría a dónde llevar al anciano, cuando oyó voces.
Varias personas se habían acercado a la granja, guiadas por el ermitaño.
Notó que su padre señalaba el cobertizo, entonces hizo lo obvio en una situación como aquella: agarró el huevo y huyó.