Capítulo 8 #7
Adiós, amiga mía —entonó con su voz maravillosamente grave y desapareció de La Linterna. Kendra respiró hondo mientras el revoloteo en la boca del estómago no remitía y casi se escaldaba con el agua caliente que vertió en la taza de Ellie. Retiró los dedos justo a tiempo.
—Uy —dijo Ellie, y Kendra sintió la mirada escrutadora de su amiga sobre ella. Las cartas del tarot seguían sobre la barra. Tal vez debería dejarlas allí, pues de lo contrario Ellie le haría preguntas incómodas que Kendra no quería responder.
—Kendra —llamó Ellie, con expresión repentinamente muy seria —, ¿te ocurre algo?
Kendra empezó a toser.
—Eh, ¿qué? ¿Por qué?
Evitó la mirada de su amiga mientras le servía el té. Con movimientos inquietos, cogió el azúcar y lo colocó junto a la taza de Ellie con más energía de la esperada.
—Está aquí. —Ellie soltó una risita—. Pero, en serio, ¿por qué me evitas?
Kendra respiró lentamente mientras buscaba una excusa plausible. Hasta ahora, siempre había conseguido compaginar La Linterna y su amistad con Ellie, por muy estresada que hubiera estado.
—Tengo muchas cosas en la cabeza —mintió de todos modos, tan solo porque no se le ocurría nada mejor que decir. Su amiga ya tenía bastante con sus propios problemas.
La mirada inquisitiva de Ellie la hizo sudar.
—¡Eso no puede ser todo! ¿Estás enfadada conmigo? Si he sido mala contigo de alguna manera, lo siento, es que estoy muy agobiada en este momento.
—No, no es eso —la interrumpió Kendra.
—¿Entonces qué?
Kendra frunció los labios y hundió los hombros.
—Tengo problemas con mis padres y no sé muy bien cómo afrontarlos.
Eso era cierto, pero no era toda la verdad. Tenía algo más que un pequeño problema. Toda su vida se tambaleaba.
—¿Puedo ayudarte?
—Ya tienes bastante con lo tuyo.
Kendra no podía decirle a Ellie que iban a vender La Linterna; no se atrevía a pronunciar las palabras. Además, temía que Ellie lo viera como sus padres.
—Pero soy tu amiga, Kendra, quiero que hables conmigo cuando te sientas mal.
—Lo sé, pero de momento tengo que pensar por mí misma para saber lo que quiero. —Eso no era del todo cierto, pero tendría que bastar por ahora—. Será mejor que me cuentes las novedades de la inauguración —intentó distraerse.
Ellie gimió y se frotó la frente.
—No hay demasiadas.
El móvil de Kendra sonó y ella revisó la pantalla. «Mierda», pensó. Laurie tenía que llamar ahora, pero Kendra no podía ignorarla porque probablemente se trataba de los trajes de compromiso. Notó que el sudor se le acumulaba bajo los brazos.
—Ellie, tengo que responder, ¿me disculpas un momento?
Ellie asintió y se echó azúcar en el té, mientras Kendra ya se dirigía a la cocina, donde podría hablar sin ser molestada.
—¿Hola? —respondió—. ¿Laurie?
—Hola, hermosa, ¿cómo estás?
—Kendra se acercó a la ventana y se sorprendió al ver a su padre en el patio. Estaba fumando. Delante de él había uno de los barriles de whisky. Pero eso no era lo que la desconcertaba. Alejandro estaba con él y los dos charlaban como si fueran viejos amigos. No se lo podía creer.
—Todo va según lo previsto, al menos por mi parte. Pero oye, por conseguirte todos esos trajes, me gustaría pedirte un favor a cambio —murmuró Laurie al otro lado.
—Por supuesto —respondió Kendra—. También hay que acordar un pago por las molestias.
—Sí, luego lo solucionaremos. Pero esto es otra cosa…
—¡Maldita sea! —Kendra seguía distraída por Alejandro y su padre.
No podía oír de qué hablaban, pero parecían relajados y, de algún modo, familiarizados el uno con el otro.
No era de extrañar, pensó, que el aura especial de Alejandro cayera bien a todo el mundo de inmediato.
No era arrogante ni engreído, aunque muchos en su posición lo serían.
Pero Alejandro no solo seguía siendo normal, sino que además era extremadamente simpático y amable. Dejó escapar un bufido.
—¿Sigues ahí? —oyó que preguntaba Laurie.
—Perdona, ¿qué has dicho? —Kendra se apartó de la ventana, de lo contrario no podría concentrarse.
—Mi jefe, el productor, está buscando una localización con muy poco tiempo.
—¿Qué tipo de lugar? —Kendra no tenía ni idea de por qué Laurie le estaba contando aquello, pero no quería ser ruda con ella, al fin y al cabo le estaba haciendo un gran favor.
—Tras el éxito de producciones como Downtown Abbey y Outlander, quieren hacer algo parecido.
—Pero esas series son tan exitosas por muchas razones —dijo Kendra, que conocía y era fan de ambas.
—Sí, así es, esa es la cuestión. Lo que voy a contarte es confidencial, ¿vale?
