Primavera El segundo tiempo #11
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El segundo tiempo #11

Acarició a Canela, caminó una cuadra y entró al Hueco, atravesó con cuidado las dos tablas que hacían de puente en la quebrada, subió la manga por unas escaleras de concreto hasta llegar a la iglesia, pasó al frente de la Unidad Intermedia, que por aquellos días era territorio neutral, cruzó El plan y comenzó a pasear en zona prohibida para los habitantes de Primavera.

Agúzate, que te están velando, pero yo no me escondo del diablo, porque yo soy buena gente.

Confiado en su buena suerte, en que su familia había recibido muchas veces a Bobby y a Richie en noches de fiesta, pero, sobre todo, impulsado por la energía del amor, del deseo, del ardor interior de lo prohibido, visitaba terreno enemigo.

Era una polilla volando hacía la luz. Muchos lo vieron y nadie le advirtió.

Fue diferente a esas historias en las que dicen que llevaba cara de muerte, que se le dijo muchas veces o que tenía otras invitaciones.

No, nada de eso. Guri Guri iba sonriente, relajado, sintiéndose un dandi, irresistible a los ojos y a los oídos de las mujeres, y la muerte es mujer.

Mirá el traído, le indicó Bobby a Richie.

Los dos estaban acuclillados, con las manos descansando en las rodillas, en un balconcito del que se podía ver hacia la calle, pero no era posible ver hacia adentro, por eso ellos lo tomaron como su oficina y faro en tiempos de guerra.

No, parce, ese pelao es nieto de doña Celia, dejémoslo sano.

Cuál sano, gonorrea, le respondió Bobby.

Es de Primavera y nosotros dijimos que nadie de allá puede pasar pa’cá y nadie de acá puede ir pa’llá.

Richie, después de decirle Calmao, espere yo hablo con él, se paró y caminó hacia Rubén.

Guri Guri tocó la puerta de Paula y esperó.

Escuchó la voz de Richie y tal vez sintió un frío en el estómago, tal vez no sintió nada, volteó quizás esperando el tiro o quizás no esperando nada.

Parce, usted qué hace por acá, mire que esto está muy caliente.

Vine a marcar, respondió mi amigo. Pues mejor que se pierda de aquí, que está marcando calavera, usted es de Primavera y ya sabe cómo es la vuelta, le ordenó Richie.

Guri Guri se sintió con confianza por lo vivido con ellos en tiempos pasados, porque ellos muchas noches habían dormido en la casa de sus tías, habían abierto la nevera, tomado de la misma jarra, se habían emborrachado tomando a pico de botella, entonces le aclaró: Parce, yo no tengo nada que ver en eso, yo ni hablo con Juanito, ni con Pedro, yo solo vengo a marcar.

Paula apareció en la puerta. Richie hizo una mueca de fastidio e impotencia, sacó la lengua para un lado y se la mordió como hacía cuando estaba nervioso o concentrado.

Las cosas se le estaban saliendo de las manos, no quería más problemas, ya tenía suficiente remordimiento por lo de Fruco en silla de ruedas.

Además, estaba cansado de vivir alerta, azarado, ansioso, de sentir el aliento de la muerte al despertar y al dormir, de soñar que lo mataban, de no poder sentarse a fumar un bareto tranquilo; aburrido de escuchar la cantaleta de su mamá, de las miradas del barrio que le echaban la culpa del duelo colectivo, agotado de sostener la mala energía como un bulto pesado en su espalda, y en especial, de tener que controlar a Bobby y sus arranques de cólera, que eran los culpables de esta situación en la que estaban desde que Pedro mató al Ratón.

Solo quería que Guri Guri se fuera para su barrio y no tener que ser cómplice de la muerte de nadie más.

Una luz de esperanza le brilló en la pupila y tomó la decisión de irse a vivir con una tía en Robledo y comenzar otra vida, era bueno para la música, quería tocar el piano, pero lo primero que tenía que hacer era salir de Bobby.

Su amistad se había convertido en un problema.

En eso pensaba cuando un aire caliente le vino desde atrás: era su amigo, Bobby, impulsado por un viento rencoroso guardado desde el entierro de su tío.

Tal vez Guri Guri alcanzó a cerrar los ojos cuando vio venir a su asesino de frente, tal vez pensó que no debía estar ahí, tal vez su corta vida de quince años le pasó por la mente: imágenes de una infancia sin padre, de una adolescencia fecunda, de goles, de amores, de bailes, de llantos por un pollito muerto; tal vez nada de eso pasó, no hay forma de saberlo.

Lo que sí se supo es que mi amigo cayó en la acera de la casa de su novia con un hueco en la frente y dos en las costillas.

Paula gritó. Bobby la silenció en secó con un: ¡chist, maricona!

Richie, resignado, dio media vuelta y salió caminando rápido, perturbado, seguido por su amigo, el asesino que excusaba su demencia: Estamos en guerra, parcero.

Huye, que te están cazando, agúzate, que te están velando…

La mamá de Paula salió a consolar a su hija, que lloraba encima de mi amigo, el olor a Lapidus se mezcló con el olor a sangre y a pólvora, la novia le cerró los ojos a mi parcero, ojos que no verían al hijo que esperaba Catalina, que dejaron a una madre sola y que nunca pudieron ver al Medellín campeón.

Por eso yo, en el 2002, cuando terminó el partido en Pasto y el Deportivo Independiente Medellín logró su tercera estrella después de cuarenta y cinco años, pensé en Rubén, en Jose y en tantos otros que no levantaron el trofeo.

Entonces, viendo a la ciudad desde mi balcón, levanté una copa de aguardiente y brindé: Por vos, parcero, salud, por vos, que me ayudaste a dar mi primer beso, que jugaste, peleaste y lloraste conmigo cuando se nos murió el pollo, que moriste por estupidez, el motivo más común, y por amor, la excusa más loable para irse de este mundo. Salud, amigo mío.