Primavera El entretiempo
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El entretiempo

«La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes cómo no».

Ella es la metáfora de la perdición, del pecado, de la violencia y el miedo.

Es rumba, fiesta, reunión, convite, lienzo de artistas, cancha, salón de juegos y marcas de llantas.

Ella recibe a los que nadie quiere; es silla del cansado y cama del desterrado con colchón de brea.

Allí envían a los que muchos no quieren ver, y ella, sin preguntar, los acoge con su rostro gris y su textura imperfecta, rugosa y seca.

No discrimina por edad, dinero, sexo o raza; recibe a hombres, mujeres, niños, campesinos, indígenas, drogadictos, desplazados, maricas, borrachos, huérfanos, desadaptados, perdidos, muertos, carros viejos, nuevos, taxis, buses, motos, ratas, gatos y perros que se acuestan en su regazo de concreto para recibir el sol.

Ella escucha las historias y las reparte.

Aunque a veces es juez y a veces es juzgada, todos son bienvenidos.

Si la miras con atención, puedes ver sus cicatrices y tocarlas.

Líneas negras y gruesas como la pasta de un vitral.

La realidad le pasa por encima, pero estoica, con las suturas marcadas con brea, resiste hasta que un nuevo manto la cubre.

Muchas veces sus dueños le dejan las heridas abiertas, los huecos amplios, rotos que se llenan de agua para que salpique con rabia a los desprevenidos.

Ella es memoria, realidad y dureza. No se queja; se acomoda a las circunstancias: cuando tiene que empinarse, se empina; cuando tiene que ser plana, se acuesta; se estrecha como los ríos cuando necesita buscar la salida.

A veces es cerrada o choca con un muro, un potrero, o si alguien decreta, sin preguntar: Hasta aquí llegaste.

Ella es apellidos, números, apodos, señales, nombres de próceres, de caudillos, de decretos ilustres, de famosos de un día, de personajes arbitrarios que a veces ni la conocen.

La llaman la cuadra, la vía, el camino, la avenida, la arteria, el pasaje, el callejón, el boulevard , la rue, la street , la rambla, pero es mejor decirle la calle, y a veces su nombre se confunde con el verbo callar.

Ella vivía afuera de mi casa. En los dias lluviosos se formaban en los bordes arroyos pequeños que se metían escurridizos por unos huecos enrejados llamados alcantarillas que llegaban al río Medellín.

En Primavera le decíamos la 101, el plan, la 50 y la avenida.

Sirvió de asoleadora para la perra Canela, de caballete para que Payaso pintara a Papá Noel en Navidad, los escudos del Medellín, del Nacional, y los rostros de Andrés Escobar, de René Higuita y del Pibe Valderrama; en su cuerpo también se marcaron las áreas de una cancha inventada, los países del stop y los círculos del yeimis.

A ella le encantaba jugar y a nosotros jugar en ella.

«La-ra-la-la-la-ra-la-ra-la La-la-la-la-la-ra-la-ra-la La, la-la, la-la-la La-ra-la-la-la-ra-la-ra-la La-la-la-la-la-ra-la-ra-la La, la-la, la-la-la-la ¡Y vuelve otra ve’!

La-la-ra-la-ra-la La-la-la-la-la-ra-la-ra-la La, la-la, ra-la-la-la La-ra-la-la-la-ra-la-ra-la La-la-la-la-la-ra-la-ra-la La, la-la, la-ra-la-la».

Yeimis: Hay que poner los pedazos de ladrillo uno encima del otro para formar una torre pequeña.

Con una pelota de goma, de carey, de trapo, plástico, o de lo que sea.

El jugador la lanza duro con la intención de tumbar la torre.

El resto de los jugadores deben volverla a armar evitando ser golpeados con el balón.

La Chiva tenía mucha puntería, por eso no dejábamos que él ponchara.

Muchas veces terminamos con la espalda llena de moretones.

Una pelota de carey debería ser considerada un arma de alto riesgo.

Jugamos muchas horas en la calle como un entrenamiento de la motricidad fina, la agilidad y el manejo del estrés.

Armar una torre con la presión de un posible balonazo en la cara no es cosa fácil.

Correr eludiendo la bicicleta, el carro, los transeúntes y a la perra Canela tampoco era tarea sencilla.

El mejor jugador para esto era La Chiva.

El peor, por ser algo que requería rapidez en los pies y fuerza en los brazos, era yo.

Habilidad, siete; estrategia, seis; puntería, ocho; estrés postraumático por la marca de la pelota de letras en la cara, diez.

Cero contra pulsero: El participante elegido para comenzar el juego dobla el cuerpo, pone las manos en las rodillas y los demás participantes deben saltarle por encima recitando una frase que rime con el número en cuestión: uno, la de bruno; dos, pataclós; tres, litro litro; cuatro, monte sacro; cinco, de aquí te brinco; seis, mi primer planchazo…

En el seis paraba a quejarme porque Guri Guri era el más gordo y caía sobre mi espalda con su abundante humanidad.

