Primer tiempo #6
El narrador llega con un equipo de televisión al barrio.
El periodista le dice al camarógrafo que grabe cada detalle, cada saludo del narrador a quien sea.
Mira con atención, hace un paneo de la cuadra y se queda concentrado.
Observa la fachada de la que antes fuera su casa; ahora tiene dos pisos.
La acera está cercada por una reja negra que antes no existía.
Sin preguntar, corre el seguro, que produce un ruido metálico, y entra, se para en las escalas que dan al segundo piso por fuera de la casa y toca el muro, una construcción de ladrillo al aire en la que hay unas letras que se escribieron hace mucho tiempo con pintura blanca y que siguen ahí después de veinticinco años, letras sin sentido para el que no sabe la historia.
Solo hay un nombre legible y es, claro, el nombre del narrador.
Pone las manos en las letras y se queda ahí unos segundos.
Yo, que sé lo que piensa, puedo decir que se le vienen recuerdos rápidos, como en una película, con ráfagas de imágenes en milisegundos: personas caminando, perros corriendo, motos acelerando, gente bailando, señoras gritando, niños riendo, una balacera, mujeres que murmuran, papás ebrios discutiendo en la tienda, otra balacera, rumba, botellas, una lora, una perra, más borrachos, un balón que baja por la calle y atraviesa un arroyo minúsculo que sale de una alcantarilla con la tapa medio abierta y que se convierte en sangre; las caras de sus amigos, de los papás, de la gente que habitaba el barrio.
Esas imágenes se superponen en un collage dramático al igual que esas películas de planos disruptivos y filtros caleidoscópicos.
El narrador retira la mano de la pared y vuelve al presente, pero nadie nota nada en esos dos segundos que han pasado.
El narrador le pregunta a la señora, una mujer que salió a ver quiénes eran los de las cámaras, si conoce a fulano, a perano, a sultano, pero nada, ella no conoce a nadie, es nueva en la cuadra, y el narrador le cuenta con una sonrisa tímida y cómplice que él vivió en esa casa donde ella vive ahora, que la acera era abierta y que él pintó ese nombre en la pared y le dice que gracias por no borrarlo, que por lo menos algo no ha muerto.
La señora sonríe, un poco por educación, un poco porque sonreír es una buena salida cuando no se sabe qué decir.
Ella aún no tiene anclas emocionales en esas calles.
El periodista nota el posible momento emotivo y le pregunta al narrador: Qué siente al ver esta calle de nuevo, y el narrador le da, sin pensar muy bien, las respuestas clichés que se dicen en las entrevistas.
Habla del pasado mientras mira hacia las casas del frente: ya tienen cuatro pisos, antes tenían uno o dos, ahora todas las aceras tienen rejas y las puertas están cerradas.
Este barrio se llama Primavera, pero no es mi Primavera, piensa.
Lo agarra la decepción, un desconsuelo profundo, la desazón de la realidad del tiempo.
Como aquel inmigrante que vuelve a su país después de muchos años: se sorprende al ver las calles en direcciones contrarias, los locales viejos con negocios nuevos, siente que ya no pertenece ahí, entra al Astor en la calle Junín a recordar su pasado con el sabor de un mazapán en forma de ranita y añora una y otra vez lo que fue y ya no es, paga la cuenta, y a los días regresa a su nuevo país con el que tampoco se siente plenamente identificado, y le da la depresión del regreso, hasta que la vida le va mostrando, a través del trabajo, las calles anchas, los otros inmigrantes, los hijos que hablan un idioma distinto al suyo, que esa época se esfumó, ya no existe, y que, así uno vuelva a donde amó la vida, lo que fue no volverá jamás.
El narrador, extranjero en mi propia tierra seré del mundo , se sienta en las escalas de la que fue su casa y en el mismo escalón donde vio el carro cascón dar bala contra unos vecinos, mete la cabeza entre las manos, se acurruca y rompe en un llanto bajito, en un gemido tímido.
El periodista, emocionado por dentro y mostrando empatía por fuera, mira al camarógrafo y le dice en voz baja: Grabe, grabe, zoom a la cara.
Ambos entienden que eso da rating , el narrador también, cae en la cuenta de que lo verán llorar por televisión, pues sabe que la lágrima prende televisores, celulares y tabletas.
Para en seco, se limpia las lágrimas con rapidez: Qué pena, qué pena.
El periodista propone seguir recorriendo el barrio; el narrador le responde que ya no hay mucho que mostrar.
La señora pregunta: Y este programa cuándo sale.
El periodista le responde, por cumplir, que en dos semanas, sigue interesado en el narrador y como último recurso le pide a la doña que los deje entrar a la casa.
El narrador piensa que, si con solo estar afuera le dio eso, entrar al lugar donde vivió, delante de las cámaras, sería peor.
Mejor vámonos y le muestro la oficina donde trabajo.
El periodista decepcionado por dentro, sumiso por fuera, le dice al camarógrafo: Corte.