El segundo tiempo #8
Nosotros teníamos buen equipo gracias a que yo era suplente.
Mi talento para el fútbol era de estrategia.
El plan consistía en quedarme en el banco y entrar si alguien se lesionaba o si había que repartir guayo; la brusquedad es el recurso de los torpes.
Además, yo era un tronco optimista y hambriento, me hacía adelante para comerme los goles, hacía un chiste y perdonaban mi pésimo dominio del balón.
Era el hijo bobo del equipo, o mejor, el hijo neurodiverso, aquel jugador que todos saben que no hará nada, pero hay que tenerlo ahí, era la cuota de inclusión.
Un tronco mimado que todavía treinta años después siente vergüenza de lo que hacía a los doce años y aún no jugaba en La Fania.
Lo sacaban: rompía el carnet en la cara del técnico y salía para la casa renegando.
Después de la pataleta, como su primo era el DT, le hacía un nuevo carnet para el siguiente partido.
Aquel inmaduro espectáculo lo hizo más de tres veces.
Eso era antes; en La Fania, el papá de Manuela no permitía esas niñerías.
Yo era un comodín y el equipo era de jugadores más grandes.
Fueron incluyendo a los jóvenes por aquello del cambio generacional.
Mi participación estratégica era burlarme de los jugadores de los otros equipos para desconcentrarlos: Corre más una loca en chanclas; Caele, que ese es un tronco para hacer unos muebles; Le dicen escombro: donde lo pongan estorba; Le dicen abeja: un pique y se muere; no pelea una herencia, Dale, dale, que ese defensa tiene barriga Pantene, mucha panza y poco pene.
Los rivales, ofendidos, aprovechaban cualquier oportunidad para tirarme balonazos y, cuando no me daban, comenzábamos a gritar: ¡Tiene rabia, va a llorar!
¡Tiene rabia, va a llorar! La mayoría no tenía la fuerza emocional para lidiar con el matoneo, entonces se hacía expulsar por una patada de impotencia.
Eso sí, muchas veces me cantaron los goles en la cara: ¡Golazooo, maricón, para que sigás hablando mierdaaa!
, gritaban apretando el puño. En ese momento no sabía qué responder.
Horas después llegaba a mi mente la respuesta.
Con el tiempo he tratado en vano de disminuir esa lentitud de mi cerebro.
El rival de La Fania en la semifinal se llamaba Tico.
Un buen equipo conformado por adultos y uno que otro joven; la falta de energía se equilibraba con experiencia.
El partido empezó caliente: uno de Tico le pegó una patada a Guri Guri.
Salomé cuchicheó que era un carrito, un mandadero de la 50.
A pesar de la frescura que soplaba el viento de sábado en la tarde, hacía calor.
Gritos, patadas, túneles, gambetas. Los de Tico hicieron un gol en el primer tiempo.
En el descanso, el técnico, el papá de Manuela, daba instrucciones, La Chiva tomaba agua de las bolsas que Oscar tenía guardadas en la silla de ruedas, Juliana les ordenaba que cayeran más duro, Beni tomaba Moresco relajado, Manuela le secaba el sudor a Juanito, le pasaba la toalla y le servía el manchatripas de la jarra, yo moría de envidia mientras calentaba.
Un suplente debe estar a punto por si lo requieren para salvar el partido.
Todos discutían la táctica: que había que mejorar, que pasamela más rápido, que no te engolosinés con el balón, que ojo con ese zurdo de la punta derecha, que pilas con los remates desde lejos, que cuidado con subirnos y dejar al arquero solo, que vamos con toda, que esto se gana, que metámosle güevas pues.
Arrancó el segundo tiempo. Tensión, nerviosismo.
La Fania jugaba mal, desconcentrada, un balón pegó en el palo, el reemplazo de Fruco tapó dos bolas que iban para gol, yo gritaba cosas a ver si los sacaba del partido, pero nada, los de Tico estaban enfocados.
De pronto, una ambulancia llegó al hospital y pararon el juego, bajaron a un herido, como buenos noveleros corrimos a ver quién era, pero no era conocido: Yo creo que llegó muerto, comentó alguien; Esos huecos eran de changón, concluyó otro.
Cuando la ambulancia se fue, continuó el juego, y como si les hubieran inyectado la sangre del herido, La Fania se montó en el partido buscando el empate.
Íbamos por la épica. Faltaban diez minutos para que se acabara cuando Guri Guri le pasó el balón a La Chiva: se sacó a uno, se sacó al otro y le lanzó una bola larga a Beni.
Entre los gritos de ánimo y desespero de nosotros, con tranquilidad pasmosa Willy paró la pelota con el pie izquierdo, remató al arco y el balón le pegó al arquero en la mano. ¡Penal, penal, penal!
El empate no fue suficiente. La Fania seguía encima con vehemencia.
Un jugador le dio un cariño en forma de patada a Guri Guri.
Pidió cambió para que le pusieran hielo.
