El segundo tiempo
«En el lenguaje misterioso de tus ojos hay un tema que destaca: sensibilidad. En las sensuales líneas de tu cuerpo hermoso las curvas que se admiran despiertan ilusión».
Por la época en la que me escondía de Pedro, estuve varios días en la casa de Guri Guri, que también era la casa de Las Abuelas, y la de Ana, y la de Manuela, y la de todo el barrio porque la puerta siempre estaba abierta.
Nos acostábamos a ver televisión en la misma cama como si fuéramos una sola familia.
Yo estaba feliz, podía tener a Manuela cerquita, aunque ella nunca se acostara sola conmigo a ver novelas.
La que sí lo hacía era su tía, Ana, la mamá de Guri Guri.
Ese domingo estábamos viendo «Cartas de amor» , una serie en la que cuando dos personajes tenían sexo temblaba el barrio al ritmo de «Micaela», de Pete «El Conde» Rodríguez.
La gente entraba, veía un rato televisión, conversaba y volvía a salir.
Yo me paraba al baño y regresaba rápido para que no me quitaran el puesto.
Aunque no estaba haciendo frío, Ana fue por una cobija y varias personas nos arropamos.
Siempre tuve fascinación por la piel suave de las piernas femeninas; es tersa, imponente y con carácter.
Las piernas hacen parte del cuarteto poderoso de la sensualidad junto con el pelo, la sonrisa y los ojos.
Por eso, cuando mis pies quedaron rozando los de ella, mis manos a la altura de sus muslos y sentí sus vellos pequeñitos, algo dentro de mí hizo clic.
Lascivia. En uno de esos ires y venires de gente, nos quedamos solos en la cama.
Entusiasmo. Mis dedos comenzaron a tamborilear en su piel; movía el meñique despacio como una caricia inocente haciendo dibujitos en su muslo.
Los ojos puestos en la televisión. Después, los dedos tocaron como si hiciera un rasgueo lento de guitarra para una melodía de bolero.
Concupiscencia. Ella sin decir nada, sin mover el cuerpo en señal de rechazo, le gritó una pregunta a su hermana, que estaba en la cocina: Sandra, ¿usted va ir a misa?
Mientras tanto, yo usaba el envés de la mano para seguir acariciando el cuerpo de la mamá de mi amigo debajo de la cobija.
Sí, yo voy a ir, respondió la hermana. Comencé a subir hacia zonas nuevas y desconocidas.
La piel trigueña, las feromonas y la calentura crearon un aroma nuevo para mí: olor a ganas.
Palpé sus vellos erizados, alertas, felices de ser tocados.
Sentí la tela de la falda y, en un acto de osadía, metí los dedos de araña por debajo.
Su mano se posó sobre la mía, sin aspavientos.
Señal de peligro. Yo no voy a ir a misa, le informó a la hermana.
Retiró la mano, y yo, avergonzado, retrocedí la mía hasta la parte baja del muslo donde había iniciado todo.
¿Usted va a ir a misa?, me preguntó. No, respondí mirando la televisión.
Mi masculinidad se gestó en las sombras a partir de ese momento: Eros gobernó en lo oculto, en lo erótico de la clandestinidad.
El romance danza mejor en lo oscuro. Los apasionados ven lo que palpan los cuerpos con la luz de sus deseos.
Momentos que perduran en el recuerdo como una historia exclusiva, sin testigos.
Intimidad. El campo cuántico. La sacra conexión.
La química que destila el calor de la libido en la oscuridad está protegida con el manto y la bendición de Eros.
Un secreto encriptado en el alma de los amantes.
Un pacto de amor al que algunos llaman pecado. Ana y yo.
Iniciaron unas rutinas de vértigo, peligro y aprendizaje que definirían los códigos y traumas de mis futuros encuentros con Afrodita.
Al principio, Ana hacía todo, yo simplemente era un espectador que disfrutaba de su experiencia, afecto y placer.
El arte de dejarse querer. Con el tiempo, el alumno aplicado aprendió algunas cosas y, gracias a su guía, en escasas ocasiones dirigía la clase.
Fue una etapa de confesiones y complicidad, de historias de vida postcoitos que me enseñaron más que los profesores de Sexualidad, Biología y Ética juntos: el que come callado come dos veces, un hombre que les cuenta a otros de las mujeres que se ha comido es un cocinero, no se tiene que amar para estar con alguien, todas quieren ser escuchadas, no hay que ser bueno para recibir amor, una dosis de carácter con una porción de fragilidad y ternura las enloquece; una mujer no siempre tiene que terminar para sentir que tuvo una buena faena, ver disfrutar al otro también da placer, pues generar el deseo es tan excitante como calmarlo; la previa a veces es más importante que el partido; la fidelidad total es un mito urbano; hay que abrir los sentidos: escuchar su respiración, hablarle al oído; si ella te quita la mano de un lugar, quítala; si ella guía tu mano, déjate; si ella gime, continúa y no cambies la velocidad, y si ella para, no sigas.