No comprendo cómo conservé la columna después de ese juego.

Óscar era ágil cual chimpancé, saltaba muy alto sin necesidad de mucho impulso; los demás debíamos aplicar con gran concentración la tercera ley de Newton, acción y reacción: si alguno saltaba con una acción insuficiente, provocaba una reacción de risotadas en los demás.

Riesgo, ocho. Nivel de fracturas, siete. Agilidad, nueve.

Arranca yuca: Se requiere un poste o un árbol, incluso, la reja de una ventana y mucha fuerza. El participante elegido para hacer las veces de yuca se agarra del poste con vigor, algunas veces lo abraza. Los otros deben arrancarlo de allí tomándolo por la cintura.

No estaba permitido hacer cosquillas, pellizcar, morder ni ninguna otra estratagema para zafar al competidor.

Era un juego de fuerza. Payaso parecía una garrapata aferrada a una vaca.

Entrelazaba los brazos y por más que tirábamos de su lánguido cuerpo era imposible despegarlo.

Así era con todo, contumaz; cuando se le pegaba una idea nadie la arrancaba.

Se veía una larga fila de niños que hacían gala de su fortaleza, y muchas veces por la inercia caíamos al suelo entre risas y uno que otro golpe, quedábamos arremolinados, lo que desencadenaba otro juego tan inseguro como feliz: ¡Carga montón!

, gritaba alguien, y acto seguido nos lanzábamos encima de alguno haciendo una montaña humana de felicidad y magulladuras en el cuerpo.

Fuerza, nueve; estrategia, cinco; diversión al caer al piso uno encima del otro, diez.

Stop: Juego geopolítico. Con una tiza se dibuja un círculo en la calle, a esa circunferencia se la llama Stop, y de ahí se desprenden líneas como si formaran un mapa mental en el que cada línea recibe el nombre de un país.

Un jugador representa a una nación. La persona-país que tiene el turno arroja la pelota hacia arriba anunciando, por ejemplo: Rusia declara la guerra contra los invasores de…

Estados Unidos. Los jugadores corren. El representante del país nombrado debe llegar al centro y gritar: ¡Stop!

En ese instante los otros quedan congelados.

Entonces, el Tío Sam observa quién está más cerca y calcula a cuántos pasos está de él.

Si acierta, gana un punto; de lo contrario recibe una pena.

Los castigos más comunes consistían en soportar coscorrones de cada participante, hacerse en un muro y recibir balonazos, o decirle algo indebido a alguien.

Prefiero el dolor físico a la vergüenza.

Por eso, soportaba estoico mil coscorrones o decenas de balonazos a cambio de no tener que ir a decirle nada a Manuela o a cualquiera de las muchachas: una frase bonita, un poema o un insulto.

Si me tocaba hacerlo, los cachetes se me ponían rojos, las palabras quedaban bloqueadas entre salivas de vergüenza.

Es una práctica de evasión que he conservado por décadas para no enfrentar a las mujeres.

Nivel de conocimiento, cinco; perspectiva visual, siete; agilidad y atención, ocho; vergüenza, nueve.

Esconde la correa: Actividad lúdica que consiste en hacer una parodia del castigo paterno.

Un jugador esconde la correa en algún lugar y los otros deben encontrarla.

La única forma permitida de ayuda es proclamar manifestaciones climáticas en las que, a mayor temperatura, más cercanía con el tesoro.

Frío, frío, congelado, frío, frío, tibio, tibio, se está calentando, caliente, caliente, caliente, hirviendo, ¡se quemó!

En ese momento el participante que ha encontrado el objeto se dispone a repartir correazos a los otros jugadores/víctimas.

El castigador debía tener el cuidado de no golpear a los demás con la hebilla de la correa.

Muchas veces esto no se cumplía. Por ello, la velocidad era un factor clave.

En este juego inocente quedarse quieto no era una opción aconsejable.

Una enseñanza para la vida, siempre estar en movimiento.

Así mismo, era una especie de entrenamiento para soportar los castigos de nuestros padres.

A Willy una vez el papá le dio una tunda con la misma correa que había sacado sin permiso para jugar.

En cambio, a La Chiva… le fue peor: don Ismael un día le dio una pela tan fuerte que le quedaron marcas en el cuello.

Jhonny le aseguró al profesor que esos golpes habían sido causados por jugar esconde la correa.

El maestro envió una nota a los padres recomendando cuidar a su hijo de las actividades peligrosas.

Entonces don Ismael, experto en la pedagogía de la contradicción y la violencia, le volvió a dar correa a su hijo por mentiroso.

Velocidad, ocho; estrés, nueve; suspenso, nueve punto cinco; pomada para después de los correazos, diez.