Capítulo 2
Roxy
Mi madre dice que nací cantando. Al llegar a la pubertad, desarrollé un tono ronco que le dio más garra a mi sonido.
Tras unirme al coro del instituto y cantar como solista en competiciones por todo el país, supe que el canto sería mi carrera.
Me encanta. Canto a todas horas. Joder, hasta canto cuando pienso en voz alta.
Y además, mi voz aguanta. Vale, está muy bien tener una voz bonita y versátil, pero cuando empiezas a conseguir bolos, cantando dos y tres horas por noche, a veces más, y cantando por encima de instrumentos mal afinados, si tu voz no es fuerte y la pierdes, estás acabada.
A veces fuerzo demasiado la voz, como cuando grito, que lo hago mucho.
El problema es que hay tantos cabrones en la industria musical, y no tengo tiempo ni paciencia para aguantar gilipolleces.
Soy una mujer que va por libre. Nunca he tenido más que una carrera en solitario y pienso seguir así.
Hay demasiados cabrones por ahí. Vale, cuando empecé, había algunos artistas que decían ser mis amigos y eso, pero al final, lo único que querían era follar.
Así de claro. No me entrego tan fácilmente.
Sí, me enrollo con mi batería, Stix, de vez en cuando, pero de él me fío.
Stix y yo nos conocemos desde hace siglos.
Ha sido mi batería desde el principio, y aunque es un genio detrás de los tambores, es un puto imbécil en todo lo que no sea sexo.
Es genial en la cama y tiene un gran corazón, pero es bastante corto.
Y no pasa nada, porque yo soy la que lleva la voz cantante en esta banda, y él lo acepta.
Mis otros compañeros de banda han ido y venido a lo largo de los años.
No te voy a aburrir con los detalles, pero ha sido un camino duro.
Desde el instituto, he actuado por todas partes: en fiestas en jardines, locales pequeños, otros institutos, cosas así, y luego pasé a los clubes.
Cuando conseguí mi primer contrato discográfico, fue un desastre.
Estábamos contentísimos, pero todo se fue a la mierda enseguida.
Mi guitarrista no daba pie con bola en el estudio de grabación, y mi bajista se tiraba a todo lo que se movía y no podía concentrarse.
El sello casi nos dejó tirados porque íbamos a incumplir el plazo, pero entonces mi productor me salvó el culo: nos encontró músicos de estudio que eran la hostia, y les pedí que se unieran a la banda.
Salvo mi guitarrista, que se largó a otra banda porque quería ser algo más que mi compañero de grupo, ahora estamos en buena forma.
Llegamos al número uno con nuestro primer álbum, lo que me dejó flipada.
Las vocalistas femeninas están de moda en la música, con artistas como Madonna y Alannah Myles, y supongo que conecté con muchos oyentes.
Después de salir de gira, aprendí cómo funcionaba esto rápidamente: siendo auténtica con mi público y sin olvidar nunca que esta es una industria dominada por hombres, y que los hombres solo quieren una cosa, que yo nunca les doy.
No les gusta, y muchos de ellos me ponen mala cara, pero yo no cedo ante nadie.
Pero después de llegar al número uno a la primera, fue difícil mantener el listón tras nuestro primer disco, y ningún álbum posterior ha estado a la altura.
Nuestro material todavía se vende lo suficiente para tener contento al sello, y rondamos el top diez, así que tampoco es para echarse a llorar, pero aún no hemos conseguido otro número uno desde aquella primera vez.
A veces eso afecta a la banda, y siendo sincera, me jode cuando otra banda, y siempre es una banda de tíos, consigue llegar al número uno.
Tampoco hemos llegado al disco de platino, y eso cuesta tragarlo.
Es como si, vale, somos buenos, pero no somos geniales.
En general nos respetan, y nos piden que hagamos apariciones en radio y televisión constantemente, así que algo es algo.
Cuando nos pidieron que participáramos en este evento, me pregunté si mi productor, que es un mago, tuvo algo que ver.
Corrió la voz de que somos una de las bandas peor pagadas de las invitadas, y me cabreé.
Esta banda, Wired, que toca antes que nosotros, me cabrea hasta decir basta.
No solo tienen un éxito número uno, sino que su primer álbum llegó al puto disco de oro, y dicen que les pagan un millón de dólares por hora por aparecer en este sarao.
Eso sí que me cabrea. Vale, su música mola, y suenan en la radio a todas horas.
Joder, he oído que su nuevo álbum ni siquiera ha salido y ya lo están poniendo en la radio.
Así que cuando veo toda su mierda tirada por ahí después de sus pruebas de sonido, pienso que alguien tiene que bajarles los humos.
Su equipo está por todas partes, y su horrible pancarta está clavada de forma que tenemos que poner la nuestra encima, y seguro que luego se quejan de que les hemos hecho agujeros.
Y una mierda. Este amplificador suyo parece sacado de la Segunda Guerra Mundial, o lo que queda de él.
Su guitarrista tiene pedales con cinta americana.
Con lo que les pagan a estos cabrones, deberían tener pasta de sobra para comprarse equipo decente.
