Primavera El segundo tiempo #7
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El segundo tiempo #7

Gracias al disparo, Fruco podía ir gratis al estadio.

A las personas en sillas de ruedas no les cobraban la boleta y entraban por un lugar especial.

Lo malo fue que nos quedamos sin arquero, que nos tocaba levantarlo para subir las escaleras de su casa y que cambió de colegio porque ya no podía montar en bus.

Catalina lo empujó las primeras veces y luego no pudo ni quiso hacerlo más.

Don Andrés gastó los ahorros en la recuperación y la compra de la silla, lo llevó en contadas ocasiones al colegio porque no podía dejar mucho tiempo la tienda sola.

Verlo empujar con esfuerzo la silla de su hijo era desconsolador, una representación del trágico destino de una época caótica en la que el futuro era incierto: Por lo menos está vivo, le decía Primavera a modo de consuelo.

Fruco, deprimido, con el cuerpo maltrecho, lamentaba su mala suerte y sentía lástima de sí mismo al verse vulnerado y dependiente de que alguien lo montara a un carro, lo ayudara a subir una acera; quién le iba a dar trabajo, quién lo iba a querer, a desear, a besar, a amar; no volvería a jugar fútbol, a saltar, a correr, a jugar chucha, yeimis, ni cero contra pulsero, ni stop , ni nada que tuviera movimiento.

Aquella maraña de emociones sin tramitar se sumaba al trato lastimero que tenía el barrio con él y su papá.

Un día decidió ir por su cuenta y empujarse a sí mismo hasta que le salieron callos.

Pronto se cansó de subir lomas en una silla, de tener que pedir el favor para cualquier movimiento, de la crueldad de los compañeros del colegio, de caerse cuando perdía el control en las bajadas y terminar en una acera, contra un carro, un poste, a merced de la ayuda de quien viera el choque, se conmoviera, le ayudara a levantarse, le acomodara la silla y lo aupara para subirse a ella de nuevo; entonces se retiró del colegio.

Don Andrés, sumido en la resignación, se despojó de toda expectativa próspera sobre sus hijos, quería verlos convertidos en ingenieros, doctores o empresarios; sin embargo, aquella bala no solo destrozó la columna vertebral de Fruco, sino el ánimo familiar, pues Catalina, además, víctima del amor y las circunstancias, encontraría en la sorpresa azarosa del pañal la certeza de que no era tan distinta a las realidades de un barrio por el que siempre se había sentido superior.

Don Andrés compró un puesto de chance, lo puso al lado de la puerta de la tienda y Fruco se convirtió en el chancero oficial de Primavera.

Muchas fueron las noches que pasamos al lado de Óscar mientras le vendía la suerte al barrio.

Con él aprendí que los números viejos eran los que no caían hacía mucho, conocí la cuña, el combinado y los números vetados, que eran aquellos que salían en un pescado y los pescadores regaban la noticia; entonces las agencias de apuestas los prohibían en razón de la buena fortuna de los apostadores.

Lo mismo pasaba con las muertes de los famosos: no se podía jugar con las fechas de los asesinatos de Luis Carlos Galán ni de Andrés Escobar, tampoco eran permitidas la del empate contra Alemania en el mundial de Italia 90, ni la del cinco a cero de Colombia contra Argentina en las eliminatorias para USA 94.

Con Óscar, aprendí a jugar chance y gané dos veces.

Pero lo mejor era que su puesto gozaba de una ubicación estratégica para el chisme y lo que hoy llaman el watching people , que antes era ver gente, en especial a la people que me interesaba.

Todos los días miraba pasar a Manuela rumbo a su casa o entrar a la casa de Salomé.

Me deleitaba verla llegar a la tienda, con su camisa del colegio y sus botones sueltos que le dejaban ver un poquito de esa piel inalcanzable para mí.

Los chores grises resaltaban esas piernas soberbias, esas dos enormes columnas de palacio romano que me dejaban en llamas, izando la bandera de la entrepierna.

Para controlarme pensaba en los exámenes del colegio y cruzaba las piernas.

No servía de nada pues el mundo conocía mi debilidad.

Los ojos no pueden ocultar lo que el corazón palpita, sí, así de patético sonaba y así de cursi me veía enamorado de la inalcanzable.

Una noche de vergüenza estábamos sentados al lado de Fruco viéndolo vender su chance, llegamos al tema de las mujeres, y como Beni y Guri Guri tenían más experiencia nos daban las premisas importantes de cómo se le debía hablar a una mujer.

