Primavera El segundo tiempo #6
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El segundo tiempo #6

Los ojos de don Alonso se opacaron, como si le hubieran quitado la alegría del cuerpo.

Su alma enjuta pasaba cargando la mochila para el trabajo con la cabeza gacha..

En las tardes volvía a encerrarse en su casa con los libros, sus datos del fútbol, los tangos y el alcohol.

A Doña Magdalena el luto le absorbió la grasa, se adelgazó con la liposucción del duelo.

Como teníamos muros compartidos, yo podía escuchar los alegatos de aquella casa destruida: Si vos no lo hubieras puesto a trabajar mi muchacho estaría vivo, vos nunca lo dejabas descansar, ¡era un niño, Alonso!

¡Mi niño! Y vos lo tratabas como si fuera un viejo, por eso en el único paseíto que pudo se te voló, eso es lo que te duele, Alonso, que vos mandaste a la muerte a mi niño.

¡Callate, mujer!, le gritaba don Alonso.

¡Callate esa puta boca y dejá de hablar tanta mierda!

Él se murió porque ¡así es la puta vida!

, y tiró la puerta tan duro que Primavera tembló.

Una mañana don Alonso me llamó: Oiga, Porkis, venga, que le quiero mostrar una cosa.

Obediente fui a su casa, pero no me dejó pasar de la puerta: Esa es la música de Jose, puede que le sirva más a usted que a mí, y me entregó los casetes de salsa.

Los recibí diciendo gracias y los iba a poner a sonar, pero justo antes de darle play al primero escuché una nueva discusión: ¿Por qué le regalaste los casetes de mi niño a Porkis?

¿A vos quién te dio derecho de regalar lo que no es tuyo?

No me aguanto esa música. No te la aguantás porque te lo recuerda a él, como vos fuiste el que lo mandó a la muerte te da remordimiento, aguante, mijo…

Silencio. Vea le digo, Alonso, usted no me vuelve a regalar nada de mi muchacho.

Otra vez el sonido de la puerta movió el barrio.

No alcancé a poner ni una canción. Guardé el casete de Nelson y sus Estrellas.

Los otros los dejé en la misma bolsa que me había entregado don Alonso.

Esperé a que la casa estuviera sola y me deslicé por el solar, entré por la parte de atrás, llegué hasta la pieza de Payaso y metí la bolsa debajo de la cama.

Salí por donde entré. Al otro día llegué del colegio y la bolsa estaba encima de mi cama: Ahí le mandó doña Magdalena, que esos casetes son suyos.

A la mañana siguiente coincidimos en la tienda, me vio, yo pedí un cuarto de quesito y doscientos pesos de salchichón, don Andrés me los entregó delante de ella, que seguía mirándome fijamente, con aquella expresión que tendría muchos años después cuando trabajó conmigo y me contó que una madre que perdía a un hijo nunca volvía a ser feliz del todo.

A veces las personas quieren decir algo, pero no desean tener una conversación, les cuesta encontrar el momento, el lugar o las palabras, quizás por eso, esa mañana en la tienda, ella esperó a que yo diera dos pasos y me soltó aquella frase al aire: La próxima vez entre por la puerta, y si va a poner los casetes de mi muchacho, póngales volumen para que yo los alcance a oír.

Bueno, señora, le respondí, y seguí para mi casa a darles play a las canciones de mi amigo, que todavía treinta años después guardo como un tesoro en un cajón.

Cuando la luna penetre por tu ventana, entonces bajo su luz pensarás en mí…

Él armó el paseo...

«Dile a Monín que le quiero dar un besito de alegría y si por mi te pregunta, di que la quiero todavía…».

Cuando él tenía quince años, no sabía que los amigos se morían.

Es una sensación diferente a la de la muerte de un familiar.

Una lluvia suave pero constante. Nubes que traen recuerdos, que se evaporan cuando escribe, como si necesitaran la magia de las palabras para desaparecer y conjurar el compromiso ineludible que tiene con el pasado, gotas azarosas que le bañan la memoria con un golpeteo enviado desde el cielo, plip plap, plip, plap, suenan las gotas en su cabeza como el coro de una orden: «escribí pues lo que nos pasó, escribí, escribí, escribí…

». Un lamento guardado por años, que le puso los ojos tristes.

Una melancolía escondida que le salió de las sombras a los treinta años, cuando conoció a una mujer, una especie de bruja, una chamana, de esas personas que van por ahí sacando verdades del pasado de la gente.

Lo dijo con tono místico: Eres bueno, pero tienes una tristeza grande, no es tu culpa.

El narrador se quedó pasmado y no supo qué responder.

