Análisis del juego #2
Qué cansancio. No quiero explicar más porque falta narrar dos sucesos importantes de esta liturgia de la amistad, este baquiné de los amigos.
Además, sé que tendré que hacerlo en las múltiples presentaciones del libro, una, y otra, y otra vez, hasta quedar agotado de mi propia historia.
Como Narrador debo justificar cada palabra, cada capítulo, cada muerto como si yo hubiera sido el asesino.
Ya lo saben: el Narrador soy yo y me puse en tercera persona para tomar distancia de este presente extranjero.
Haré la labor de responder aquella estúpida y repetida pregunta: ¿cuánto de su libro es real y cuánto es ficción?
Nada. Todo es ficción. O mejor, como llaman los intelectuales al género que sirve para rellenar las clases de universidad: autoficción.
Es decir, mi propia realidad inventada. Yo, jugando al creador, inventé la violencia de los noventa en Medellín, los milicianos, los sicarios, las fronteras invisibles, las muertes de mis amigos y de un barrio entero.
Solo debo esperar a que llegue el olvido.
Ya no puedo sentarme en Primavera, el lugar que inventé, a jugar cartas un sábado por la tarde.
Ya no es posible patear la pelota en la calle porque el miedo construyó canchas sintéticas.
Dónde están los raspones, las ventanas rotas, los carros pasando, las esquirlas de vidrio en el pie por jugar descalzo, dónde está el balón que cayó en la quebrada, dónde está la perra Canela…
Todo eso se ha ido, desapareció. Aquello que tú eras fue borrado por miedos nuevos.
Primavera mía, barrio mío, mi juventud se fue contigo.
Pasado mío. Tiempo mío. Lo nuestro es la memoria, esa tirana que me hace extrañar la vida que fui».
«Y tengo amigos, conocidos y enemigos. Amores que me han querido y rostros que niegan verme. Me encontré frente a la muerte y en sus ojos vi el sentido y con el miedo conmigo así yo aprendí a quererte».
—¿Usted piensa en la muerte? —pregunta el periodista.
—Todos los días. —Parece la respuesta de Diomedes en la entrevista con Ernesto McCausland.
El periodista sonríe y se le ocurre que puede lograr algo divertido, de humor negro, para sus televidentes. Algo distinto. Por eso, esperando comedia, le pregunta al narrador:
—¿Cómo le gustaría que fuera su entierro?
—Lloren si quieren —responde el narrador—.
Lo que pido es que me pongan salsa y que hagan una rumba como en el entierro de Héctor Lavoe.
Caja sellada, porque los muertos somos muy feos, serios y de pronto el de la funeraria no es capaz de sacar mi mejor sonrisa.
No hagan como aquellos que se toman fotos con el muerto sentado en el ataúd; los muertos olemos muy maluco, si uno vivo huele mal, calcule sin vida.
Entonces evítense molestias. Por favor, me creman.
Con tanto muerto al lado me daría mucho susto.
Además, no sabría en qué cementerio, en el San Pedro está Willy, en Montesacro está Jose, y en Jardines de la Fe, Rubén.
El periodista sonríe. Sabe que ha logrado su cometido y ahora quiere dar paso al melodrama, a la condescendencia y a la romantización de la pobreza:
—¿Creciste en un barrio popular? ¿Qué sentiste?
El narrador sabe que los periodistas están deseosos de sus lágrimas, y él, un llorón generoso, se las regala.
Les comparte sus lamentos para que vendan pautas manchadas con llanto.
Sabe que a ellos no les importan sus amigos.
Solo el rating , la lágrima que vende. La sensiblería, el sentimentalismo, la retórica del dolor. El homo lamentus.
El periodista se emociona.
—¿Tuviste una adolescencia dura? —pregunta.
—No, no tuve una adolescencia dura; yo fui feliz —responde—. Por eso me duele recordarla. La muerte de ellos me vino a doler después, cuando iba por ahí pensando, haciendo presentes tiempos pasados. Hombre, recordar es nuestra forma de traer a las personas de nuevo.
El periodista insiste.
—¿Te hacen falta tus amigos?
—No, no me hacen falta en este momento, me hicieron falta cuando por fin logré cosas que había soñado con ellos. Ahí es cuando hace falta la gente, cuando esperas que estén para celebrar contigo. Por eso quiero que esto acabe. Ya fue suficiente.
El periodista se sorprende. Tiene más preguntas sobre el libro, pero no quiere interrumpir al narrador.
—Quiero que arda el pasado —continúa—, no quiero seguir tapando la herida con una costra nueva, que la cicatriz del duelo desaparezca.
Que arda. Mire, yo voy a morir quemado y usted va a titular así la noticia: «Muere escritor calcinado».
Todo arderá. Me libraré de esta nostalgia tan maluca, de este vivir del pasado que es como desandar un camino mientras el horizonte se aleja.