He oído que Jett, su guitarrista, se deja un pastón en putas y groupies.
Lo pillaron tirándose a una groupie en el asiento trasero de una limusina hace poco.
Y apuesto a que todos se meten coca también.
Yo, bueno, también le doy de vez en cuando.
¿Quién no? Me gusta empinar el codo también, pero vamos, como he dicho, ¿quién no?
Cuando me cabreo, le doy a la botella, y cuando voy a salir al escenario, le doy a la coca.
Me da ese empujón extra cuando canto delante de un millón de personas.
Stix también está metido. Es mi camello.
Esa es otra razón por la que lo tengo cerca.
Se asegura de que tengamos suficiente farlopa.
En fin, en cuanto levanto el amplificador de este cabrón, se me echa encima como una fiera, y me entran unas ganas tremendas de partirle la cara.
Por lo visto, trata esta mierda de trasto como si fuera su primogénito.
Me echa la bronca por tocarlo, prácticamente me lo arranca de las manos, y entonces el hijoputa tiene los cojones de coger uno de mis amplificadores y largarse con él.
Sigo al cabrón hasta el camerino, donde cierra de un portazo y nos ponemos a discutir en serio.
Nos insultamos un rato, y cuando estoy a punto de soltarle un puñetazo, me agarra la mano.
—Estás colocadísima —dice, casi con sorna—. ¿Por qué no te controlas?
Aflojo el agarre. Tiene mucha cara.
—Cabrón. ¿A ti qué coño te importa lo que hago con mi vida, eh?
—Cuando tocas mi ampli, es asunto mío, puta yonqui.
—¿Qué coño te pasa? ¿Qué pasa, que tú no te metes esa mierda, blandengue de los cojones?
—No, la verdad —dice, dejando mi amplificador en el suelo—. Y quizá si lo dejaras, tendrías el temple necesario para aguantar mierdas como esta.
Estoy tan cabreada que me cuesta horrores no intentar clavarle uno en el cráneo. —No sabes nada de mí, nenaza.
—Sé que eres una cocainómana con poca paciencia —se burla con aires de superioridad, haciendo que quiera abofetearlo.
—¡Dame mi maldito amplificador y ve a limpiar tu puta mierda de mi escenario, gilipollas! —grito tan fuerte que me salen espumarajos de la boca.
Se limpia la cara donde le cae un escupitajo. Me mira fijamente.
—Mira, no tengo por qué aguantar esta mierda. Los dos nos hemos ganado el derecho a ese escenario, y nuestro equipo hizo todo lo que se le pidió. Así que esto, señorita, es cosa tuya.
Se me dilatan las fosas nasales.
—Te crees muy especial. Me han contado lo tuyo con tu putita. Quizá si no te gastaras todo el dinero en follarte a putas, podrías permitirte comprar un amplificador y pedales decentes, ¡para que los tuyos no estallen en llamas mientras estoy en el escenario!
Quiero que se enfade, pero el hijo de puta está más fresco que una lechuga. Solo sonríe sin rastro de alegría.
—¿Crees que es cuestión de dinero? No espero que lo sepas, ya que no eres guitarrista, pero ese amplificador produce un sonido particular que no se puede replicar.
Y esa pedalera hace lo mismo. Pasé años perfeccionando el sonido de mi equipo, y me importa una mierda lo que tú o cualquiera piense de su aspecto.
Nuestro sonido es la razón por la que subimos en las listas. Asúmelo.
Se lame los labios.
—Y lo que hago en mi vida personal es asunto mío, pero te diré que no me junto con putas ni con coca, y me da igual si me crees o no. Así que puedes meterte eso en tu pipa y esnifarlo.
—Que te jodan —suelto, sintiendo cómo se me tensa la mandíbula—. No sé por qué os están pagando un millón de dólares la hora por este bolo...
—Yo tampoco sé por qué, pero apuesto a que a ti no te están pagando ni la mitad —se ríe—. Me pregunto por qué será.
Se pone el dedo en la barbilla, burlándose de mí, como si estuviera pensándolo.
—Quizá porque mi banda y mi equipo son más afables...
ups, perdón, palabra demasiado grande para una cocainómana...
más majos. Tampoco tenemos un rider del tamaño de California.
Me enteré del tuyo. Tú y tus puñeteros vinos especiales y demás mierdas.
Apuesto a que no puedes permitirte ni la mitad de eso por tu cuenta con tu obsesión por la farlopa, cariño.
El pecho me sube y baja. Está disfrutando con esto. Quiero pegarle.
—Quita tu mierda de mi escenario o le prendo fuego.
—Bueno, buena suerte con eso, teniendo en cuenta que tú sales después de nosotros, cariño —chasquea los dientes con aires de superioridad—. Y nuestras cosas no impiden para nada que actúes, cielo. Toda esa mierda está en tu cabeza. ¿Ves lo que pasa cuando te atiborras las neuronas de mierda blanca?
—Que te jodan.
Levanta la barbilla.
—Buena réplica.
Juguetea con uno de los botones de mi amplificador.