Primavera Análisis del juego
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Análisis del juego

«Ella va triste y vacía».

«Me tocó enterrar a mi muchacho. Primero mi marido y después mi hijo.

Yo no tengo a nadie; pues sí, están mis hermanas y el resto de la familia, pero no es lo mismo.

No me mire así, que es verdad. Estoy sola.

Ellas tienen sus cosas. Yo me quedé abandonada.

Guri Guri todas las noches me decía: Hasta mañana, ma.

Y así estuviera enfiestado me llamaba de un público pa’ que no me preocupara.

Tan lindo. Me hace falta hasta la cantaleta que me echaba cuando me prendía, es que él era como un señor grande, ¿no cierto?

»Me hace falta hacerle su chocolatico con migas como le gustaba.

Él derretía la tostada con mantequilla en el chocolate, ¿se acuerda?

Hasta a usted le tocó. Y yo le decía que le iban a dar barros de comer tanta grasa.

Pero qué va, esa carita morenita tan heeeerrmosa que se mandaba, no tenía ni una espinilla, por eso es que me lo buscaban tanto estas fufas de Primavera ja, ja, ja.

Es que me da una putería, Porkis. Por culpa de esa muchacha me lo mataron.

Ella debió decirle que no fuera, pero claro esa vaina jala mucho, si lo diré yo...

Mi Rubén nada tenía que hacer por allá. Es que yo todavía no me la creo.

Le quedaron unos tenis sin estrenar y dos muditas de ropa.

No, mijo, no le sirven porque él era más gordito que usted».

Suspira.

«Ay, mijo, qué cosa tan maluca este vacío en el pecho, como si me arañaran por dentro con unas garras.

Y ese bobo del Richie vino dizque a pedir perdón, ya pa’ qué, güevón tan bobo, no sirve pa’ mierda.

Dizque que no pudo hacer nada. Que él peleó con Bobby por eso, que estaba mamao de vueltas y tropeles y yo no sé qué otro montón de pendejadas.

Qué va. Esos muchachos, Juanito y Pedro, son los culpables de tanta matazón y después vienen a pedir cacao.

A nosotras las mamás es a las que nos toca después frentiar el corte, nos toca lo duro, enterrar un hijo y seguir pa’lante, porque qué más. Tome».

Me entrega un vaso metálico con jugo de tomate de árbol. Me pregunta si me gusta y yo respondo que sí con la cabeza, igual que en la noche aquella.

«¿Usted sí supo cómo quedó mi niño? Guri Guri quedó ahí tiradito.

Se veía hasta lindo; no se despeinó siquiera.

El walkman lo tengo de recuerdo, porque qué más.

Solo quedan las cosas pa’ uno recordar. Las esquelas de la pieza las guardé en una caja; me da hasta rabia verlas porque por culpa de esas mujeres fue que me lo mataron.

¿Vio? Lo que yo le he dicho, el amor solo sirve pa’ problemas.

Míreme a mí. Lo que yo amo se muere. Eh, yo sí soy muy salada, no cierto, papi».

«Y nadie pregunta si sufro, si lloro, si tengo una pena,

que duele muy hondo» .

Primavera mía, amor mío, he cumplido. Salí de tus calles esperando volver, pero has muerto.

Ahora soy un burgués melancólico, una caranga resucitada que te extraña.

El recuerdo me arrastra por el suelo nebuloso.

La soledad de sentir el pasado en el presente, un tiempo que no volverá, que nadie más extraña.

Anhelos de barrio. La melancolía de una juventud en la que la vida fue bonita.

El tiempo corre y el presente me desecha.

Soy un vidrio a punto de quebrarse, lleno de fisuras; solo se conserva completo por una débil película.

Soy atávico. No sé de qué hablan hoy, me quedé, estoy atrás.

No hago parte de estas primarias ansiedades de perturbados mentales, dependientes de ese aparatito que pesa 200 gramos y que lo sabe todo.

Soy de otra época. Otro lugar, otro tiempo.

«En mi época» es la expresión que utilizamos los de ayer, aceptando con resignación que hubo un tiempo al que consideramos nuestro, un pretérito perfecto: he vivido.

En mi época, cuando la vida fue, hacíamos fila en un teléfono público con las monedas en la mano.

Conversar, conversar y conversar. Sentir la emoción de la llamada con la novia, dejar una razón, hacer visita o solo gastar monedas y jugar con el cable del teléfono.

No quiero chatear. La forma contemporánea de evadir.

¿Qué es esto? Máquinas que les hablan a otras máquinas.

Pasado. Primavera. Época mía. Quiero la risa, tu sonrisa frente a mí, tu cara de odio, de amor, de asco, tus muecas, tu respiración, olerte, tocarte, hablarte.

Si quiero conversar con alguien, que no sea por mensajes, ni emojis, ni estas falacias que reducen mi humanidad a un clic.

