Primavera Análisis del juego #3
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Análisis del juego #3

Ahora que iba en el carro confirmaba, incrédulo, lo que había dicho con lástima mi papá: que a La Chiva lo habían visto por La Minorista y por la iglesia Metropolitana raspando los ladrillos, consumido por el bazuco.

Lo vi caminar descalzo con un palo en la mano por el centro de Medellín, con esa mirada ausente de quienes perdieron el porvenir en el espejismo de la alucinación.

Hice parar el carro: Orillate, orillate.

Me bajé y salí corriendo detrás de aquel hombre de la calle.

Parcero, oe, oiga, lo llamé. No respondió.

Oiga, ¡usted!, le grité. Tuve que hacer uso de mis reflejos para esquivar el palazo que venía hacia mi testa.

¿Qué pasa, gonorrea? ¿Le debo? Me preguntó amenazante.

Calmao, calmao. Puse las manos arriba de los hombros.

¿Usted se llama Jhonny? Abrió los ojos y volvió a amenazar con el palo, pero esta vez en forma amigable.

La Chiva, a usted le decían La Chiva, ¿sí o qué?

, pregunté protegiéndome la cara con las manos de un posible golpe.

Me miró fijamente, bajó el palo, me sonrió, dio media vuelta y voleando el bastón como un acto de Charlot se fue cantando: yo, yo, yo, creo que voy solito a estar cuando me muera…

«Están cayendo hojas blancas en mi cabellera por los años que han ido pasando, la experiencia sigue madurando».

En la tienda de Andrés hay unos señores jugando cartas. Es domingo al mediodía.

—Bueno, usted quedó con 80, yo estoy en 75 y don Gilberto en 95.

—Ah, estoy jodido. Solo puedo llegar completo y con este juego le veo más futuro a este Gobierno.

—Ah, es que ese gordito Samper solo sabe contar chistes.

—Y apoyar narcos.

—Y milicianos.

Toma un trago de aguardiente y lo pasa con agua sin soltar el manojo de cartas.

—Chito, hombre, que las paredes tienen oídos.

—Ahh, pero eso lo sabe todo el mundo, hombre, Roberto. Acá en Metrallo había más de mil milicianos.

—Yo creo que hasta más.

Sirve una copa de aguardiente y toma.

—Ah y entonces qué hacíamos, ¿dejar que esto se llenara de bandidos?

—Pero si los mismos milicianos antes eran guerrilleros, paras o pillos. Son la misma cosa. Sicarios pagados.

—Coja la carta o arrastre. Mucha carreta y poco juego.

Le da una calada al cigarro.

—En el periódico se dice que les entregaron armas, uniformes de dotación, camionetas y un sueldo de ciento cincuenta mil pesos mensuales.

—Ah, con ese sueldo yo me hubiera vuelto miliciano. Andrés, ¿tenés naranjita picada?

Un jugador toma un trago de aguardiente. Otro fuma y bota el humo hacia arriba para no echarlo a la cara de los compañeros de juego.

—Los curas, los políticos y mucha gente como usted estuvieron de acuerdo con eso.

—Pero eso sirvió para acabar con tanto soplador y vicioso, ¿o no?

—Ah, no jodás, cómo vas a decir eso. A este barrio lo abandonó el Estado.

—Era necesario.

Un jugador toma un trago de aguardiente.

—¿Necesario matar gente? Nombe. Ahí están pintados ustedes los godos. Tome ese diez para que se componga.

Andrés sale con un plato con naranjas picadas y lo pone en la mesa.

—¿Godos? Pero si los «Servicios especiales de seguridad privada» los crearon liberales, el presidentico de la voz de flauta, el mariquita y el elefante del Proceso 8000. Ahí le dejo ese dato.

—Y qué me le unta al gobernador de Antioquia.

—También era liberal.

Toman otro trago y chupan naranja.

—Ah, está buena esta naranjita… Oiga, pues sí, todos son una manada de ratas. Liberales y conservadores y el pueblo… como yo en este apuntado: jodido.

—Pues va a quedar más jodido. Toco. Jálense una carta.

Gilberto saca una carta del manojo de la mitad.

—¡Adivinen! Yo sí soy muy de buenas: me jalé el nueve que estaba esperando.

—Solo queda confiar en Dios.

—¡Oigan a mi mamá! A este pueblo Dios lo dejó en manos de los doce apóstoles.

— Ja, ja, ja,

— Ja, ja, ja.

—En fin, señores, como dijo Álvaro Salom Becerra, al pueblo nunca le toca.

—Sí, le toca, le toca recibir bala, ¡salud!

—¡Salud!

Brindan, toman un trago y hacen mala cara.

—Si me gano este apuntado, los invito a media.

—Yo sí me les voy. Siquiera me echaron porque voy pa’l estadio.

—Vaya a sufrir.

—Hoy tenemos que ganar para entrar a los ocho. Andrés, anotame ahí los dos aguardientes, que yo te pago en la quincena. Suerte, señores.

«La sonrisa que hay en mí son las penas que ahora llevan otro nombre, porque sobre mi dolor he levantado el amigo que hoy pueden buscar en mí» .

A los quince años no tuvo quien le explicara lo que sentía y por eso decidió guardarlo.

Luego conoció la literatura. El primer cuento que escribió fue sobre la muerte de Beni, sobre las hipótesis y los chismes que inventaron.

Dias después del asesinato de Willy, su amigo, casi se ahoga con la papa del almuerzo, cuando el comandante de la Policía salió en el noticiero de Teleantioquia, diciendo, en ese antisexi acento castrense, que iban a abrir una exhaustiva investigación, pero que todo apuntaba a enfrentamientos de bandas.

¡Desgraciados! Cuáles bandas. No, no dijo «desgraciados», esa no era una palabra utilizada con frecuencia en Primavera, ni a esa edad, fue más bien un: ¡Pirobos!

Todos sabemos que fueron los milicianos y que los tombos pasaron después a recoger a los muertos, pensó.

Se subió a la terraza de la casa para que su mamá no lo viera llorar.

Se desquitó con el balón haciendo chutes rabiosos contra el muro del vecino hasta que el balón quedó enterrado en un clavo y expulsó el aire que lo mantenía vivo.

Dicen que el cerebro recurre a la disociación y esconde los malos momentos para protegerse.

Como quien barre por donde pasará la suegra pero ella al levantar el tapete ve la mugre.

Esa rabia contenida mutó a resentimiento y luego a nostalgia y ahí saltó a una melancolía que se destapaba en cualquier momento: en una entrevista, en una borrachera, en una cita romántica, o como aquel día que terminó llorando en la sala de juntas de una empresa delante de unos clientes y sin saber por qué.

Una de las directivas, incómoda, le pasó un vaso con agua mientras él relataba entre sollozos que los milicianos habían matado a su amigo.

Nunca supo cómo la conversación llegó a eso.

Así se le iban saliendo los pesares, así sigue pasando cada que escucha «Así soy», «Monín», «Los bailaderos», «Tiempo pa’ matar», «Barrunto», «Como nosotros», «Cuna Blanca» y «Mi desengaño», se ahoga en recuerdos y lo agarra una vaina maluca de una época que desapareció y de un duelo que nunca ha entendido cómo tramitar porque no sabía que a los amigos los mataban.

«Y cuando nadie escuche, mis canciones ya viejas detendré mi camino en el pueblo de Hatillo y allí moriré…».