Yo, hablador pero inseguro en las lides de las conversaciones femeninas, para no quedar como el ignorante, me las di de muy salsita y cité una frase copiada de mi papá: No hay mujeres difíciles, sino carretazos mal echados.

En ese momento apareció Manuela en la tienda para comprar no sé qué y a La Chiva se le ocurrió la flamante idea de decirle: Oiga, Manu, Porkis está hablando de usted y le quiere decir un carretazo.

Asombrado, atormentado y mudo la miré fijamente con la cara roja de vergüenza: No, nada, yo no he dicho nada, estos, que son unos bobos ahí.

Hubo un coro de carcajadas. Manuela recogió las arepas que le entregó Catalina y atinó a decir: Qué pereza los niños que hablan de las viejas.

Todos exclamaron un rotundo y doloroso: ¡Uuuuuuuu!

, y yo me quise meter debajo de la silla de ruedas de Fruco.

«Pido la paz para esta guerra, quisiera deponer mis armas, parar con esta hostilidad que no conduce a nada, te propongo una tregua».

El aroma a alcohol golpeaba el aire bajo un techo desconocido.

Tenía la boca seca, la sensación vertiginosa del mareo, el estómago rabioso y el hígado triste.

Me descubrí acostado en una cama grande, con vómito en mi camisa de seda fría, y miré hacia un lado: Ana dormía, igual que Manuela y Sandra, yo en el centro de ese cruce de piernas, tufo y desorden.

Desgraciadamente estábamos vestidos. Con movimientos tortugosos me levanté tratando de no despertarlas.

Tambaleando la angustia salí por el solar de la casa, con la mirada borrosa llegué a la cañada y contaminé sus aguas con un líquido verdoso-amarilloso-blancoso de poseído, me limpié la boca con la punta de la camiseta y seguí caminando lerdo, cada paso una lucha y cada respiro un ahogo.

Dolía parpadear. Era tal el desubique que, sabiendo donde estaba, no sabía dónde estaba.

Con un desasosiego más grande que el de Pessoa y con aquella inconformidad del alma y del cuerpo llamada guayabo, llegué al pie de la loma: una calle empinada a cuarenta y cinco grados, había que subirla con la cantaleta que el sol me echaba en la nuca.

Escalé despacio esa infinita pared de cemento haciendo estaciones en las aceras para que entrara el oxígeno a un cuerpo frágil y con el estómago en protesta.

Los vecinos que vaciaban una terraza me miraron con reproche, como si hubiera cometido una falta grave.

Ojos de decepción. La perra Canela me vio con desdén y lástima.

Entré a la casa. Mi mamá estaba dormida por la sabia elección de no madrugar los domingos y mi papá estaba en el trabajo por el placer de recibir el pago de las horas extras dominicales.

Inocente, creyendo que ellos no sabían de mis farras, me metí bajo la cobija y morí por diez horas.

A las cinco de la tarde el ruido del televisor me despertó con la serie De pies a cabeza .

***

El equipo de La 50 tenía a dos imberbes de las inferiores del Nacional, por eso se sentían superiores a nosotros.

Yo estaba en el subsuelo futbolístico, en las inferiores de las inferiores más inferiores del equipo de Primavera.

Ellos dominaban la pelota con los pies mejor de lo que yo la dominaba con las manos.

La cancha en realidad era una calle ancha al frente del hospital.

Un día la pintaron y quedó lista para jugar seis contra seis.

Los arcos eran esos pequeñitos que en el mundo gomelo llaman banquitas.

A pesar de eso, era el mejor torneo de microfútbol calle de Medellín.

Aunque los equipos traían jugadores de otros barrios, La Fania había quedado bicampeón los dos años anteriores y había dejado rumiando resentimiento al combo de la 50.

Por eso trajeron a dos pelados que ya casi jugaban fútbol profesional.

Tengo presente el día que uno de ellos hizo una jugada mágica: el balón le llegó por el aire, como si fuera una felpa con velcro lo pegó al pecho, dejó que se deslizara pegadito al cuerpo hasta llegar al pie derecho, con un sutil movimiento lo elevó y por encima de un jugador dibujó una curva de plano cartesiano, recibió el sombrerito al otro lado, como si tuviera una cuchara con pega en el pie, el balón se aferró al zapato, la dejó acariciar el piso y remató al arco de zurda.

El arquero no se movió para no perderse semejante golazo.

Fue tal la ovación que las enfermeras, los médicos y los pacientes asomaron las cabezas por las ventanas del hospital.