Era un hombre exitoso, no había razones públicas para lamentarse y nadie conocía mucho de su vida como para saber los vericuetos de su alma.

¿Qué vio aquella mujer? ¿Lo dijo por hacerse la interesante?

¿Cómo se ven unos ojos tristes? Párpados caídos, ojos vidriosos y líquidos, pupilas contraídas, miosis, el puntito del ojo se hace pequeño, como si quisiera esconder las amarguras y llevarlas hacia adentro, la mirada apunta al piso, las cejas se caen un poco, sin fuerza. Aquella mujer tenía razón.

Se sintió desnudo, expuesto a una congoja que, lejos de repudiar, disfrutaba, en su intimidad la abrazaba y se entregaba a ella en forma de botellas de aguardiente.

Esa noche se emborrachó solo en su apartamento, puso música: Dile a monín que le quiero dar un besito de alegría …

, y lloró con un llanto rotundo, con gritos hacia adentro, con una agonía en el pecho, dando grandes contorsiones de aire, exhalaciones agitadas y tristes.

Cómo era posible que esa mujer pudiera notar el dolor que había durado tanto tiempo escondido, ahogado en las aguas del aplauso y la comedia.

No tuvo duelo. Cuando un amigo muere no hay condolencias; el común de las personas la consideran una pérdida pírrica.

Lamentable sí, pero no para ubicarla en la cúspide de las dolencias, en el podio donde están ubicadas las de un padre, una madre, un hermano o una pareja.

Si perder un hijo no tiene nombre, perder un amigo tampoco, y perder dos, tres, menos.

« La temperatura sube, sube, sube la temperatura».

Fruco lavaba el andén y cantaba entusiasmado «La temperatura» de los Hermanos Lebrón, Cada vez que yo te veo, ni me importa donde sea, se me quieren salir los ojos, por tu belleza, y hasta pierdo el control.

A dos cuadras de allí, Juanito estaba en El Ventiadero fumándose un cigarrillo de marihuana.

Cuando los vio soltó el bareto, se lanzó rápido a la acera del lado, con talento felino pasó por debajo de unas escalas.

Sonó un disparo. Juanito superó una pila de adobes, descendió a la cañada esquivando palos y basura en modo parkour, el olor a cañería le entró a la nariz y salió de nuevo en el mismo instante en el que sonaron otros dos tiros, brincó al otro lado del arroyo, un pie cayó en el agua sucia, y pensó: Mierda, los tenis.

Sonó el cuarto estallido. Siguió veloz en dirección al Hueco, un callejón pequeño del ancho de una moto que servía para conectar El Ventiadero con El plan, la calle era de bajada y eso le ayudó, pasó por la licorera, por encima del escudo del Nacional y al lado de su Renault 4.

Al frente de la casa de Beni, don Roberto, que presumía su nuevo teléfono inalámbrico en el balcón, lo vio de soslayó en el momento del quinto disparo, la silla mecedora en la que estaba sentada doña Celia se detuvo cuando ella posó las chanclas en el piso, Ligia, que untaba de arequipe y queso una oblea que le acababa de vender a Catalina, vio a Juanito aparecer corriendo desesperado, con la mirada fija en la casa de Los Gordos como meta, pero la puerta estaba cerrada, entonces el perseguido tuvo la fatal idea de entrar por la tienda de Andrés, ir hasta el fondo y pasar por el solar a su casa para sacar el arma que, por una sinrazón, no llevaba ese día, sabiendo que las cosas no estaban para errores, por eso subió las escalas de la tienda de Andrés con un solo paso-brinco, le hizo el quite a la manguera, y, cuando Fruco lo vio entrar a la casa y reconoció a Bobby, que venía con Richie, cargando un arma en la mano y mirada siniestra, en un acto reflejo, cerró la reja de la puerta con la que se chocaron ellos.

Abrí la puerta, le ordenó uno, y en ese momento Óscar, Fruco, mi amigo, el más juicioso de nosotros, expulsó la frase que le cambiaría la vida: Parce, calmao, que yo no me meto en esa vuelta.

Ya te metiste pirobo, sentenció Richie y por encima de su hombro apareció la mano de Bobby, bajo el influjo de la venganza, que disparó la última bala del tambor al cuello de mi amigo.

Don Roberto dejó caer el teléfono, doña Celia se quedó suspendida en la silla y Catalina vio salir a los dos pistoleros corriendo calle abajo, dejando el cuerpo de su hermano en el suelo, inconsciente, con la cabeza recostada en el marco de la puerta y todavía agarrado a la reja, el día que estaba lavando la acera cantando la temperatura sube, sube.

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