Primavera El segundo tiempo #10
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El segundo tiempo #10

Juanito, atragantado de rabia y pepas, subió hasta el billar y, sin pedir permiso, sin asco y vergüenza alguna, le puso tres tiros en la cabeza a La Chilindrina, que estaba jugando cartas con unos amigos.

Después de dejar a su víctima con las cartas en la mano y sentada en una silla Rimax chorreando sangre, Juanito se metió la pistola en la pantaloneta y salió caminando sin afán, despacio: quería que todos supieran que había sido él, que había dejado el mensaje claro.

Pudo haber escrito una nota y tirarla por debajo de la puerta de la casa de Bobby: «Si sigue así, mato a su tío», «Hagámonos pasito», «Me hace el favor y me paga el carro y me pide disculpas por lo de Fruco, gonorrea hijueputa» o «Dejemos esto así, que nos vamos a terminar matando».

No. Para Juanito, el poder se obtenía repartiendo miedo, así lo habían criado, con insultos y a lo maldita sea; en su imaginario, la autoridad se exigía mostrando los dientes como los perros bravos, así se lo había hecho sentir su papá desde niño al son de la correa.

Decidió dar un golpe de fuerza y opinión.

Matar a un familiar de su enemigo que no tenía nada que ver en el conflicto era un mensaje escrito con sangre: Yo mando, y el que se meta conmigo la paga o la paga la familia.

Bobby se negó a entender las razones; su respuesta marcó un antes y un después para la vida de mis amigos y de Primavera.

«Siento una voz que me dice: agúzate, que te están velando».

El día en que lo iban a matar, Guri Guri se puso una camiseta blanca que decía YOU, un jean que resaltaba la doble costura, se roció Lapidus en el cuello, detrás de las orejas y en el pecho, y quedó con un aroma amaderado, una leve fragancia a piña, miel y tabaco que le daba un toque adulto del que carecía su epidermis quinceañera.

Se despidió de Ana, su mamá, miró por entre las celosías hacia las casas de Catalina y Juliana, sus dos mujeres, a ver si podía salir tranquilo rumbo al nuevo amor.

Paula C. era una jovencita que había conocido en un paseo del colegio al Jardín Botánico.

La vio sentada en la manguita, hablaba con las amigas y jugaba con las puntas del pelo.

Quedó fascinado. Se acercó, le pidió el teléfono con las palabras precisas, el tono perfecto y descubrió que ella vivía cerca de Primavera, por Las Mellizas.

Para llegar allá había que pasar por la 50.

Inició una rutina de visitas a escondidas.

Yo fui el cómplice envidioso, para que Catalina y Juliana no se enteraran.

El trabajo de celestino terminó cuando pasó lo de su mamá.

Nunca hizo el reclamo, pero la culpa me alejó avergonzado.

Lamenté mucho no ayudarlo más con sus exigentes estrategias de Casanova, pues Catalina y Juliana vivían diagonales la una a la otra.

Las dos se derretían por él, se peinaban para él, se hacían trenzas para él, se arreglaban y peleaban por él, como en aquella noche del bingo bailable en la que se me vinieron los mocos bailando con Manuela, pues, allí también, Juliana le dio en los mocos a Catalina con un gancho de boxeo al mejor estilo de Pambelé.

Este triángulo de los calzones, como lo llamó La Chiva, había comenzado tiempo atrás.

A Catalina, a pesar de tener mentalmente cinco estratos más que nosotros, le encantaba Rubén, que era más pobre que ella.

Un sapo con lengua larga y una princesa sin castillo.

Primavera decía que ella era virgen de labios la vez se besaron jugando pico botella.

A veces ella estaba en la tienda y Guri Guri compraba una chocolatina Jet a modo de juego, ella se la entregaba con una sonrisa coqueta y él se la devolvía sonriente como un regalo.

No hubo terraza, escala, solar, baile y garaje en el que no se besaran.

Muchas veces era yo el que hacía de campanero y, para no morirme de la envidia, fantaseaba con Manuela, imaginaba que éramos nosotros los que estábamos escondidos besándonos en el maravilloso mundo del bluyineo, actividad que consiste en frotarse la pelvis mutuamente, dando rienda suelta a una excitación que deja a las mujeres con incomodidad en los ovarios y con el básico dolor testicular a los hombres.

