Primavera El segundo tiempo #2
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El segundo tiempo #2

Después de un sempiterno silencio, Colón habla.

Entonces, ¿usted me quiere entrevistar?, le pregunta.

Vi la entrevista que me mandaron. Sí, sí, maestro, responde el narrador con voz débil y no dice nada más.

Toda la experiencia como entrevistador se esfuma.

La lengua se enrosca hacia adentro de la boca como un ovillo.

Bloqueado. Un nuevo silencio. Colón decepcionado mira por la ventana.

Quizás piensa: Valiente zoquete me va a entrevistar, solo sabe decir, sí, maestro.

Entonces el mánager hace su trabajo: Pero, a ver, cuéntale lo que me dijiste a mí, lo mucho que lo admiras.

El narrador sonríe sin saber todavía qué decir.

Colón lo mira expectante. Eh… sí, maestro…

La idea es entrevistarlo a usted para hacerle un homenaje porque lo admiro mucho, lo admiramos mucho.

Eh… Eh… Es que estoy muy nervioso, no todos los días se conoce a Willie Colón, el hombre que inventó gran parte de la historia de la salsa, el más creativo de los arreglistas, dice emocionado.

Colón sonríe por fin. Al narrador le habían enseñado que la adulación era la mejor fórmula para empatizar con los entrevistados.

Colón le hace preguntas capciosas para ver si realmente conoce del tema.

Para el narrador aquello es como si le preguntaran si dos más dos es cuatro.

Entra en confianza y lanza dos chistes que hacen reír a los presentes y rompe por fin la tensión.

Sin embargo, todavía la entrevista no está confirmada.

Colón era un hueso duro de roer; le gustaba que lo llamaran El Malo, montar en moto y disparar armas de fuego. No le daba entrevistas largas a nadie, mucho menos a un comediante. No tenía necesidad de aquella charla.

Cuando llegan al lugar del concierto, el narrador ansioso por cumplir la misión lanza la pregunta, a la mano de Dios y a la pata del diablo; piensa: Entonces qué, maestro Willie, ¿lo espero mañana para la entrevista?

A pesar de ser más pequeño, Colón lo mira de arriba abajo, sonríe, le pone la mano en el hombro y le dice: Voy a dar un concierto, lo invito para que lo disfrute.

El mánager levanta los hombros como quien dice «no puedo hacer nada».

Colón se va rumbo a la tarima. El narrador queda paralizado mirando a la estrella de la salsa montarse al escenario. El público grita de emoción.

A la mañana siguiente, recibe una llamada de la productora. Salta como un niño feliz. Cuelga. Se sienta. Mira por la ventana con los ojos llorosos. Otra vez, se le viene Primavera encima. Frunce el ceño: Ay, Dios, y ahora, ¿qué le voy a preguntar?

Hace la lista de chequeo del programa. Producción, luces, cámaras, sonido, público, listo.

Se mueve nervioso por el camerino, le repite una y otra vez a los del equipo lo que deben hacer, les advierte, los regaña, les vuelve a advertir, los regaña de nuevo, camina, se frota las manos, se toma un ron, se toma otro ron, vuelve y hace la ronda con el equipo.

Tiene el programa en la cabeza. Cada detalle.

Intenso, cansón, exagerado, piensan todos.

Hoy vamos a hacer historia, se repite a sí mismo en el camerino.

Cuando escucha a Willie tocar el trombón, su rostro cambia y se sale del personaje.

Primavera le entra por el oído y le envuelve el alma con la melodía de «La murga».

Cantan juntos. El público también está emocionado.

Entre la multitud reconoce a sus amigos que parecen vivos de nuevo, resucitados por la música, ellos cantan en medio de la gente y le sonríen, lo saludan mientras hacen el coro: Murga pa’ aquí, murga pa’ allá.

Esta es la murga de Panamá. Cae en la cuenta de que está cantando con Willie Colón en el mismo escenario, cae en la cuenta de que le está haciendo coros al malo del Bronx.

Un pobre muchacho de barrio convertido en un presentador está cantando al lado de una leyenda de la salsa.

Fue uno de los días más felices de su carrera, sus amigos lo vieron y él los vio.

El 21 de febrero de 2026 muere en Nueva York, William Anthony Colón, conocido como Willie Colón.

El narrador llora, escucha sus canciones, ve sus videos y entiende que todo tiene su final.

Sus ídolos están muriendo: Héctor, Colón, Cheo, Roena, Pacheco, Palmieri, Celia, Rivera, Feliciano; esos son grandes cantores .

La salsa, al igual que el tango, se convierte en un género de la nostalgia.

«Songo le dio a Borondongo, borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga, le echó burundanga, les hinchan los pies, Monina».

Fueron cayendo como fichas de dominó. Después de la muerte de El Ratón, los muchachos de la 50, Richie y Bobby, le hicieron el atentado a Pedro, la ficha de Juanito se movió y quiso tumbarlos a ellos y por eso nacieron dos grupos: los que estaban con Juanito y Pedro y los que estaban con los de la 50.

