El entretiempo #2
Oba: Se necesita una pelota, un muro, un cuerpo completo y mucha motricidad.
Después de tirar la bola al muro para que rebote, el jugador debe hacer la acción física que ordena el juego.
La retahíla reza así: Oba, sin moverme, sin reírme, sin hablar, con una mano (lanza la pelota con la mano derecha), con la otra (con la izquierda), con un pie (levanta un pie), con el otro (levanta el otro pie), adelante (un aplauso), atrás (un aplauso con las manos detrás de la espalda), atrás y adelante (aplauso atrás y después adelante), adelante y atrás (a la inversa) y así continúa ascendiendo el nivel de dificultad.
Si la pelota cae, el jugador pierde el turno.
Este juego tenía dos cosas malas para mí.
Jugaba un solo participante mientras los otros esperaban impacientes a que perdiera para seguir su turno.
La segunda era que yo jugaba muy bien Oba, por lo tanto, a ellos les aburría, perdían interés y buscaban jugar otra cosa.
Con el agravante de que era un juego escaso de brusquedad, lo que lo hacía atractivo para las niñas.
Debía decidir si jugaba con ellas y mostraba mi habilidad quedando con fama de afeminado o si hacía actividades lúdicas de choque, en las que mi desempeño era fatal, recibía muchos golpes, pero conservaba la hombría intacta.
Por supuesto elegí el maltrato físico en lugar del escarnio público.
Oba, un juego ideal para solitarios. Rompía mis propios récords jugando en mi casa.
Trabajo de equipo, cero; riesgo, uno; motricidad, nueve; regaños de mi mamá por ensuciar la pared y hacer ruido en el muro, diez.
Chucha: Conocida también como La Lleva, consiste en perseguir a alguien y tocarlo. Similar a lo que ocurre en una carrera de postas, el jugador elegido debía perseguir a otros, alcanzarlos y tocarlos.
Era, soy y seré perezoso para correr, pero disfrutaba sudar con aquel juego básico, simple y agotador.
Tal vez para inyectarle emoción y vértigo inventaron la Chucha americana, cuya variación era que el perseguidor podía besar a la persona que tocaba.
Nunca vi correr con tanto desgano a unas competidoras como cuando las perseguían Guri Guri o Beni, y jamás vi acelerar, galopar, volar a una mujer tan rápido como cuando yo era el perseguidor.
Ejercicio, ocho; diversión para otros, nueve; decepción, diez.
«Y yo te pido un besito, y te cojo la manito».
Siempre es distinto. La cabeza se ladea un poco.
La boca se abre; alientos calientes se funden en un solo torbellino.
Una cúpula de calor. Ojos cerrados, humedad.
Saliva hecha con partículas de un deseo que sube al tálamo y libera dopamina.
Un susurro. Una pizca de aire escapa con un gemido leve.
Alucinaciones. Auras mezcladas. El cuerpo es esclavo de las órdenes de dos labios que succionan el arco de Cupido.
El labio inferior roza con delicadeza un pedacito del bermellón inferior de la otra boca.
Sincronía perfecta, matemática, los símbolos de «mayor que» y «menor que», mirándose fijamente, se absorben entre sí.
Las lenguas juegan coquetas como dos dagas que tratan de herirse de afecto.
Más humedad. Terminaciones nerviosas, carne delicada, suave, tibia, roja, rosada.
Conexión con movimientos intermitentes, a veces rápidos, otras lentos, a un solo ritmo de fantasías primitivas.
La morada del placer. El ósculo, el beso, el pico, es la primera nota de la música favorita del corazón.
Así imaginaba mi primer beso. Lo que sucedió fue diferente.
Un ósculo magro, torpe, baboso, inodoro y vacuo.
Un intercambio de babas sin sentido. No sabía qué hacer con la boca, si abrir mucho o poquito.
Chocamos los dientes; la nariz estorbosa impedía los movimientos.
Mi lengua era un ser independiente que se movía a su antojo, insegura, miedosa, como una lombriz recién salida de la tierra.
Aquel acto de dos neófitos tuvo muchos testigos.
Con timidez e insatisfacción retiramos nuestras bocas, ella se limpió la suya, y yo me quité sus babas de los labios.
Usted no sabe besar, confirmó, antes de sentarse desengañada. Beni volvió a girar la botella.
En vacaciones jugamos pico botella casi todos los días.
Aprovechando que la mamá de una noviecita de Beni se la pasaba trabajando, nos reuníamos por las tardes a practicar con las amigas de ella.
Guri Guri y Beni eran productores de los suspiros, La Chiva las hacía reír, Fruco y Payaso eran el premio de consolación, y yo, el castigo de la desolación.
