Primavera Análisis del juego #4
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Análisis del juego #4

Cuando murió el único de nosotros que estuvo ahí fue Jhonny.

Le sostuvo la cabeza para que el cuerpo, que ya no era él, se sintiera mejor en su regazo.

Le acarició el pelo y le rogó: Parcero, no te murás.

Pero él no lo escuchó. Le acomodó la mano encima de la barriga para que pareciera que había tenido una muerte serena.

Lo sé porque me lo contó una y otra vez, y otra vez, y otra vez, como para probar si de tanto contarlo se lo creía, y como yo no respondía nada, de nuevo me lo contaba, sentados en la acera de mi casa mientras la gente entraba y salía del velorio.

No quise entrar. Estuve callado, con las manos metidas entre las piernas y a veces jugando con un palito en el agua que bajaba por el borde de la calle.

Lloraba por dentro la putería. Llorando como uno más en la década de los noventa.

En mi época, Medellín era la ciudad de la eterna balacera y todos perdimos a alguien.

Yo perdí a Beni, a Payaso, a Juan, a Rubén, a Jhonny, al Topo, a la Mica, a Héctor, a Mincho, a Giovani la Uva, a Luis Carlos, al primo Jorge y a Diana la Mona.

No alcanzaron a pasar de las veinte primaveras, no vieron al Medellín campeón y a los hijos que tuvieron.

Se los llevaron la guerra entre combos, la ignorancia, la pulsión de muerte, los paras, la guerrilla, el Ejército, el F2, el DAS, las Convivir, los grupos de limpieza, los milicianos ilegales, los legales y patrocinados por el Gobierno llamados COOSERCOM, la Cooperativa de Seguridad y Vigilancia creada en el año 1994.

En medio del cruce estábamos nosotros. Ya no solo eran los pillos, sino los grupos de exterminio social, eh, perdón, de limpieza social.

La expresión que mejor refleja la decadencia humana; la gente vista como basura, desecho que hay que limpiar con la pedagogía del fusil; la didáctica de changones vestidos de uniforme azul: una mezcla entre portero de centro comercial, policía bachiller y bandolero.

Ellos fueron los que mataron a Beni. Sí, posiblemente no estaba cogiendo café, pero lo mataron.

Contra ellos enfoqué mi rabia, mi lamento silencioso.

Como no tenía un arma para cobrar venganza y mucho menos el coraje para hacerlo, la cobardía me pudo.

Quedé vivo. Es mejor que digan aquí corrió que aquí cayó.

Pues yo me callé muchos años esta bilis de furia contra esos infames asesinos que se llevaron a mi amigo y la guardé por dentro.

Dejé que la vida les cobrara, que los pusiera a vivir como se merecían.

Desconfiados, azarados, drogados, empepados, rumiando sus culpas, escondiendo penurias, bombeando amargura en lugar de sangre, con una vida triste, muertos por dentro, acabados en vida, así como acabaron con Primavera.

No faltará el que se sienta orgulloso todavía.

Decidir sobre la vida de otro es jugar a Dios y eso atrae a las mentes débiles y con la autoestima en el culo, me confesó un asesino alguna vez.

Yo no sabía eso cuando estaba sentado en las escalas de mi casa con el velorio de mi amigo al frente.

Aquel día era un doliente más; estaba vivo de milagro, por el azar, por la suerte que tuve de no ir con él esa noche, y la vida me tiene acá años después con ellos todavía metidos en la cabeza.

Este es mi relato. Mi parte de la verdad.

La verdad es una historia subjetiva. La memoria falla.

Revivimos fragmentos y los vacíos los vamos llenando con lo que podemos, con deseos, mentiras, suposiciones, imaginarios que tal vez pertenecen a otra historia y a otro tiempo.

Perpetuamos lo que podemos y así lo contamos.

La memoria miente. La verdad no existe; es un cadáver exquisito formado por varias voces.

Una verdad brumosa que con los años se convierte en ficción.

***

Imagino que su corazón latía cada vez más lento, que sintió la sangre caliente y espesa en la boca.

Quizá con el brazo doblado trató de sostener el peso de su cuerpo para levantarse, pero los cuatro agujeros no lo dejaron.

Sintió los músculos entumecidos. El río, como un rumor, trajo entre sus aguas la canción de los muertos…

Nadie es eterno en el mundo ni teniendo un corazón .

Quizá tenía sed. Quizá logró voltearse bocarriba.

Imagino que abrió los brazos como un crucificado y que trató de hablar y no pudo.

Se llevó la mano derecha al pecho y palpó la herida.

Se quedó quieto mirando al cielo. Quizá quería ver por última vez la noche de Medellín.

