El segundo tiempo #5
Él armó el paseo. Ese sábado salimos en bicicleta rumbo a los charcos de Barbosa.
Uno de nosotros a escondidas de su papá pedaleaba rápido tratando de perder a la perra Canela, que lo persiguió dos cuadras hasta que se cansó y quedó atrás ladrando con cara de abandono.
Atravesamos El Playón, Madera, La Gabriela, Copacabana, Girardota, El Hatillo y después de dos horas debajo del sol arribamos sudorosos y exhaustos al charco El Brujo.
No bien llegamos tiré la bicicleta a un lado, me limpié el sudor con la camiseta, renegué del calor tan atroz y de la idea de irnos pedaleando en lugar de haber tomado el bus, así hubiera sido por la puerta de atrás.
Nadie me prestó atención. Willy, Rubén y yo nos sentamos a tomarnos una gaseosa entre los tres.
Me indigné con Beni porque limpiaba la boca de la botella con las manos cuando yo se la pasaba, como si mis labios estuvieran más sucios que sus garras cochambrosas untadas de manubrio de bicicleta.
El resto se metió al agua a refrescar las piernas.
Payaso, pletórico, extasiado, metía el cuerpo y salía haciendo olas pequeñas como si fuera un Poseidón de charco.
Se metía y salía, se metía y salía, se metía y salía.
Pilas, que está acalorado y se tuerce, advirtió La Chiva, haciendo la imitación de un tullido con las manos y los pies torcidos.
Reíamos, y Jose, sordo a las recomendaciones, seguía metiéndose al río y aparecía de sorpresa jugando al monstruo furioso que salía del agua y salpicaba a todos.
¡Qué chimba!, gritaba, levantando los brazos como si hubiera hecho un gol.
No volvió a salir.
Él armó el paseo. Lo buscamos, nos metimos hasta donde nos permitía el miedo y no logramos encontrarlo entre aquella agua turbia.
Un señor le avisó a otro señor, que a su vez alertó a otro señor y vaciaron las esclusas que retenían el agua.
Cinco adolescentes vieron el cuerpo de su amigo en el fondo de un charco, recostado entre las piedras, como si hubiera estado durmiendo debajo del agua.
Alguien le tocó el cuello. Seguía vivo. Al lado del charco le dieron los primeros auxilios.
Exhaló un suspiro fuerte y botó algo de líquido.
Lo montamos a un taxi. Me senté al lado del conductor, Beni se hizo atrás y pusimos la cabeza de Jose en sus piernas.
Parcero, moral, que ya vamos a llegar, lo animó desesperado cuando nuestro amigo abrió los ojos.
Giré la cabeza hacia atrás. La muerte me ha mirado varias veces.
Jose, Payaso, mi amigo, tenía los ojos negros con la vista ausente, la cara pálida, los labios morados.
Las pupilas fueron cayendo como si cerraran un telón; la música del corazón de Jose se fue apagando mientras Beni le gritaba desesperado: Moral, parcero, resista, que ya vamos a llegar, resista. Llora corazón, corazón llora.
Él armó el paseo. El doctor preguntó: ¿Quiénes son los acompañantes del muchacho que venía de El Brujo?
¡Nosotros!, respondimos en coro. Necesitamos avisarle a la familia, tratamos de reanimarlo, pero llegó muerto.
Dio media vuelta y se perdió en el pasillo.
No recuerdo bien qué pasó después. Tengo un leve olor a remedio y el sabor a pastillas amargas.
Visualmente no tengo nada de ese momento.
Jhonny contó que él se salió del hospital.
Que Willy se puso a llorar en el corredor.
Dijeron que me hicieron pasar, no sé para qué, y que vi el café de su piel transformado en amarillo clarito.
¿El color del sol es también el color de la muerte?
La verdad, no puedo inventar nada, mi mente guardó todo en un baúl del trauma y le puso candado.
Treinta años después he tratado de darles luz a esos agujeros negros con meditación, viendo fotos, tomando ron, aguardiente, brandy Domecq o escuchando Nelson y sus Estrellas; incluso, fui hasta el hospital de Barbosa, pero solo tengo ráfagas de imágenes en borrador:
Nosotros sentados en el parqueadero del hospital.
Los ojos de Beni colorados y su cara partida a la mitad por la sombra que daba un árbol.
Fruco jalándose el pelo con fuerza.
La Chiva al lado mío, balando con la cabeza metida entre las piernas.
Le quitamos una llanta a su bicicleta y nos turnamos para llevarla.
Silencio.
Llorábamos al ritmo de cada pedalazo.
El sol se fue y aparecieron nubes grises.