Me miraron todos. Por fin entré a jugar con la actitud propia de los calidosos para el fútbol: echándome la bendición, saltando, estirando los pies y moviendo el cuello a lado y lado.
Soñaba con hacer el gol del triunfo. En el primer balón, un jugador me empujó y cuando caí al piso se levantaron las risas de los hinchas, los jugadores, el árbitro, los médicos, las enfermeras, el conductor de la ambulancia y hasta el muerto.
Fue el desquite del gordito de la barriga Pantene.
El partido era a otro precio. Necesitaba enfocarme en el juego, en la victoria.
Yo tenía un buen remate, si veía la oportunidad le pegaría al arco y golazo.
Alzarían mi cuerpo en hombros por toda la cancha, sería el héroe de Primavera, Pelé en el 70, Maradona en el 86, Porkis en el 97.
Fue entonces cuando Manuela me gritó: ¡Porkis con toda!
Eso me descuadró, me puse a fantasear con ella, con sus ojos, su pelo, que al final del partido me diera Moresco y me pasara la toalla.
Pero no, lo que pasó fue que la bola de grasa del otro equipo me hizo un túnel dejándome en ridículo delante de mi hinchada, y como iba solo para el arco, no vi otra opción: le hice zancadilla y la tonelada cayó al piso, tembló la calle, y después temblé yo cuando vi venir a sus compañeros a pegarme, mi equipo me defendió, se armó una trifulca, se metió gente del público, puños van, puños vienen, gritos, insultos.
Me golpearon la cabeza, me mancaron el muslo, alguien me rozó la nariz y comencé a botar sangre.
Expulsado salí mirando al cielo para detener la hemorragia.
Ana, la mamá de Rubén, me pasó un trapo y sentado en mi vergüenza vi los cinco minutos que faltaban.
Por lo menos evité un gol y aporté espectáculo al juego, les decía; Yo trabajo para la tribuna.
Manuela se acercó para darme ánimos: Ay, Porkis, usted cómo es de malo.
Eso dolió más que los golpes. Dos minutos más tarde, La Chiva cumpliría el sueño que el destino tenía escrito para mí: recibió el balón y desde lejos hizo un tiro rastrero que entró por una esquinita del pequeño arco de los Ticos.
Ganamos el partido dos a uno. La Chiva fue cargado en hombros: Pelé en el 70, Maradona en el 86, La Chiva en el 97.
Pasamos a una final que nunca hubo, pues al día siguiente, en la otra semifinal, mataron a un jugador en pleno partido.
La celebración fue en el solar de la casa de Las Abuelas.
Después del partido me bañé y lavé las heridas del cuerpo; las del orgullo siguieron mugrosas.
Mi autoestima aumentó un poco al verme al espejo con la camisa de seda fría vinotinto que me había comprado mi mamá después de mucho rogarle y con el corte de plancha que me había hecho Pastora, la peluquera.
Salí de la casa rumbo a la celebración con la expectativa de mostrar mis nuevas dotes de bailarín aprendidas con Salomé.
***
Confundido sin rumbo fijo, voy caminando, oh, oh…
Nooo, Porkis, relájese, mueva la nalga, deje quietas las rodillas, el hombre es el que lleva a la mujer, ojo pues, mijo, una mano en la cintura y con la otra le agarra la mano a ella, con cada movida es como una orden para ella del paso que sigue, ¡no mire al piso!
Mire al frente, déjese llevar. Noo, pilas, mueva ese culo pues, pero tampoco tanto, eso, por ahí, deje la payasada…
Se ha marchado, no me ha dejado más que recuerdos de amor, que no logró olvidar...
Un, dos, tres, un, dos, tres, uno de nuevo, otra vez, no me pise, cuidado, escuche la música, tranquilo, mire al frente, no haga muecas, empecemos de nuevo, un, dos, tres, un, dos tres.
Ja, ja, ja. Porkis, usted es un caso perdido, consiga plata o tenga verbo, mijo, porque una mujer no le va a parar bolas si no sabe bailar, se burlaba Salomé mientras yo me sentaba en un taburete, decepcionado por mi mediocre motricidad, agotado y, como la canción, confundido…
***
En aquel tiempo estaba en furor el Brandy Domecq, así que juntamos nuestro exiguo presupuesto en una vaca y dio para una botella.
Ana era la encargada del asado. El equipo de sonido tenía una bandeja para cinco cds que el papá de Manuela presumía porque hasta ese momento solo habíamos visto uno de tres.
Era mágico ver cómo salía la bandeja del interior del aparato girando sobre su propio eje: poníamos el CD , apretábamos la tecla eject y se metía solita de nuevo al interior del equipo.
Muchas veces le dábamos eject y eject y eject , solo para ver la bandeja entrar y salir.
Alguien trajo un CD del concierto en vivo de Gilberto Santa Rosa en el Carnegie Hall y le dio play a «Perdóname», una canción larga que canta de memoria una generación entera.