Primer corte (Serie de romance con estrellas de rock nº 5) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—¿Él está...? —dejo la frase sin terminar.

—Sí —otro asentimiento—. Tenía dieciséis años.

Mi voz es un susurro.

—Joder... no puede ser.

No responde. Tiene los ojos clavados en el papel.

—Esa parte de la sombra... ¿crees que queda demasiado claro que es él y su niña pequeña?

Vuelvo a mirar el papel y lo releo.

—No, creo que está bien.

Se rasca la cabeza.

—Lástima que no hayas traído una guitarra.

—La próxima vez —asiento una vez.

Me mira.

—Ya. Como si fueras a volver. No después de verme así.

—Solo eres tú, Roxy —digo con naturalidad—. Si quieres que vuelva, volveré.

—Stix vino ayer —dice, luego gira la cabeza, y no sé si está conteniendo una risa o intentando no llorar, o quizás va a vomitar otra vez—. Le supliqué al hijo de puta que me diera un chute. No quiso.

—Te dije que son tus amigos.

—Si fuera mi puto amigo, me habría dado algo —suelta, pero su tono deja claro que sabe que tengo razón.

—Saldrás de esta —digo, y luego cambio de tema—. ¿En qué más has estado trabajando?

Eso parece ayudar. Pasa la página, y noto que el cuaderno está viejo y desgastado, casi sin hojas, así que me propongo comprarle otro.

—Lee esta —dice, dando palmaditas en la página—.

Creo que esta será una canción más pesada, con voces estridentes de verdad —dice con entusiasmo, como si la estuviera imaginando en ese mismo instante.

La pasión en su voz es palpable, y me encanta.

Después de leerla, niego con la cabeza. —Eres tan jodidamente talentosa que casi me dan celos.

—Vete a la mierda —dice, pero con una sonrisa, y el tono es más suave, como si dijera «anda ya».

—Lo digo en serio. Hay una razón por la que tu primer éxito llegó al número uno, Roxy.

—Sí —dice, pero percibo que solo lo cree a medias.

Luego traga saliva y pone una expresión extraña—.

Mierda —dice, cubriéndose la boca. Se baja rápidamente de la cama y se dirige al baño.

Cuando no cierra la puerta y la veo lanzarse hacia el inodoro, voy hacia ella.

Después de unas cuantas arcadas, ha terminado.

El pecho le sube y baja por el esfuerzo.

Cojo la toallita del lavabo y la mojo bajo el grifo.

Luego se la coloco en el cuello y le aparto los mechones de pelo de los lados de la cara, por detrás de las orejas.

—¿Estás bien?

—No, no estoy jodidamente bien —dice con la voz temblorosa.

Le tiembla todo el cuerpo, y entonces hace algo que no espero...

se echa a llorar—. Me siento como una mierda, parezco una mierda, estoy sola, me muero por un chute, me muero de hambre pero quiero vomitar, y me muero de ganas de irme a casa pero no puedo.

Estoy atrapada en este puto infierno durante veintisiete días más, y creo que preferiría morirme a estar aquí.

Me da miedo tocarla, por lo que dijo antes, así que voy a lo seguro y le pongo una mano en el hombro. —Oye, dijiste que estás sola. ¿No te gusta estar sola?

Otro sollozo. Esta vez con los ojos apretados. —No.

—Pero pensé que habías dicho que querías que todos te dejaran en paz.

—Mentí, ¿vale? —grita—. ¡Mentí, joder!

—Está bien —digo, tratando de sonar lo más tranquilizador posible.

Le pongo la mano en la espalda y le doy un suave masaje; no se estremece, así que creo que está bien.

Sigo frotándole la espalda con suavidad, y parece calmarse—.

Está bien mentir a veces, Roxy. Joder, yo miento todo el tiempo.

«Sí, te queda genial ese traje de cuero sintético, Slick», o «no, no parece que acabe de salir del burdel, Crush», o mejor aún, «no te tocaría ni con un palo, Roxy» —añado, guiñándole un ojo mientras le froto la espalda con ganas.

Resopla, pero esta vez con una sonrisa. —Eres un imbécil.

Estoy en casa, trasteando con la guitarra, trabajando en algunos riffs. Pienso ir a ver a Roxy en cosa de una hora cuando oigo el timbre del interfono de la verja. —¡Eh! —digo al interfono.

—Eh, soy Stix, tío. Déjame entrar.

—Claro. Pasa.

Pulso el botón para abrir la verja electrónica y salgo. Stix conduce una camioneta bastante nueva, reluciente de lo recién pulida y encerada que está. Sale de la camioneta y se acerca. Nos damos la mano. —¿Qué tal, tío? —le digo.

—De puta madre —dice—. He estado currando en unas movidas musicales con los chicos mientras nuestra Roxy convalece.

—Suena genial, tío. Pasa —digo, señalando la puerta principal.

Mi casa tiene un garaje triple y espacio de sobra para un pequeño estudio de grabación.

No grabamos mucho aquí, pero viene bien tenerlo para grabar mis riffs.

Hace que el proceso de creación del álbum sea mucho más fácil y rápido.

