El segundo tiempo #4
»Soy perezosa. No me importa, así me quieren.
Mi pereza los divierte. Me echo en el pavimento en medio de la calle y duermo de lado con las patas una encima de la otra, juego con los mosquitos, dejo que ellos se me posen en el hocico y de pronto: ¡ran!
, les mando un lengüetazo o me muevo un poco para asustarlos y ellos vuelan miedosos, ¡cobardes!
En esas estoy cuando algún carro aparece a importunar y pita para que me mueva.
Y no me muevo. ¿No pueden pasar por un lado?
No pueden ver una perra acomodada. No me gustan los carros, pero no entiendo para qué los persiguen ladrando, qué necesidad, es una pelea perdida, son más rápidos, un agotamiento innecesario, correr detrás de un carro ladrando es una estupidez.
Soy perezosa, lo sé, tampoco entiendo para qué corren por una bola o un palo, es una actividad ridícula y repetitiva: ellos tiran el palo, nosotros corremos, lo agarramos, corremos hacia ellos, ellos lo reciben de nuevo y lo vuelven a tirar.
¡No pues, guau! Una vez lo intenté. Es agotador.
Por eso me gusta que mi amo sea don Alonso, él se sienta a leer y yo me acuesto en sus pies y ahí me quedo.
Así jugamos mi amo y yo, a no hacer nada.
De cuando en vez él me acaricia y me dice: Canela bonita, me mira, me rasca la barriga y yo me le abro de patas, feliz, él sabe que eso me gusta, ¡me encanta!
Con una mano me acaricia y con la otra sostiene el libro hasta que se para y se va a hacer sus cosas, y yo me quedo ahí un rato pensando en lo sabroso que es estarse quieta.
Eso hasta que llega Jose, su hijo, y vuelve a jugar conmigo.
Al principio él creía que yo era de los perros que corren, luego se dio cuenta de que no, que soy perezosa y que me gustan sus caricias detrasito de la oreja.
La oreja es de Jose y la barriga es de don Alonso.
No me dejo tocar de cualquiera, si alguien no sabe acariciar le gruño y se aleja, si insiste le gruño más duro.
Así como soy perezosa también soy inteligente.
No voy a iglesias si llueve, me guardo si hace sol, busco la sombra; cuando me echan, me alejo; cuando me llaman, voy; cuando me dan comida, como; cuando tengo hambre abro los ojos, doblo las orejas, me siento y siempre llega la comida.
Es fácil. A los vecinos de Primavera les divierte mi forma de ser.
Me dan comida, me cuidan, me saludan, a veces me pegan, a veces juegan conmigo, me tiran piedras cuando estoy acostada y se ríen porque no me muevo; las piedras me pegan en la barriga, suena como un tambor y rebotan; cuando las tiran duro y me duele entonces me paro, los miro feo y salgo para otro lado, ellos saben que se pasaron de chistosos.
Me gusta el juego de la quietud, pero hasta un punto, como cuando dejo que los carros piten, hasta que me fastidio, volteo el hocico, miro el carro con desprecio, despego el pelaje del suelo caliente en un lento movimiento mientras el conductor echa chispas y los vecinos miran divertidos.
Ellos saben cómo soy. Hago parte de la historia de Primavera.
Cuando se levantan, cuando se apagan las luces y solo queda un murmullo, ahí estoy yo para alertarlos por si pasa algo; si me oyen ladrar salen a la calle en piyama, en pantaloneta, como estén, ellos saben que nunca ladro, solo si es necesario.
Ladrar por ladrar es un atentado contra la tranquilidad y a ellos les asusta escucharme ladrar.
Ya saben, soy perezosa y un poco curiosa.
Cuando hay una fiesta, estoy ahí; cuando ellos beben, estoy ahí; cuando las parejas se besan, estoy ahí; cuando están en calor, estoy ahí.
El trabajo de un perro es estar. No hay una historia de Primavera que me haya perdido.
Un nacimiento, una pelea, una fiesta, un baile, un robo, un muerto.
Canela está presente olisqueando. Los muertos huelen distinto, a sangre tibia, a acre.
No me gustan. Los olfateo antes de que los vivos me digan: ¡Chite, perra!
En Primavera han muerto muchos y yo he sido testigo.
Soy la primera en oler la pólvora y el miedo.
El asesino huele a miedo. Detecto la muerte en el aroma de las personas.
El barrio huele a muerte. Lo lamento por los muchachos.
Los vi crecer, los vi llorar, estuve con ellos en sus borracheras, en sus locuras, en sus malos negocios y sus errores.
