Primavera El segundo tiempo #9
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El segundo tiempo #9

Guri Guri conversaba con La Gorda, después se perdía un rato para visitar a Catalina y yo me quedaba entreteniendo a su chica con mis inseguros pasos de baile.

La Chiva y yo trovamos un rato y logramos fervientes aplausos al burlarnos sin piedad de los defectos de muchos habitantes de Primavera.

Tomar alcohol hacía que perdiera la timidez y me dejaba fluir unos versos fascinantes, producto de la liberación del occipital.

Aunque tomábamos al mismo ritmo, La Chiva no perdía el dominio del habla, el equilibrio y la compostura.

El tío de Willy, Jerry, un hombre mayor que nosotros, se perdía por ratos con él y regresaban frescos, sin asomo de alicoramiento.

Ustedes dónde estaban. Por allí haciendo una vuelta, respondía mi amigo con cara de no pregunte.

Me habría quedado bailando con La Gorda en lugar de ir a donde nadie me había llamado.

Ellos bajaron por las escaleras en dirección a la quebrada.

Los seguí. Buscando la oscuridad se hicieron detrás de un muro de ladrillo.

Los vi y regresé a la fiesta perturbado.

No sabía qué hacer: si contarles a todos o quedarme callado.

Le conté a Beni y confesó sin sorpresa que eso era cuento viejo. Con razón dura tanto bebiendo, pensé.

Tímido, invité a bailar a Manuela. Me ofrecieron un trago.

Los ojos de ella y el ínfimo logro de beber y bailar sin perder el paso me hicieron olvidar por un momento lo que había visto entre mi amigo y Jerry.

Pero la noche tenía más sorpresas para mí: No la zarandee mucho, Porkis, gritó Sandra mientras repartía carne en una bandeja.

Santarrosa seguía sonando: Quien te está hablando se rindió, perdió todas sus fuerzas.

Manuela sonrió. Ni que estuviera embarazada, le respondió a Ana con sarcasmo.

Se rieron. Me vi en la mitad de una comedia en la que no entendía el chiste.

La mujer de mis pesadillas amorosas estaba embarazada de otro, al parecer, y yo era el único ignorante; mi mejor amigo consumía perico y yo tampoco sabía.

En efecto, en aquel micromundo solo era un bufón requerido para la recocha, pero en los temas importantes, en lo íntimo, en las complicidades personales no tenía participación.

Sentí que tenía cinco años, que era minúsculo, que no estaba a la par de los amigos de mi edad.

Siempre me pasé la vida tratando de encajar, de pertenecer, de hacer parte de algo y esa noche no era parte de nada, como un extranjero en mi propio mundo.

Entonces, buscando reconocimiento y aceptación, vino la debacle: Quién es capaz de tomarse este vaso llenó de brandy, preguntó Willy en broma.

¡Yo! Sin darles tiempo de nada me tragué el contenido del vaso metálico completo.

No supe más. Pantalla en negro . Si acaso te ofendí perdón, si acaso te fallé perdón, pero ya no aguanto esta situación…

Me dijeron que seguí bailando un rato, que incluso bailé muy bien…

merengue, salsa, porro y vallenato; que me puse pesado con Óscar y casi lo tumbo de la silla, que le dije a Manuela que la quería pero que ella no me daba ni la hora porque yo no tenía plata, que era una interesada a la que solo le gustaban los pillos porque tenían moto y que como yo era un peladito juicioso no llegaba a su nivel, que ella me miraba como: a este bobo qué le pasó.

Que en esas se metió Juanito y lo insulté, que le dije: Pirobo, venite pues y nos damos duro, que me burlé de su físico, que lo desafié, que sacó la pistola y me apuntó, que todos se asustaron, que me iba a matar.

No lo dejaron, le decían que yo estaba borracho y que no me parara bolas, pero que yo no ayudaba y les decía con cara de poseído: Déjenlo, que se venga a ver si es tan bravo esta gonorrea.

Gracias a Dios ellos no lo dejaron que se me fuera.

Manuela lo llevó para una pieza y Beni me pegó cachetadas a ver si reaccionaba: Calmate pues, marica.

Dijeron que me puse a llorar la borrachera en un rincón y con lágrimas le pedí perico a Jerry.

La Chiva dijo que yo estaba hablando mucha mierda.

Me dejaron ahí sentado en un banquito de madera hasta que el cansancio me ganó, y ellos, como pudieron, acostaron mi pobre humanidad agobiada y doliente en la cama de alguien, en la que desperté al otro día con la boca seca.

Y esta noche en Carnegie Hall vine a pedir perdón.

«Se ha escapado un angelito. Miren donde va, volando se ha ido aquel viejo amigo, a la Virgen fue a adorar».

Vos para qué guardás esos cuadernos del colegio, le pregunta ella.