Este presente perezoso en el que para prender un bombillo se dice Alexa; en el que para averiguar algo se llama a Siri; para consultar una duda, se le pregunta al ChatGPT en mensaje de voz, porque hasta escribir le da “flojera”.

Estamos achicharrando nuestro cerebro. Por culpa de este presente de la inmediatez olvidé mis números de teléfono, los cumpleaños y las direcciones por depender de esos aparatitos inteligentes.

Un movimiento leve de los dedos, como hecho por un autómata imbécil.

La lengua de mi pasado es inmutable. No quiero aprender nuevas palabras traídas del inglés: watching people, fomo, cringe, outfit, mood y no sé cuántas otras.

¡Esnobistas! Eso existe en español: Ver gente, sentirse excluido, vergüenza ajena, pinta y estado de ánimo.

Perezosos. Sí, en eso me he convertido, en un cuarentón cantaletoso que extraña el pasado en el que aprendió a amar la vida.

Aquel pasado en el que tuve que inventarme todo para demostrarle mi amor a Manuela, no podía stalkearla por redes.

Para verla tenía que pararme afuera de su casa o de su salón y esperar a que saliera, o hablarle, decirle Hola, así mis neuronas colapsaran y me convirtieran en un tartamudo, y ella me viera los cachetes rojos, la boca seca, las pupilas paniqueadas al pedirle que me diera la arrimada, que fuéramos novios, de frente.

Eso era coraje. Semejante práctica de presencialidad a cualquier joven de esta generación le daría una trombosis, pero eso, por más difícil que haya sido, es la vida que fue.

Nos dio carácter. No esta farsa de ahora de mandarse mensajitos, de tantear el terreno enviando una reacción virtual, un corazoncito, un mono con los ojos tapados, o comentando una publicación.

O lo otro que llaman dizque reaccionar. Una reacción virtual es todo menos una reacción.

Los amores del presente son cobardes. Echo de menos la época de la valentía: buscar el teléfono en el directorio, la felicidad de encontrarlo, después, grabar la canción en una grabadora, llamar, oír su voz y poner la bocina en el bafle para que ella escuche, colgar y esperar.

Aguardar a que la divina providencia hiciera su trabajo.

Insistir: escribir una carta de amor, a mano, con dibujos, meterla en un sobre, y de nuevo, esperar, esperar y esperar.

Tuve que morderme la ansiedad por horas, días, con la carta escrita, guardada bajo mi colchón, hasta encontrar el momento perfecto en el que pudiera deslizar mi mensaje romántico por debajo de la puerta y luego, esperar, esperar y esperar; investigar si la había leído, si le había gustado.

Tener la fortaleza para soportar aquel: Imaginate que a Manuela le llegó una carta toda bonita, la leyó con Juanito y se cagaron de risa.

Eso es valentía. Llorar en silencio, morder la almohada de frustración por un amor que nunca llegará.

Llamar a una emisora a pedir canciones y dedicarlas.

Lo de ahora es una pantomima: te sigo, te doy likes , te escribo, chateamos, hacemos videollamada y sanseacabó.

Luego, cuando terminan, borran las fotos de las redes y pretenden que aquel amor nunca fue.

Me niego a vivir este presente que les devoró su humanidad y les cambió la vida real por la inmediatez.

Este presente ansioso no soporta esperar.

Yo esperé treinta años para extirpar esta historia desde adentro.

Hoy lloro escribiendo cicatrices de un pasado que no perdona, como canta Blades.

Lo haré mientras pueda, sollozar la memoria.

Nostalgia por la vida y miedo al olvido.

Cada que los recuerdos vienen, los abrazo, los aprieto fuerte.

El dolor es amar un lugar que ya no existe.

La editora me dirá que este capítulo hay que eliminarlo, que nos quitará lectores.

No importa, hagamos la purga. Los lectores de ahora no soportan un libro con más de doscientas cuartillas y lo primero que preguntan es: ¿Cuántas páginas tiene?

¿Es muy largo? Perezosos. ¿Acaso eso importa?

Como dice Alejandro Dolina, no quieren leer sino haber leído.

Se enredan con los diferentes narradores y con los juegos de tiempo, por eso les tienen pánico a García Márquez, a Woolf, a Carpentier, a Borges, a Muñoz Molina, a Lispector.

Esos no son mis lectores, le responderé a la editora.

A este presente le da migraña leer una novela con más de tres personajes.

Mis lectores tendrán que aguantar un libro lleno de gente, un barrio entero, y los que no, que continúen leyendo esas novelas de dos personajes y un gato, pensadas para adaptaciones al cine, porque en el septimo arte cada actor vale y una película con pocos actores es más barata.

Escritores mercachifles para lectores mercachifles.

Esta novela tendrá más personajes que lectores.

Serán pocos los que podrán aguantar la perorata de este libro malo, medio largo y con prosa enredada.