Análisis del juego #5
Hicimos la novena. Leí el benignísimo Dios de infinita caridad que tanto amasteis a los hombres, y jodí tanto en los villancicos que doña Celia y doña Julia me regañaron.
Pasaron los minutos y volvieron los paseadores.
Jerry no quiso hacer el segundo turno; no se la iba a pasar toda la noche de chofer.
Además, no iba a dejar que nadie manejara su nave recién engallada, mejorada, renovada, producida para atraer aduladores.
Después de los primeros tragos, Jhonny y Jerry se perdieron.
Mi trabajo se enfocó en complacer a Manuela y darle todas las atenciones.
Era un caballero. Además, Juanito estaba perdido desde que aparecieron los milicianos en el barrio.
Primavera decía que algunos de la 50 se habían puesto a trabajar ahí porque les pagaban y que les habían dado el poder para mandar, robar y, por qué no, cuadrar una que otra venganza.
Por eso, en ausencia de mi rival, Beni me azuzó para atacar: Aproveche, parce, aproveche.
Obediente le ponía la silla a Manuela para que descansara los pies y evitara las várices, le cuidaba el puesto cuando ella salía a bailar con otros, la invitaba a Coca-Cola, a Chocorramo, a chicle Motita, y ella, humilde, se dejaba deslumbrar por mis atenciones.
La Gorda apareció con cara de metralleta y detrás llegaron La Chiva y Jerry avergonzados.
Deduje que los había visto consumir perico y sentí alivio de conocer el chisme de antemano.
Pero ella no solo los vio drogarse, sino hacer otra cosa.
Jhonny le puso la mano a su hermana en el hombro y ella la quitó con rabia.
No me toque, maricón, le advirtió. Jerry se hizo el desentendido y salió para su carro.
Aproveché para pedirle de nuevo una montadita en el segundo turno.
Lo que recibí fue un regaño, como si yo le hubiera rayado esa carcacha.
Volví a mi trabajo de cuidador de Manuela y lo que sigue no se me olvida.
Cierro los ojos y lo veo nítido. Hay momentos que nos marcan, que recordaremos al detalle, sucesos que nuestro cerebro elige para mantenerlos latentes como si tuviéramos memoria eidética.
Tengo presentes el olor, el sonido, los diálogos, los detalles.
Así me pasó con la primera vez que vi matar a alguien, con la primera noche con Ana y con esto que voy a contar.
Era medianoche. Olía a chicharrón y a madera quemada.
Mi boca tenía tufo de mediacaña. Sonaba «Mi desengaño» de Roena.
Sentemos a pensar, la vida ha de continuar, fingiendo amor donde no hay…
El papá de Manuela anunció con lástima que se había acabado el trago.
Óscar se excusó diciendo que don Andrés no iba a fiar más esa noche y que fuéramos al estanquillo.
Manuela con aquella sonrisa hermosa de dientes imperfectos mencionó que tenía un antojo de mandingas.
Si quiere yo la invitó, propuse y la abeja reina respondió que gracias.
En el mismo momento apareció don Ismael.
La Gorda le informó perentoria: Pa, le tengo que contar una cosa.
Entonces Jerry, acelerado, me invitó, o más bien a Manuela, a comer mandingas: Y aprovechamos y nos damos un roce en el carro.
Cuando nos disponíamos a salir rumbo a mi oportunidad, Beni me miró con la plata en la mano.
Porkis, ¿vamos por el guaro?, preguntó. En ese momento no podía perder el papayaso que me daba el universo de estar más tiempo con ella.
La ilusión de viajar en un carro juntos y estrechos, y que tal vez mi mano rozara la suya, y que tal vez oliera su pelo, y que después de esa noche se fijara en mí, o por lo menos me diera un besito, aunque fuera por caridad, un besito lastimero, hizo que yo dijera la frase que llenaría mis sueños de remordimiento por más de treinta años: No, parce, yo no voy a ir.
Vaya usted; nosotros vamos a comprar unas mandingas en el carro de su tío.
Willy, Beni, mi amigo, vio mis ojos llenos de esperanza por un amor perdido y exclamó la última frase que escuché de su boca: Listo, todo bien.
Después de eso, en mi adolescencia, no pasó nada más.
«Tu amor es un periódico de ayer,
que nadie más procura ya leer…».
29 de junio.
Hay un titular de prensa que dice: «Hombre prende fuego a una casa en el barrio Primavera y muere quemado».
El diario Q’más pues publica: «El desconocido escritor llamado Héctor, alias Porkis, decidió prenderle fuego a una casa del barrio Primavera de la ciudad de Medellín.
Cuentan los testigos que el hombre había comprado la casa hacía pocos meses.
Se la pasaba escuchando salsa, vallenatos, música decembrina y bebiendo con los vecinos».