Las estrellas. Solo vio nubes. Cerró los ojos despacio, sintió un calambre por todo el cuerpo, como un orgasmo triste, y se fue yendo, tranquilo, con el sonido del río.

El canto de los muertos. No me lloren, que nadie es eterno, nadie vuelve del sueño profundo...

Lo imagino, lo invento. Yo no estuve ahí. Yo tuve la suerte de estar enamorado.

***

Unos dicen que él llegó a la licorera y saludó.

Que eran más de las doce de la noche. Que pidió una garrafa de aguardiente y le picó el ojo a la pelada que estaba atendiendo, que siguió el ritmo de la canción que sonaba golpeando con los dedos la reja, que se escuchó una camioneta llegar, que eran las Convivir, una Chevrolet Luv azul petróleo, que él se puso pálido, que la joven que atendía soltó la botella de aguardiente y el sonido del golpe contra el piso se confundió con el estruendo del primer disparo, que él alcanzó a dar unos pasos, que el segundo disparo pegó en un poste de luz, que caminó tambaleándose, que el siguiente disparo lo tumbó y que ahí llegaron ellos y lo remataron metiéndole tres tiros con pistola y uno con changón en la cabeza y que por eso el ataúd tuvo que estar cerrado en la velación porque le desfiguraron la cara. Eso dijeron, eso dicen.

***

«Ese pelao llegó a la licorera todo arañado y se puso a coquetearle a la sardina que atiende.

Que cuándo se iba a dejar robar... Es que esa culicagada es muy linda, a lo bien.

Qué salaíto, uno por pobre y viejo. Nosotros estábamos parchados en la esquina jugando apuntado, escuchando música relajados.

Entonces… no me acuerdo quién fue el que dijo: Ay, marica, los milicios, y ahí mismo nos azaramos porque, aunque uno no deba nada, uno se azara, esos manes tienen changones muy bravos y es mejor no revirarles porque uno ahí pierde, diga si no, uno no es el más sano, y tampoco pa’ ponerse a enfrentarse a esos manes, además ahí también hay conocidos de uno, por eso digo yo que ese mono algo les debía, quién sabe.

Yo apenas sentí el primer tramacazo solté las cartas para la mierda, me tiré al piso y me fui entrando despacito.

Fueron unos minutos de taque, taque, taque.

Qué susto, a lo bien. Ellos arrancaron en pura hijueputa en esa camioneta por El Playón para arriba y ahí salimos todos y ya vimos el pelao tirado en el piso. Esto está muy caliente».

***

En el informe oficial que les presentaron a los papás, quedó escrito que el asesinato había sido un ajuste de cuentas entre las bandas del sector.

Que las COOSERCOM llegaron al lugar de los hechos a restablecer el orden cuando ya se había perpetrado el crimen.

Que la Fiscalía haría todas las investigaciones pertinentes y que se lamentaba la muerte de otro joven en medio de la cruenta ola de violencia que vivía la ciudad.

Dieron el pésame a los padres e invitaron a la comunidad a denunciar a los delincuentes, a cuidar más a sus hijos, alejarlos de los vicios y reportar cualquier sospecha de delito a la Policía Nacional.

***

Cinco horas antes de su muerte cerraron la cuadra.

Era una noche de diciembre. Sonaba «Caimán y gallinazo» del Súper Combo los Tropicales.

La calle estaba decorada con cadenetas. Titilaban los bombillos de los dinteles de las ventanas y las extensiones de luz dibujaban estrellas y arbolitos.

Las Abuelas pusieron dos ladrillos, leña y una paila grande para freír chicharrones.

Fuimos llegando a recostarnos en los carros, en los postes, a sentarnos en las aceras para hablar y hablar y hablar y esperar a que doña Celia hiciera la novena de Navidad.

Una camioneta cuatro puertas hizo abrir campo y pasó con hombres vestidos de overol azul, uno de ellos muy parecido a Bobby.

Los que hablaban bajaron la voz. Ana, que tomaba desde temprano, proclamó: Ahí van esos maricones.

Manuela, ya con una barriguita pequeña y unos barritos en la frente, pero un embarazo que le sentaba bien, le pidió que se callara.

Beni llegó con el tío Jerry en un Renault 4 convertible.

Rodeamos el vehículo como si fuera una atracción de circo mientras el dueño contaba sus bondades y los demás exaltaban su buen gusto.

Les puso rines cromados y luces de neón a las llantas.

Alguien tuvo la idea de dar una vuelta. Como no cabíamos todos decidieron hacer dos turnos.

Fruco, Beni, Jerry, La Chiva, Salomé y La Gorda salieron en el primer turno.

Envidioso y excluido los vi alejarse estrechos y felices.