No quiero sentir más esta necesidad de mirar hacia atrás.
Esta costumbre inútil de validar mi presente con aquello que fui.
Quiero acabar este libro ya y dejar que lo que sucedió por fin muera o morir con él.
El periodista hace un gesto de desagrado.
No sabe para dónde va la entrevista. Se siente incómodo, mueve su silla, se rasca la cabeza, sonríe condescendiente, sabe que este contenido no les va gustar a los televidentes, sabe que ellos quieren ver dolencias ajenas, pero sin llegar a la desazón de la existencia.
No quieren reflexionar, solo ver desde la barrera, conmoverse en la superficie.
—Sé cómo arde la carne humana —continúa el narrador—.
Cuando trabajaba en la funeraria pude ver el horno crematorio a través de un vidrio un poco más grande que el ojo mágico de una puerta.
El cuerpo de esa mujer empezó a consumirse por el pelo y después se contrajo como una carne frita en una sartén: explotaban pedazos de grasa.
Toda la masa inerte se movía al ritmo de la candela.
Carne quemada. El cuerpo se inclinó, se volteó, se sacudió en una lucha explosiva, en una danza con el fuego.
Así vi aquel cuerpo por un minuto y así voy a derretirme.
El periodista sabe que esa parte la tiene que editar porque es un horario familiar. El entrevistado sigue:
—Crepitaré con mis libros; ellos arderán conmigo.
Todas estas historias de mis amigos de Primavera serán cenizas y mis partículas se mimetizarán con ellas.
No se podrá reconocer qué parte del polvo soy yo y cuál pertenece a los libros, yo me convertiré en El pelaíto que no duró nada , No nacimos pa’ semilla , El desbarrancadero , En la parte alta abajo , La cuadra , Aranjuez , Era más grande el muerto , Los amigos míos se viven muriendo , Rosario tijeras , Las vanidades del mundo , El cine era mejor que la vida , Camila Todoslosfuegos, Colección de tragedias y una mujer, Cómo maté a mi padre, La sombra de Orión , La conjura de los vicios … Todos, un solo polvo.
El periodista ya no sabe cómo apagar la hoguera que ha encendido el narrador. Una entrevista leve y tranquila se convirtió en una diatriba nihilista de la muerte y la desazón. Levanta la mano como quien pide la palabra. El narrador lo ignora y sigue con su perorata:
—Seré un recuerdo que no alcanzarán a apagar los bomberos porque para llegar hasta Primavera tendrán que atravesar la ciudad y el fuego será más rápido.
Verán desde lejos la nube de humo de mi casa, la que era mi casa, la que compré para hacerla arder, y se verá la forma de un río gris hacer meandros en el cielo de Medellín, y la gente dirá: ¡Ay, gonorrea!
, que es la expresión que tienen en el Valle de Aburrá para describir el asombro; y los bomberos tratarán de echar agua a lo que ya se perdió; los inútiles chismosos grabarán con celulares a los vecinos que llenarán de agua ollas, cocas y baldes para ayudar.
Mientras tanto yo estaré dentro deshaciendo mis pasos en esa casa que amé, entre los libros, los casetes viejos, los vinilos de salsa que me cobijan como un helecho al marrano en diciembre.
Ahí voy, Dios, a ver si de verdad hay cielo, ahí voy, amigos, a ver si es cierto que nos vamos a encontrar, ahí voy, parceros, ya no aparecerán en mis sueños, lo que éramos no volverá jamás porque el recuerdo que yo era morirá.
Ese será el final de la historia. La vida me tuvo añorando una época hasta encontrar las palabras para contarla. Adiós. No es más.
—Muchas gracias por la entrevista —alcanza a decir el periodista mientras el narrador se quita el micrófono, se despide y se va.
«Y esa risa no es de loco; se están riendo de mí».
Hay muchas formas de morir. Una de ellas es renunciar a la vida, seguir respirando sin el mayor interés en lo que pasa.
Abulia. Creo que eso fue lo que sucedió.
La Chiva estaba demacrado, sucio, con la ropa raída y descalzo.
Un nazareno, diría mi abuela. Su cara parecía veinte años mayor que la mía, y eso que tenemos la misma edad.
No lo veía desde nuestra adolescencia, por eso estaba inseguro de reconocerlo.
Nos alejamos después de lo que pasó con Jerry.
Don Ismael lo echó de la casa y Jerry se fue del barrio.
Los papás de nosotros nos prohibieron su amistad porque Primavera les contó a todos no solamente del consumo de drogas, sino de su relación de amor con Jerry, que para mí era una maricada, pero para la godarria doble moral del barrio era un pecado de excomunión.
Mi amigo, Jhonny, el maestro de la risa, fue víctima del ludibrio y la discriminación de los que yo participé.