Aunque el camino era plano, era como si subiéramos una montaña.
Los buses pasaban veloces.
Me veo acostado en la cama, inerte, pasmado, mirando las tejas grises de mi casa.
Solo eso. No recuerdo más.
El resto me lo contaron. Que Guri Guri en un arranque quiso volver a entrar al hospital a ver si era verdad que Jose se había ido, que Beni lo retuvo y después lo dejó ir, pero que cuando estaba en la puerta se devolvió renegando, diciendo que ya pa’ qué, y se sentó dándole la espalda al hospital; que extrañamente no se apareció ningún policía; que nos quedamos esperando a doña Magdalena y a don Alonso.
Que pasó una hora y no llegaban… Que cuando aparecieron saludaron con rabia y cuando les contamos lo que había pasado nos regañaron porque lo habíamos dejado meter acalorado al agua.
Reclamaron que no les avisaran más rápido, que nosotros éramos unos irresponsables, nosotros, unos niños de quince años.
Que al final dieron las gracias con recelo como echándonos la culpa, y que nos fuéramos para la casa, que ya ellos se encargaban; que agarramos carretera y cuando paramos a descansar en una manguita Beni sacó la coca del almuerzo de Payaso y sin una razón especial la abrió y la puso en una piedra iluminada por el sol y que todos, alrededor de ella, la mirábamos sin hablar, y que un pajarito carpintero, con su cabecita roja, bajó, comió varios granos de arroz y se fue volando.
La Chiva tapó la coca y volvió a meterla en la maleta de Jose.
Volvimos a montarnos en las bicicletas hasta la bomba de gasolina de Primavera.
Ahí, donde habíamos arrancado los seis jóvenes a las ocho de la mañana, llegamos solo cinco adolescentes de quince años después de perder a un amigo.
Él armó el paseo.
No hubo psicólogos, ni terapeutas, ni tratamientos especializados; cada uno se encargó de resolver sus emociones.
Rubén se refugió en sus mujeres, Óscar, en la tienda, a Jhonny los dilemas de su familia le sirvieron de cortina de humo para el duelo, y Beni y yo nos entregamos al trago.
Teníamos una botella de aguardiente en la maleta y nos volábamos del colegio para la cancha a tomar sorbitos.
No hablábamos. Poníamos la tula en el piso para que sirviera de asiento, mirábamos la ciudad y nos dábamos tragos de aguardiente con Latina Estéreo de fondo…
Cuando la luna penetre por tu ventana, entonces bajo su luz pensarás en mí…
No recuerdo haber compartido tantos silencios con alguien.
Después de un rato cada uno para su casa.
Perdimos casi todas las materias en ese periodo.
Nadie preguntó por qué, nadie reprochó nada.
A veces la empatía significa dejar la herida quieta para que sane sola.
Él armó el paseo. Uno no busca la muerte, ella lo espera sentada.
Cuando tú llegues, ella estará ahí, para cambiar de estado no solo a los que se lleva, sino a los que quedan.
Salomé tampoco fue capaz de nadar en ese charco denso con sedimentos de culpa en el que se convirtió la familia de Payaso.
Se refugió en las sábanas de Pedro y ahí fue donde la muerte la llevó a fecundar la vida: quedó embarazada de un niño al que le quiso poner de nombre Jose, como mi amigo, pero no pudo porque en aquella época pulularon las muertes y hubo muchos nombres disponibles para homenajes.
Por ella supimos que Payaso le había dejado una nota a don Alonso que decía: «Después le repongo el día».
Don Alonso guardó el papelito en la billetera hasta siempre.
No volvió a beber en la tienda con el resto de los papás, se emborrachaba solo en su casa escuchando tangos, sacaba la nota que le había dejado Jose y lloraba hasta que el alcohol inhibía sus fuerzas y se quedaba dormido en el mueble.
«Mi papá le tiró muy duro a mi hermanito.
Yo nunca entendí la pelea de esos dos, siendo tan parecidos, igual de tercos, igual de inteligentes, pero mi hermanito llevaba las de perder.
Es que mi papá es muy bravo. Que ustedes lo vieran ese día, estaba como un toro, casi que echa babaza por la boca, hasta la pobre Canela llevó del bulto cuando se le acercó y mi papá se desquitó con ella.
Tan maluca era la cosa que mi mamá, que nunca dice nada, lo bravió, le dijo que dejara la bobada porque mi papá lo estaba esperando con la correa lista en la sala para agarrarlo apenas entrara.
¡Qué pereza! Dio vueltas por toda la casa echando chispas hasta que llamaron ustedes del hospital».