Ellos eran los gallos alfa y yo, como el pollo subordinado, recibía las migajas, lo que sobraba, debía esperar a que el dominante comiera del maíz para poder acercarme a dar picotazos tímidos.
Sin embargo, para mí no eran relevantes las caras de reproche de ellas cuando les tocaba besarse conmigo.
Al fin y al cabo, era un ensayo, un nivel que había que superar para llegar preparado al momento de un hipotético beso con Manuela.
Muchas noches ensayé en el baño de mi casa: limpiaba el espejo, abría la boca y la acercaba lento al reflejo de mi propia cara, pero al cerrar los ojos no me veía, sentía el frío de la superficie lisa, movía la cabeza y la boca igual que lo hacían en las novelas.
En el pico botella atisbaba los movimientos de Guri Guri y Beni cuando besaban a La Pecosa y a La Negra.
Las manos de ellos actuaban con una gracia coreográfica, como los pájaros que saben volar con solo mover las alas.
Aquello era imposible para mí. Mientras estaba concentrado en usar lo mejor posible la lengua y los labios, dejaba las manos quietas, inertes, pues mis cinco sentidos estaban enfocados en no perderse en medio de aquella confusión de babas.
Los besos no se piensan, se sienten, enseñaba Guri Guri.
Se dan con pasión, con ganas, indicaba Beni.
Muy buenos conceptos teóricos. Sin embargo, a la hora de la práctica el alumno era un fiasco.
En una oportunidad, llevado por las ganas, acerqué tan rápido la cara que le di un cabezazo a La Negra; en otro momento, alucinado por una pasión indómita le mordí suavecito el labio a La Pecosa.
Según ella fui muy brusco, me dio una cachetada, se limpió la sangre y me sacaron del juego.
Al cabo que ni quería; ya estaba cansado de tanto ensayo sin sentido.
Esas crepusculares prácticas salivales me quitaron la virginidad de los labios y me dejaron incrustada una inseguridad afectiva para el acercamiento a las mujeres del tamaño de Australia.
«El padre no funcionaba en el Vaticano entre papeles y sueños de aire acondicionado y fue a un pueblito en medio de la nada a dar su sermón cada semana pa’ los que busquen la salvación».
Payaso se metió a monaguillo y nos volvió acólitos a casi todos, pero nos fuimos saliendo por las inhumanas exigencias que requería aquella labor: recibir órdenes, madrugar, estar serios, quedarse quietos y sonar una campana a la que nunca le pudimos agarrar el ritmo.
Eran actividades inadecuadas para nosotros, adolescentes gustosos del trasnocho, la recocha, el movimiento y el matoneo, aunque nosotros decíamos «montarla».
La única campana que queríamos escuchar era la del final de la clase en el colegio.
Jose, Payaso, aguantó algún tiempo, más por el desespero que generaba en su papá que por una verdadera vocación católica.
Disfrutamos verlo de monaguillo. No por orgullo cristiano, al contrario, nos divertía hacerle morisquetas durante la misa para tentarlo a ver si se reía, le hacíamos señas obscenas desde el público, y él, fuerte, se mordía los labios para no reírse.
Nuestras madres estaban felices porque queríamos ir a misa voluntariamente.
Si ellas hubiesen sabido las verdaderas y diabólicas intenciones, habrían tenido una paradoja de fe prohibiéndonos asistir a misa.
Un día Payaso renunció al catolicismo por diferencias de opinión con el cura.
El sacerdote opinaba que tocar las partes íntimas de mi amigo, y que él acariciara las zonas sacras del representante de Jesús, era una práctica fundamental para la purificación y el posterior ascenso al reino de los cielos.
El popular manoseum catolicum . Payaso, por el contrario, opinaba que esas zonas solo debían ser tocadas por una compañera del colegio de la que estaba enamorado.
Entonces, le contó a Pedro, quien a su vez le contó a Juanito, y como ellos eran de la misma opinión de mi amigo, fueron a contarle al cura sus diferencias de opinión con un argumento muy contundente: que si no se iba de Primavera en una semana, y si se enteraban de que seguía con esas mismas opiniones en otros barrios, ellos con mucho gusto iban a adelantarle el ascenso al reino de los cielos.
El cura, abusador astuto, como todavía quería seguir disfrutando del mundo terrenal, se tragó sus opiniones, puso pies en polvorosa y dejó al barrio sin representante de Dios por un tiempo, hasta que llegó uno que tenía unas opiniones muy distintas de cómo ganarse el cielo.
El padre Antonio le cambió la cara al barrio, hizo las misas divertidas, promovió varios partidos de la paz entre combos y celebró el bautismo de los hijos de mis amigos de Primavera.