Primavera El segundo tiempo #3
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El segundo tiempo #3

Con los cuerpos tiesos por el impacto emocional, nos sentamos en el borde de la acera sin decir palabra, inertes, con un zumbido en los oídos y la incredulidad de estar vivos.

La calle se llenó de gente. Beni, que estaba escondido debajo de las escalas de Las Abuelas, apareció corriendo, le pegó tres golpes al muro y gritó: Un dos tres por mí y por toda la barra.

La barra no quedó libre. Esa fue la primera advertencia de la muerte. No hubo más carros para protegernos.

El Renault 4 quedó abandonado; Juanito, su dueño, no tenía ánimo, plata ni tiempo para reparaciones en épocas de venganza.

Fue la copia a escala de lo que había hecho Fernando Botero cuando le pusieron una bomba en el parque San Antonio a una escultura suya llamada El pájaro.

El artista no quiso restaurarla para que quedara como recuerdo de la violencia que azotaba a Medellín por aquella época.

En Primavera sirvió para lo mismo, pero con menos bombo y presupuesto.

Se convirtió en un lugar de referencia del barrio: «Eso queda por el carro muerto», decían.

«Basta, Payaso, te están mirando. Y esos dos ojos ya están llorando».

El rector dio las primeras palabras del acto cívico.

Como buen profesor nos regañó y nos felicitó al mismo tiempo.

Mis compañeros de curso estaban sentados en la mitad de las escaleras.

Abajo se hacían los de sexto y arriba los de once.

Yo estaba en un salón que hacía las veces de camerino, poniéndome unas orejas de perro que Jhonny le había quitado a un peluche de su hermana.

Beni me pintó la cara dizque como Canela.

Hizo falta Payaso. Quedé con una combinación entre perro, mapache y mimo callejero.

Guri Guri llevó una ruana café para que hiciera las veces de piel de perra.

Fruco me ayudó a poner una trusa de baile.

Parce, quedó como un loco del centro, exclamó La Chiva.

Tiene más presencia la perra real. Sonreímos un poco para matar los nervios y la tristeza.

En los altavoces se escuchó a una niña con voz aflautada: Quinto, monólogo «Me llamo Canela», a cargo de noveno A.

Me eché la bendición y salí al escenario entre aplausos, las burlas de décimo y los gritos de apoyo de los muchachos: ¡Con toda, Canela, perra vagabunda! ¡Qué gonorrea de disfraz!

«Me llamo Canela y vivo en el barrio Primavera.

Acá las señoras se la pasan viendo televisión y hablan en la acera con las manos en el palo de la escoba, esperando a que se seque el piso recién trapeado.

Los niños salen para la escuela bien bañados y peinados, con su morralcito colgado en la espalda y regresan sucios, despeinados, oliendo a sudor y dulce.

Me gusta cuando Rubén me deja lamerle las manos untadas de paleta.

Siempre he vivido acá. No conozco otras calles ni otros mundos.

Estuve cuando llegaron Los Gordos. He visto casi todo lo que ha pasado en Primavera.

Soy la primera en despertar y los veo salir para su trabajo.

El más madrugador es don Roberto, que aparece a las cinco de la mañana y baja hasta la avenida a esperar su transporte.

Su esposa, todavía en piyama, con los brazos cruzados por el frío, lo ve hasta que el bus pasa y lo recoge.

Como no me gusta moverme mucho, me quedo echada a su lado conservando el calorcito.

Al principio, doña Julia me echaba, después descubrió que yo era inofensiva y ahora me deja quedar ahí el tiempo que yo quiera, hasta que llega Willy, su hijo, el mono, y me sacude con el pie, no sé si jugando o en serio; si es en serio lo acepto, si es jugando no me gustan esos juegos, es muy brusco, se aprovecha porque a mí no me gusta morder ni ladrar, no lo veo necesario, entonces me pega y me toca moverme.

Lo bueno es que a esa hora me agarra un hambre de los mil demonios y él me obliga a pararme.

Voy a mi casa. Oficialmente vivo en la casa de don Alonso, aunque en realidad mi casa es la calle, me dan comida, me tiran sobras de lo que comen en la tienda de don Andrés.

Mis favoritos son el pan, el pastel de guayaba, el pandequeso, el quesito, la paleta de limón, la paleta de mango biche, la Drácula, el Chocoramo, los Chitos, los Gudis, la Malta y la Colombiana; como más cosas, pero esas son mis favoritas.

Una vez, los borrachos me dieron agua con candela, se aprovecharon de la sed que tenía, sacaron de la botella y la tiraron al piso, y claro, yo acalorada, pasé mi lengua por esa agua y fue la peor sensación de mi perra vida, el mundo se puso borroso, las patas se me doblaron, la garganta se me quemó, ellos se burlaron de mí.

Ahora siento ese horrible olor a anís y salgo despavorida y eso que soy perezosa.

Esa agua de fuego es asquerosa. En cambio, si están lavando un carro, una acera o una ventana y me mojan el lomo es una delicia, me echan agua fría con jabón y me siento fresquita, los niños vienen, me masajean, me embadurnan de espuma y mi pelaje café queda blanco.

Apuntan con la manguera y siento el chorro duro en los pelos y con el jabón se van la mugre y una que otra garrapata.

Por eso me rasco cuando el sol la evapora y lo hago duro, muy, muy fuerte, pero igual me gusta que me bañen y jugar con el agua para refrescarme.

Es que en Primavera hacen unos calores como si el sol le tuviera bronca a este barrio.