Aquel juego oculto a voces se vio amenazado el día que apareció Juliana, quien, a pesar de tener una cara ausente de simpatía, se las ingenió para llamar la atención de Guri Guri y un día, en medio de una canción, hizo lo que yo no pude con Manuela, se lo parchó, lo besó, le chupo trompa.

Así lo confesaba ella misma: Nos parchamos, ¡me lo chupé!

Lo decía con lascivia juvenil y con la intención de que el chisme llegara a los oídos de Catalina.

El rumor pasó de boca a oreja y de oreja a boca.

La desdichada infanta al enterarse se acostó en la cama a sollozar y rompió en pedazos el álbum de chocolatinas que estaba llenando para regalárselo a Rubén el Día del Amor y la Amistad.

Por eso, la noche en la que manché mis tenis, cuando Guri Guri estaba bailando con La gorda, la infanta Catalina poseida por los celos, pasó por un lado y echó gasolina en la hoguera: Aunque la gorda se vista de seda, gorda se queda, y siguió de largo.

Juliana, aludida, paró en seco su baile y con la mano derecha le agarró el pelo a Catalina: ¿Qué es lo que estás diciendo, maldita bizca?

Catalina se fue para atrás debido al jalón y antes de caer alcanzó a agarrarse de un mechón de pelo de Juliana quien no se movió, debido a una contextura cultivada a base de carbohidratos y grasas saturadas.

Le quedó la cara de Catalina dispuesta para el golpe final, le acertó un puño en la nariz que le reventó un cornete y la dejó en el piso sangrando por la herida.

Ahora no solo quedaste bizca, sino ñata, ¡maricona!

, concluyó La Gorda. Impactado por la pelea y un poco compadecido de ellas, lo que yo sentía era envidia de Guri Guri por tener mujeres que se pelearan por él, que fueran capaces de olvidar su dignidad y darlo todo para llamar su atención.

Soñaba con ser el objeto del deseo. Manuela nunca peleó por mí.

Las únicas peleas que yo provocaba eran cuando jugaba pico botella y la punta del envase caía en el medio de La Pecosa y La Negra: Béselo usted; No, lo tiene que besar usted; No, mija, la botella quedó más cerca de usted, ¡Béselo!

Entonces, buscando la paz, yo le cedía el turno de tirar la botella a otro participante.

En eso pensaba cuando en medio de la fiesta los otros corrieron raudos a socorrer a la sangrante Catalina.

Juanito, con insultos y regaños, actuando como un padre con una hija, agarró de la mano a La Gorda y la entró a su casa.

Sandra, la mamá de Manuela, mi suegra imaginaria, apareció con unos hielos envueltos en un trapo que recibió Catalina avergonzada, antes de salir guindada del brazo de Fruco.

Ana regañó a Guri Guri por dárselas de don Juan y le reclamó: Ahora sí se pasó de la raya, vea cómo juega con esas muchachas, no me hable que estoy muy brava, Rubén, eso le pasa por perro, que no me toque, y se entró un rato para la cocina.

Diez minutos y dos aguardientes después, estaba abrazando a su hijo: Mi Rubencito lindo, mi papi, no se meta con esa gorda, que ella me lo mata, mi papi es muy lindo, por eso me lo persiguen tanto, él no tiene la culpa, son ellas las que lo buscan, él es hombre, y abrazo va, abrazo viene, trago va, trago viene, y ¡que siga la fiesta!

Rubén salió a la acera, echó un vistazo en redondo a ver si había Catalinas o Julianas en la costa y, como no las encontró, se puso los audífonos del walkman que le había traído el Niño Dios, la diadema un poquito más levantada para que no le dañara el corte de la plancha, le dio play al casete: yo pasaría de tonto si no supiera que uno tiene que estar mosca por donde quiera, y emprendió rumbo a su destino con el anhelo de los cálidos brazos de Paula; lo que iba a encontrar sería el abrazo gélido e irremediable de las fronteras invisibles.

Otro invento de la estulticia humana, de esta raza que disfruta matándose a sí misma, de este país que ve la amenaza como la solución ulterior y la muerte como la salida definitiva.