El narrador los conserva en una caja de cartón que tiene con cinta distinta por cada trasteo.

Una vez al año mete la mano en el hueco donde los tiene.

Huelen a viejo. Les quita con cuidado los bichos aplastados entre las hojas, acaricia las portadas, pasa el papel suavecito, con cuidado, como si fueran una primera edición de Cien años de soledad .

Cuando empieza a estornudar va por el tapabocas y pone música como una señal de no molestar.

Ella pasa, mira y sonríe por verlo como un niño en cuerpo de adulto, con esos cuadernos viejos y acabados.

Se ha escapado un angelito, mira donde va, volando se ha ido …

Reniega; a un cuaderno se le está cayendo la portada.

Revisa anotaciones, se burla de su letra, a veces es muy organizada, tienen los títulos en rojo y el desarrollo en azul, identifica el estado de ánimo por el tipo de letra.

Le fascinaba estrenar cuadernos. La sensación, el aroma, ver las hojas vírgenes, pasarles los dedos por encima y sentir la textura lisa, casi prístina, es la misma que tiene al abrir un libro nuevo.

Mi mente no captaba el porqué de esa visión…

Saluda a los profesores del bachillerato.

Hace como si hablara con ellos: Onel, cómo eras de jodón, pero te gané la materia...

Irene, querida, qué te ibas a imaginar que iba a dedicarme a escribir…

Rigoberto, orejón, Dumbo, viejo sindicalista, mirá que sí me pude graduar, ¡en tu cara!

Y así les va dando una repasada a las clases, a los profesores, a la educación que le tocó.

Ve los ejercicios de matemáticas, trigonometría, física y química y no tiene idea de cómo los hizo.

Ahí está el cinco en letra roja. La llama a ella para mostrarle que era inteligente y la vida lo volvió bruto.

Ella mira con complacencia y se va, le interesa, pero no la emociona; esto de ver los cuadernos del colegio es una práctica pasada de moda.

Un plan nostálgico. A ella le gusta el presente.

De pronto, el narrador ve una frase escrita en el cuaderno de Sociales que dice «No hay nadie en mi pupitre, 1997».

Le cae de golpe un recuerdo escondido en el rincón del desorden de la memoria.

Aterido suspira. Ella no se da cuenta. Cierra el cuaderno con un golpe seco, el polvo del pasado sale y se pierde en el presente.

Nadie se atreva a llorar, dejen que ría en silencio…

***

Cuando volvía del baño él estaba sentado en mi pupitre.

Parate pues, que esa es mi silla, ome, le decía.

El que se fue para Barranquilla perdió su silla, y miraba para otro lado haciéndose el de las gafas.

Cuál Barranquilla, ome bobo, estaba en el baño.

No se inmutaba. Al contrario, se burlaba y seguía sentado como si nada.

Me daba una furia loca, me ponía rojo y lo empujaba.

La gordura lo favorecía. Parate pues, ome.

Los ojos del salón se clavaban en nosotros.

La profesora agitada me obligaba a sentarme en otra silla, adelante, al frente de ella, donde se sentaban los sapos, los lambones y los miopes.

Él se reía y hacía muecas. Yo le hacía la señal de los dedos en forma de círculo en la nariz y movía los labios sin emitir sonido: Pi-ro-bo.

A partir de ahí me la pasaba mirando para atrás, esperando a que en cualquier momento se levantara.

Le va a dar tortícolis al caballerito, decía la maestra.

Entonces el ladrón de mi puesto aprovechaba para decir: Es que está enamorado de mí, profe, hay que entenderlo.

La carcajada grupal producía una onda tan fuerte que movía la cartelera de los cumpleaños que estaba colgada en la pared blanca del salón.

Mi esperanza era que le dieran ganas de ir al baño.

Pero él no tenía vejiga, se quedaba ahí sembrado, riéndose, y preguntaba: ¿Usted qué hace sentado por allá tan lejos?

Derrotado metía mi cara de furia en los cuadernos.

Eso pasó muchas veces. Lo hacía solo para joderme la vida, como lo hacen los amigos.

A la salida de clase agarrábamos para la casa juntos, como siempre, después de jodernos la vida, como lo hacen los amigos.

Un día te pasaste de un barrio a otro sin permiso. Final del juego. No volviste a quitarme la silla.

«Fue criado como los demás con mano dura con severidad, nunca opinó».

La Chilindrina era un travesti de la 50.

Se llamaba Simón y bailaba porros con elegancia: daba vueltas como si fuera un trompo suspendido en el aire, hacía el enlace, las quintas y el ocho perfectos.

En los bailes, el público le hacía corrillo para verlo zarandear a las mujeres sin mirar el piso, con su espalda recta y los ojos al horizonte.

Tenía una peluquería, era el marica más conocido y respetado del barrio por su personalidad, carisma y, a veces, por ser el tío de Bobby.