Mantener el ritmo es la gran técnica, es más importante que el tamaño.
Míralas. Escúchalas. Tócalas. Míralas. Escúchalas.
Tócalas. Míralas, escúchalas y tócalas. Háblales al oído, cerquita, suavecito pero con ganas, como si nada más importara.
Las caricias abren todas las puertas; si las tratas bien, nunca quedarás mal, y ojo: del afán no queda sino el cansancio.
Que el deseo crece en lo prohibido, que lo inalcanzable se anhela más, que solo muestre el hambre cuando esté seguro de que va a comer; esté atento a las señales porque cuando ella no quiere, no insista, pues cuando están obligadas a dar afecto pueden hacerte pensar que sí te aman, pero será solo condescendencia, agradecimiento o estabilidad, nunca deseo puro, porque el amor se puede confundir con atención, dependencia, cuidado y compañía.
Ah, y pilas con dejarse manipular, que la cuca tiene más poder que el papa; una mujer resentida, herida y celosa puede acabar con la galaxia entera, y, sobre todo: Olvídese de Manuela, mujeres hay muchas, me advirtió.
En casi todo le hice caso. Vivimos momentos felices.
Conocí sus amarguras más profundas, su sino fatídico de la soledad, la búsqueda del cariño perdido, su amor con rabia hacia los hombres, el afecto y la calidez de una mujer con el corazón bordado con hilos de desengaño.
Aquello duró hasta que Rubén, experto en galanterías y los intríngulis sexuales, comenzó a sospechar y su mamá decidió que yo tenía que volver a misa los domingos.
« Nadie es bueno, nadie es malo, completamente A veces fama o poder engañan a la gente No ve amigos, no hay hermanos, solo combatientes».
La cita es a las nueve de la noche; llega mucho antes.
Espera y espera y espera. El mánager le dice que los planes han cambiado.
No habrá entrevista previa, se subirán a una camioneta y ahí tendrá que aprovechar.
Cuando lo ve salir del ascensor, el tic en el cuello se le incrementa y se siente empapado de sudor.
Willie Colón trae puesto un blazer oscuro, camisa blanca, acompañado de un andar lerdo, ojos pequeños y el pelo plateado.
Las cejas tupidas y los párpados caídos le dan un toque de profundidad y picardía.
Es bajito, pero se ve gigante. El narrador sólo atina a decir: Mucho gusto, maestro.
No quiere parecer un fanático loco. Queda como un estúpido que no hila palabras.
Aunque desea con todo su corazón de salsero decirle que lo conocía desde niño, que la primera canción que escuchó suya fue «Julia» en un programa de televisión llamado Panorama , pero que en esa época no sabía cómo se llamaba; que la segunda que recuerda es «Tiempo pa’ matar», cuando se la cantó un amigo a los quince años; que «Corazón guerrero» era el himno de su vida; que la primera canción de salsa que aprendió a bailar fue «Asia»; que cuando estaba deprimido escuchaba «Ghana’e»; que siendo adolescente se quedaba pegado a la grabadora con el dedo en la tecla record para grabar «Sin poderte hablar» porque se la quería dedicar a un amor imposible del barrio.
Pensaba deslizar el casete por debajo de la puerta con un mensaje anónimo para que ella supiera que había uno del barrio que se moría por ella y que había tenido el detalle de grabar un casete.
Que en esas cuitas de recopilar canciones directo de las emisoras aprendió que «Amor verdadero» duraba siete minutos, casi lo mismo que «Gitana» y «Mi sueño»: lo sabía porque necesitaba acomodarlas en el casete que duraba una hora, de lo contrario le quedaban las canciones partidas.
Le quiere contar las veces que sus amigos en las rumbas cantaban «Ah-ah/Oh-no», y hacían el coro sonriendo, abrazados, y llevaban el ritmo pegándose en los muslos con las manos; que sabe mover las pupilas al ritmo del solo de piano de «Todo tiene su final».
No logra decirle que algún día va a escribir un libro sobre salsa y fútbol y que ha pensado titularlo Camino al barrio , después Corazón guerrero y Tiempo para matar , porque esas canciones dicen lo que él siente por el barrio Primavera; no le dice que iba a llamar a sus amigos muertos con nombres de salseros y que a su mejor amigo le pondría de apodo Willy en honor a él.
Nada de eso le dice. Solo le aprieta la mano y lo saluda: Mucho gusto conocerlo, maestro.