Siempre estoy probando cosas nuevas en mi hacha, e intento grabar todo lo bueno que puedo—. Voy a ver a Roxy en cosa de una hora.

—Sí, estuve allí hace un par de días. Creo que volveré mañana, pero me está causando problemas con mi vieja.

Lo miro confundido. —Pensaba que Roxy era tu vieja.

Hace un gesto con la mano. —Qué va. Echamos un polvo de vez en cuando, pero no desde que conocí a una tía con la que llevo saliendo como un mes.

—¿Ah, sí? Mola. ¿Roxy sabe de ella?

Asiente. —Sí. No le cae bien, pero bueno, a Roxy no le cae bien nadie —se ríe.

Sonrío. —Oye, ¿te enseñó algo de lo que está escribiendo?

Asiente. —Sí. Ojalá pudiéramos tocarla, joder. Roxy siempre tiene ideas geniales. El problema es conseguir que esté lo bastante sobria para currar en serio.

—Lo entiendo —asiento—. Esperemos que eso ya no sea un problema.

Inclina ligeramente la cabeza. —Sí.

—Oye, esa canción que escribió sobre su padre, ¿qué hay detrás?

Stix apoya la barbilla en las manos entrelazadas. —Uf, eso no te lo va a contar nunca. Me enteré por casualidad cuando un puto reportero le preguntó por el tema. Casi le parte la cara, pero la paré antes de que pasara.

—¿Qué pasó?

—Roxy y su padre estaban muy unidos. Eran los mejores amigos. Él era un puto alcohólico de los peores. Le pegaba a la madre de Roxy y todo eso. Luego lo arrestaron por una gilipollez y le dijeron que tenía que ir a rehabilitación.

Hace una pausa y su voz se suaviza.

—Se quitó la vida una semana antes de tener que ingresar.

—Joder —murmuro, sacudiendo la cabeza—. ¿Y tenía dieciséis años cuando pasó esto?

Asiente.

—Sí.

—Dios.

—Y lo que lo hizo peor… su madre se volvió a casar un año después.

Niega con la cabeza.

—Roxy y su madre no se hablan.

—Así que la adicción le viene de familia.

—Sí. Roxy se fue de casa cuando su madre se volvió a casar. Empezó a tocar en el instituto.

—¿Cuándo empezó a consumir?

—Oh, lleva consumiendo mucho tiempo, tío. Fue como una bola de nieve. Empeoró cuando el segundo álbum no estuvo a la altura del primero, y así. La verdad es que lo veía venir.

—¿Y Roxy y tú fuisteis algo serio alguna vez?

Ladea el cuello.

—¿Qué dices, estás loco? Roxy no deja que nadie se acerque tanto. Solo follábamos cuando a ella le apetecía. Pero eso siempre venía después de la coca y el alcohol.

—Y esta chica con la que estás ahora… ¿sabe lo tuyo con Roxy?

—No hay nada que saber, tío, pero sí, sabe que me la tiraba. No es ningún problema.

Se encoge de hombros. Luego cambia de tema.

—Es una locura lo del contrato discográfico, ¿eh?

—Sí. Pero vosotros saldréis adelante.

Me mira.

—¿Tú crees?

—¿Tú no?

Niega con la cabeza.

—No sé, tío. Es complicado. Ojalá. Pero el problema es el tiempo. No tenemos mucho.

Lo miro fijamente.

—Pues tendréis que trabajar con lo que tenéis.

Hoy lleva el pelo recogido en una coleta, y los labios ya no se le ven tan secos y agrietados, pero sigue pálida como la cera.

—Hola —digo en cuanto me hace un gesto para que entre.

Se le dibuja una sonrisa en la cara cuando ve lo que he traído… una guitarra.

—Vaya, eso sí que da gusto verlo.

—¿El qué?

—Una sonrisa.

Hace un gesto con la mano.

—Tío, nunca pensé que me alegraría tanto volver a ver una de esas.

—Me lo imaginaba. He pensado que podríamos darle forma a algunas de estas canciones.

—Venga —dice, cogiendo su libreta.

Llevo una bolsa en la mano con una libreta nueva, unos cuantos bolígrafos, una grabadora y una caja de caramelos de jengibre para las náuseas que me recomendó mi cuñada, que está embarazada. Mi hermano puede que no me hable, pero mi cuñada sí, y siempre lo ha hecho. Gracias a ella fui a su boda.

Le doy la libreta nueva y los bolígrafos.

—He pensado que te vendría bien otra. Esa ya está casi llena.

—Tengo esta desde hace siglos. No pienso tirarla nunca.

—No te digo que la tires. Pero te vas a quedar sin espacio, y si te viene la inspiración, vas a tener un problema.

Abre la libreta y me fijo en una dedicatoria en la primera página. Un regalo de su padre.

—No, tienes razón —se ríe, enseñándome la palma de la mano—. Esta mañana se me ocurrieron algunas cosas y tuve que apuntármelas en la mano.

Me río.

—Joder, Roxy. Pásalo aquí ya, antes de que se te borre la próxima vez que vayas a cagar.