Cuando juegan balón en la calle, me acuesto en la mitad de su cancha inventada con cuatro piedras, pero ellos son más recursivos que los conductores, me esquivan, algunas veces se hartan y pegan duro con el balón, entonces me doy cuenta de que debo retirarme, todo tiene un límite, me meto debajo de las escalas y los dejo jugar.
No como el perro de Los Gordos, una chanda sin pedigrí, como yo, pero bruto.
Es de los que persiguen motos, carros, van por el palo, por la pelota, y por eso no lo dejan salir mucho.
Cuando se abre la puerta sale despavorido a perseguir cosas y a ladrar.
¡Ignorancia perruna! El perro que hace escándalo es impopular.
Sale como un chiflado a morder el balón de los muchachos y hasta ahí les llega el juego.
Ellos lo detestan, yo sé. Tengo que confesarlo: morder un balón de fútbol es placentero; sin embargo, tanta actividad no justifica ese placer.
Por eso no me gusta juntarme con Pepe, el perro de Ismael.
Es bruto, escandaloso, terco, agresivo, juguetón; cuando lo llaman no va, cuando le dicen quite no se quita.
Eso sí, reconozco que es precioso, su pelaje es blanco con negro, sus ojos son cafés y siempre está bañado y peinado.
No soy la perra más bella, ni me interesa serlo.
Estoy segura de que me quieren más a mí que a Pepe así sea perezosa.
A veces salgo con Jose por ahí, voy detrás de él hasta que me canso o me doy cuenta de que va para muy lejos y regreso a mi casa en Primavera.
Pienso que entre más lejos tenga que ir, más camino tendré para volver.
Aunque me habría gustado estar con él ese día que pasó lo que pasó.
Ha sido la única vez que he lamentado ser perezosa.
Su olor era distinto y lo perseguí, no quería que se fuera o, si se iba, que me llevara con él.
Le ladré y le ladré duro mientras corría.
Debí parecer una estúpida corriendo detrás de una bicicleta.
Quizá conmigo no habría pasado lo que pasó, o quizá sí.
No lo sabré; es mi castigo por ser así. Cuando lo recuerdo, las orejas se me agachan y me tapo el hocico con las patas.
Don Alonso hace lo mismo, él ahora huele y acaricia diferente.
Mi nombre es Canela. Mi amo se llama Alonso.
Soy la perra de Primavera que no pudo alcanzar a Jose cuando iba corriendo en su bicicleta… ».
Entonces me llevé las manos a la cara y, de rodillas, delante de todo el colegio, me puse a llorar desconsolado en una imagen patética de dolor.
Los profesores y el resto de los alumnos miraban rogando que mis lágrimas fueran parte del acto y no de un desconsuelo profundo por haber perdido a mi amigo una semana antes en un paseo.
Al ver que mi llanto se extendía más de lo normal y que algunos comenzaban a contagiarse de la tristeza, en un murmullo aciago, buscando contener los sollozos de un colegio entero, el profesor anunció el siguiente acto.
Jhonny me levantó y llevó mi cuerpo lagrimoso hacia el salón, me sentó en un pupitre, cerró la puerta y nos abrazamos a llorar.
« La noche aquella que fuiste a buscar la leña al río todo el mundo presagiaba un sentimiento sombrío».
Él armó el paseo. Bicicleta, agua, charcos, calor, alegría, diversión y libertad.
Jose, Payaso, no podía disfrutar un solo fin de semana por estar ayudando a su papá en el taller.
Quería comprarse unos zapatos Zodiac y una camisa de seda fría.
Don Alonso detestaba esa moda porque así se vestían los pillos.
Si se va a vestir como un bandido, gánese la plata, le advirtió.
Cada fin de semana, Jose se levantaba a llenarse las manos de thinner , de aceite, de grasa, de rencor por un papá que en lugar de comprarle lo que quería lo puso a trabajar con la excusa caprichosa de «lo estoy educando para que aprenda a ganarse las cosas por su propia cuenta».
Con quince años, mi amigo se entregó al trabajo como si fuera un adulto responsable que tenía que mantener una familia, hasta que un día, como el barón rampante cuando no quiso comer más el plato de caracoles, dijo basta.
Valiente, se paró al frente de su adversario de sangre y le manifestó contundente: Pa es que…
. yo quería decirle… que… que si por favor…
que… que si por favor me deja ir este fin de semana a los charcos de Barbosa, vea que yo he trabajado mucho y los muchachos van a ir.
Miró al piso y esperó la respuesta. El que quiere marrones, se aguanta tirones, sentenció don Alonso.