La policía inicia una investigación. La policía termina la investigación.
Algunas personas ponen flores en la acera de la casa del narrador.
Las flores se marchitan y desaparecen. El alcalde le pone el nombre del escritor a una calle cualquiera.
Se publica el libro. Se vende poco. No habrá película.
La editorial decide no hacer una reimpresión.
«Marejada feliz, vuelve y pasa por mí,aún yo digo que sí, que todavía pienso en ti».
Me rodea gente triste. He presenciado más entierros que nacimientos.
No sabría decir cuántos, no se va por ahí llevando la cuenta del número de velorios; como las borracheras, solo se recuerdan las memorables.
Como no sé qué decir cuando alguien muere, no digo nada y pongo cara adusta y circunspecta con un toque de solemnidad.
No se puede entrar sonriendo a un velorio.
Hay que hacer contacto visual con el doliente, así se le llama: doliente.
Se hace una señal con la mirada, levantada de cejas y una leve mueca en los labios.
Lo siento mucho, así no lo sienta tanto.
Lo importante es que la otra persona esté acompañada, que tenga, si es del caso, un brazo en el cual llorar.
Incomodidad. Ojalá y no sea en el mío, aunque cuando toca, toca.
Lamentos, bisbiseos, murmullos repitiendo oraciones, excesos de borrachos, madres pálidas, hijos calavera, hermanas histéricas, esposas convulsivas, chismosos espontáneos.
Saludos. Abrazos. Palmadas en la espalda.
La hija del muerto incómoda recibiendo pésames.
La recordé joven. Me trajo la cara de su hermano.
Una humedad extraña se apoderó del ambiente.
Tufo a velorio. Mezcla de formol, flores, humor y lágrimas.
Olor a baba. Salí a respirar aire puro. El cartel fúnebre, que tenía varios nombres: «Jose, Rubén, Willy…
», flotaba en un charco. Un hombre me ofreció un cigarrillo y respondí que no con el dedo.
¿Un guarito? No, gracias. ¿No volviste a beber?
La voz tenía confianza. La pregunta fue directa, como si tuviera historia conmigo.
Demás que usted no se acuerda de mí, lamentó.
Sentí náuseas. Busqué un baño. Me lavé las manos.
El rostro en el espejo no era el mío. Mi cara era la de mis amigos y cambiaba cada segundo, como en el video de «Black or White» de Michael Jackson.
Salí de ahí para huir de ese trance azaroso.
El velorio ya no estaba. Vi a una mujer en una silla Rimax al lado de un equipo de sonido con una botella de aguardiente en la mano.
Me senté a su lado y la perra Canela se acostó a mis pies.
El aire estaba compuesto de anís. Era ella.
La reconocí: Manuela. Eran ellas: Manuela, Ana, Juliana, Catalina y Salomé.
«Cerrá la boca que se te va a llenar de moscos», susurró una voz pálida.
Giré la cabeza y los vi sentados conmigo.
Mis amigos se burlaron de mí, o se burlan, era pasado y presente.
Dos tiempos al tiempo. La sensación de haber vivido lo que se está viviendo.
Comenzaron, o comienzan, a bailar. Mucha gente.
Se prende la fiesta. Sonó, o suena, ¡sí, suena!
, suena «Marejada feliz» de Roena. Estoy en Primavera, mi barrio.
Marejada feliz, vuelve y pasa por mí, aún yo digo que sí, que todavía pienso en ti . Lloré. Lloro. Lloraré.
Mi mundo se vuelve un solo estetograma, imágenes mezcladas en una única sensación que invade los sentidos: salsa, fiesta, miedo, balas, risas, besos, sombras; fútbol: picados, desafíos, gambetas, goles; juegos: pico monto, pico monto, pico monto.
El mundo en forma de balón golpea el muro de mi casa que tiene escritos los nombres de mis amigos, hace un hueco y sigue de largo, da vueltas a 107 280 kilómetros sobre su propio eje con destino a la avenida principal.
Nosotros salimos corriendo calle abajo para evitar que un carro lo estripe.
Suena: ¡plum! Chao, estalla el balón, el aire comprimido se libera, adiós, partido, fútbol, salsa, adiós a mi época, adiós al barrio Primavera.
***
Yo...
El narrador, acurrucado en el piso oye carros pasar y al fondo el rugido de Medellín.
Quiere llorar. Presente y pasado. Siente la boca pastosa.
Le arde el estómago. Una colilla de cigarrillo forma un hueco en el tapete que cada vez crece más.
Un hilo de humo hace una danza en el aire y se desvanece.
Y así termina la historia … Yo crecí junto a la barra y entre copas tuve amigos…
«Yo quisiera… No sé…». «No, hombre, no tienes que decirnos nada. Esta es tu copa, a ver, a ver, y aquí están tus amigos. Esooo. Bienvenido».