—Puedes confiar en mí. —¿A quién le iba a contar secretos de la industria cinematográfica? Tuvo que sonreír.
—Bueno, quieren hacer una serie ambientada en la época de la Regencia. Pero no en Londres, sino en las Tierras Altas.
—Sí, ¿y?
—El nombre será Highland Hotel y estamos buscando un lugar adecuado, una especie de castillo, con mobiliario y decoración de la época y, por supuesto, disponible.
Ese es el problema, ningún hotel echará a todos sus huéspedes, y ningún propietario de castillo está dispuesto a prestarlo, o bien las paredes están en un estado lamentable.
Kendra empezaba a comprender de qué se trataba. Era evidente que Laurie había escuchado con atención cuando Kendra le había hablado de Kenneth y Ellie. Sí, quizá el castillo de Kiltarff sí que podía ser una opción.
—¿Insinúas que hable con mis amigos y les comente si estarían interesados en ello?
—O puedes ponerte en contacto conmigo cuando estemos por allí. Los rodajes duran unas semanas, a veces meses, no estoy segura en este caso, pero me he dado cuenta de que mi jefe está en un aprieto y te estaría muy agradecida si pudieras ofrecerme una solución. No es mi trabajo en absoluto, pero…
—¿Por qué no habéis encontrado todavía un lugar para rodar? — interrumpió Kendra a Laurie, que de otro modo probablemente habría seguido hablando hasta pasado mañana.
Laurie gimió.
—Es una buena pregunta. No quiero desvelar demasiado, pero mi jefe… tuvo un lío con el dueño del lugar donde se suponía que iba a rodar, los contratos estaban a punto de vencer. El caso es que las cosas no fueron bien entre ellos. Así que tiró los contratos al fuego.
—Oh, mierda —Kendra se rio, esa historia en sí sonaba como buen material para una telenovela.
—Si pudiera ayudar en esto, me beneficiaría mucho, podría sacar provecho de ello y que por fin se fijara en mí.
—¿Te gusta? —concluyó Kendra.
Laurie chilló.
—¿A mí? ¡¿A quién no?! Está superbueno, pero no le van las relaciones serias.
Y a mí me gusta mi trabajo, nunca me liaría con él si alguna vez se fijara en mí, que no lo hace.
—Laurie se rio entre dientes—. ¿Qué tal si hablas con tus amigos, para ver si el castillo es una opción?
Mañana voy a Escocia, podemos hablar entonces.
Kendra se sintió un poco mareada. Como si no tuviera ya suficientes asuntos de los que ocuparse.
—¿Mañana ya?
—Sí, ¿no es estupendo? Podríamos alargar un poco la prueba de vestuario y yo podría echar un vistazo a tu pueblo tranquilamente. Kiltarff tiene muchas casas antiguas, calles estrechas y cosas así, ¿no es cierto? Así no tendríamos que construir un decorado de cartón piedra en el estudio.
Dios mío, Laurie hablaba hasta por los codos.
—Vale, sí. Vale. —La cabeza de Kendra echaba humo—.
Veré qué puedo conseguirte y luego te avisaré.
—Pensó en Alejandro. Dios, sabía que tenía sitio de sobra, y la mansión era sin duda el lugar adecuado para Laurie, porque allí sería la fiesta.
Otra cosa era si estaba de humor para la visita.
Y había que mantener a Ellie alejada de allí a toda costa.
¡Ayuda! Había tanto que organizar y tan poco tiempo antes del compromiso.
—Vale, te llamaré mañana, ¿de acuerdo? —susurró Laurie al teléfono—. Estaré aquí, en el almacén, recogiéndolo todo.
—Vale, hasta mañana. Te deseo un buen viaje.
Tras colgar, Kendra se abanicó con las manos.
—Estoy de los nervios.
Luego volvió con Ellie. Afortunadamente, ella no sabía nada, y quería que siguiera siendo así.
—¿Estás bien? —quiso saber Ellie.
—Sí, todo está bien, solo era un proveedor que quería confirmar unos datos.
—Oh, bien entonces. Bueno, querida. Debo… —Fue a pagar el té, pero Kendra la detuvo.
—Por favor, no te molestes. Invita la casa.
Las dos se despidieron con un rápido abrazo. Cuando los últimos invitados hubieron pagado, Kendra cerró la puerta y dejó La Linterna. Necesitaba meditar y anhelaba un poco de paz y tranquilidad. Ahora mismo solo podía pensar en un lugar.
CAPÍTULO 10
E l aire desprendía un agradable olor a primavera y a hierba fresca.
Unas nubes blancas surcaban el cielo azul y los rayos del sol calentaban la espalda de Alejandro.
Se detuvo frente a la cochera y tiró del carruaje blanco por la lanza para inspeccionarlo.
No conocía a ningún cochero, pero quizá pudiera conducirlo él mismo, no podía ser tan difícil.
Sus experiencias infantiles le serían útiles.
Lo que más le preocupaba eran las ruedas. Alejandro resopló y dejó que el eje se deslizara hasta el suelo. Rodeó el coche abierto. A primera vista, parecía estar bien. Lo sacudió aquí y allá, chirriaba y crujía con cada movimiento.