Este tropel, para los ojos de las personas ajenas al barrio, era un ajuste de cuentas; para nosotros, como el mundo era Primavera, fue una supraguerra que llenó las casas de zozobra, las calles de soledad, los cementerios de clientes y las cabezas de los muchachos de rencor, venganza y heridas infinitas que el tiempo suturó con fibras débiles de abulia.

En aquellas circunstancias había que tener los zapatos bien amarrados para correr.

En cualquier momento podía iniciar una balacera, tas, tas, tas, todos a buscar refugio en una casa, detrás de un muro, debajo de unas escalas, un carro, donde fuera; caos, gritos, estallidos; después la calma, el murmullo, las hipótesis, los corrillos, los rostros preocupados, las manos en la boca, la piel erizada, el escalofrío, el miedo en el aire y el olor a balín.

Era el tiempo en el que las mamás despedían a sus hijos con la angustia en los ojos y el cristo en la boca.

Les echaban la bendición para que el nazareno los protegiera de una bala perdida, de un ajuste de cuentas, de un tiroteo sorpresa o una confusión, pues si un joven inocente se parecía a otro podría tener el infortunio de ser confundido a la hora del atentado.

En todo eso pensaban las madres al echar la bendición.

El rito de la protección, padre, hijo y espíritu santo.

Aquel conjuro mágico que crea un aura celestial alrededor del cuerpo para blindar a los creyentes de los ataques del mal era reforzado con las recomendaciones propias del miedo, como las que daba la madre de Caperucita: No hable con extraños, Pilas con desviarse del camino, No se ponga a pelear por ahí, Es mejor que digan aquí corrió que aquí cayó, Se viene temprano para la casa, No se quede jugando maquinitas, Si hay una balacera se tira al piso, Si alguien lo va a montar a un carro grita, Si le preguntan algo diga que usted no sabe nada, Cargue la maleta adelante, que se la roban, Y si le van a robar entregue las cosas, no haga repulsa, Ojo pues, con cuidadito, juicioso mi amor, que esto por acá está muy caliente.

Esa rutina, mañana, tarde o noche. Los taxistas decían: Por allá no voy; el señor de los helados no volvió porque la calentura le derretía el producto; el que vendía los muebles y la ropa a crédito prefirió perder la plata a quedar en medio del fuego cruzado; el señor de los aguacates, el de la mazamorra y el de las ollas a presión pasaban urgentes como si tuvieran ganas de ir al baño y el inodoro quedara en otro barrio; la policía llegaba en sus motos pasando revista de afán, por cumplir con una orden.

¿Qué podían hacer dos policías en moto en un barrio desconocido contra un combo de muchachos armados?

Poco y mucho. Aparecer, levantar los muertos y llenar un informe que se convertiría en un número.

Rojo, el color del peligro, del NO pase, NO siga, deténgase, expulsado, el color del miedo, del deseo prohibido, de la vergüenza, del demonio y de la sangre. Rojo, el color del poderoso, el color del amor. La autoridad decretó al barrio como zona roja.

La ciudad nos señaló con lástima e indiferencia, como le pasó a mi papá cuando trabajaba en un edificio en El Poblado.

Uno de los señores se ofreció a traerlo, pero al saber el nombre del barrio se arrepintió: Qué pena, me acordé de que tengo que hacer una vuelta, mejor le ayudo con el taxi.

Le entregó un billete, mi papá recibió la plata y salió a coger el bus.

Estábamos jugando a las escondidas. Me tapaba la cara con las manos a los lados como los tapaojos de los caballos cocheros y contaba: 28, 29, 30, el que me lo comí, comí, con queso, mierda y ají, no se vale perrito guardián.

Descubrí mis ojos aguzados para comenzar la búsqueda.

En lugar de encontrar a mis amigos, vi a Richie y Bobby que bajaban en una moto Yamaha Jog negra, pararon al frente del Renault 4 de Juanito y sin preguntar descargaron las balas que tenían contra el carro, ¡ta ta ta ta ta ta ta ta!

y ¡ta! Del coqueto carro azul rey, decorado con luces de neón que le daban un toque psicodélico en las noches, ruedas llanta balón combinadas con rines plateados, entre los que resaltaba una estrella en la mitad, y el volante forrado en cuero rojo, quedó un amasijo de latas.

Nada pudo hacer el rosario que estaba colgado en el retrovisor para que las llantas y puertas no terminaran repletas de agujeros, los vidrios pulverizados en el suelo como si les hubiera caído granizo, ni para disipar el olor a pólvora que nunca más se le pudo quitar al carro.

Fue muy rápido, menos de un minuto, no tuve tiempo de moverme.

Los dos sicarios desaparecieron y, entonces, vi salir del otro lado del carro a Fruco y a Guri Guri, pálidos, asustados, palpando sus cuerpos, ilesos, sin un rasguño.

Cuando sintieron el primer disparo el instinto de supervivencia, el ángel de la guarda o el pánico los hizo quedarse quietos, si hubieran corrido tal vez habrían pensado que eran Pedro y Juanito y ¡adiós!