Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1) Capítulo I
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Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1)

Primer mago: Ciclo Origen – Libro I (Crónicas hechiceras 1)

Por Lorena A. Falcon

© inepub.com

Capítulo I

Ektor paseaba por las afueras del pueblo. Le encantaba alejarse del ruido de los demás, hasta donde ya no pudiera ni ver las casas de sus vecinos, y así soñar, con tranquilidad, una vida diferente.

Esa vez, caminó en dirección a las montañas que siempre había deseado visitar, pero significaban demasiados días de viaje. Nunca pudo convencer a sus padres de que lo dejaran ir.

Vagaba con la mirada fija en esas cumbres cuando tropezó y cayó por un pequeño risco. Se golpeó la cabeza y la rodilla y quedó despatarrado en el piso, de cara al cielo.

Rio.

«Ojalá pudiera ser libre todos los días».

Después de unos minutos, probó levantarse. No se había roto nada, una buena noticia. Miró alrededor, era un barranco poco profundo; le llamó la atención una piedra, la más rara que había visto en su vida.

Se arrimó con curiosidad. Era más grande de lo que parecía a la distancia.

La tocó con un dedo y notó que estaba caliente.

Examinó el suelo en torno a ella y palpó otros pedruscos.

Las demás estaban frías, como debían. Después de todo, no había ni termas ni un volcán en las proximidades, y el sol brillaba enclenque detrás de las nubes de otoño.

Apoyó la mano en la roca. Además de la tibieza, percibió una tenue vibración, casi como un pulso. Con cuidado, se arrodilló a su lado y acercó la oreja. Sí, era un latido: esa piedra estaba viva.

Se alejó de ella y la estudió con ojo crítico.

Tal vez…, era un huevo; la cría de un animal.

Con un escalofrío, miró alrededor. Si aquello era un nido, los adultos podrían regresar en cualquier momento.

Se mordió el labio y observó el huevo de nuevo.

No había visto jamás uno como ese. Inspiró y decidió aguardar. Si la madre no aparecía en unas horas…

—No puedo dejarlo aquí solo —susurró.

Retornó a su casa entrada la noche. Su familia había terminado de cenar y su madre lavaba los utensilios usados en la comida mientras su padre y sus hermanos preparaban las actividades del día siguiente.

Ektor se metió en el establo, donde dormía, y escondió el huevo. Sintió frío apenas lo soltó, se había acostumbrado a su calor, lo extrañaba. Se apresuró hacia la estancia principal.

—¿Dónde estuviste? —preguntó su padre.

—Una breve caminata.

—Paseas demasiado.

—En mi tiempo libre; después de completar mis tareas.

—Podrías haber ayudado a los demás.

Ektor se encogió de hombros.

—La cena terminó —decretó el patriarca.

—Quizás mamá…

—No, ya no es el horario de comida.

—Está bien —dijo Ektor y se retiró al cobertizo.

Permaneció allí tendido y contempló el techo, en específico, un pequeño hueco en un rincón.

Hacía días que lo había notado; tal vez, semanas.

Sabía que debía avisarle a su padre o a sus hermanos para que lo revisaran, pero no quería que lo cerraran, le permitía ver el cielo y soñar con alcanzar las estrellas.

Oyó que alguien entraba en el establo. Era su madre. Ella se acercó y le dejó una bandeja al lado.

—Tu padre duerme —susurró antes de acariciarle la frente y salir a las corridas.

Ektor se incorporó y cogió el plato. Devoró el contenido en un instante. Luego, sacó el huevo de su escondite y durmió abrazado a su calor.