Primavera Primer tiempo #5
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Primer tiempo #5

Un día, Canela, la perra de la casa de don Alonso, estaba tomando su acostumbrado baño de sol en la mitad de la calle, detrás de las piedras de la portería, y el viejo nos chuzó el balón, lo miramos con ira y frustración y entonces Rubén bramó: ¡Rafa fafá fafaaaá, viejo hijueputa!

Quitó a Canela y con una de las piedras de la portería le quebró el vidrió de la ventana.

Primavera sintió el estruendo de los pedazos al caer.

Más se demoró el viejo en salir con su cara de hurón rabioso y cuchillo en mano que nosotros en poner pies en polvorosa para nuestras casas, a donde llegó después la hija de Rafael a poner la queja.

Que vea que su hijo nos quebró el vidrio, que vea que mi papá está que le da un infarto porque esos muchachitos lo provocan, que cómo vamos a cuadrar el daño, que quién lo va a pagar…

Del daño al balón no comentó nada. Como es menester corregir infantes en lugar de alinear adultos, a nosotros nos tocó pagar el vidrio con la escasa plata que nos daban para comprar algo de comer en el colegio.

El viejo nunca pagó el balón. El perfecto equilibrio de la existencia que los místicos llaman karma se la cobró después cuando la artritis lo poseyó y trataba de agarrar el balón y el cuchillo al mismo tiempo, pero las manos no le respondían.

Parecía un espectáculo cómico absurdo: se le caía el balón, trataba de recogerlo, se le zafaba el cuchillo, trataba de apuñalar el balón y se le deslizaba de nuevo por un lado.

Un show que nos hacía reír hasta que salía la hija, heredera de la amargura de su padre y le quitaba el balón: Pa, deje la pendejada, y nos tiraba la pelota a nosotros con la advertencia: Bueno, respeten pues, que ustedes también van para allá.

Pero por ahí en ochenta años, le respondía La Chiva y se oían las carcajadas sonoras de nosotros.

El viejito, derrotado por la vida y humillado en su orgullo por la vulnerabilidad que traen los años, se metía con sus manos en forma de gancho, refunfuñando: La próxima les quito ese hijueputa balón.

Beni, La Chiva y yo, como buenos jóvenes, soberbios y vengativos, poníamos las manos torcidas y lo imitábamos exagerando los movimientos, parodiando el hablado de un viejito con tos: La próxima, les quito el balón.

¡Cof cof cof! Éramos crueles, sí. Hoy treinta años después no me arrepiento.

Romperle un balón a un niño es un atentado contra la alegría, porque, como dice Villoro, Dios es redondo.

Volvamos a cuento. Estaba explicando las razones por las que un partido en la calle se termina: hasta que hubiera alguna pelea entre nosotros o hasta que dijéramos El último gol gana.

Como se jugaba en plena calle, las interrupciones eran variadas: un carro que pasaba, una señora con el mercado, un perro que perseguía la pelota y había que quitárselo antes de que le sacara el aire, algún llamado de un progenitor para un mandado o cuando había un evento fortuito: una balacera.

Era de noche. Yo estaba al gol esperando que me metieran a jugar, acompañado de Canela, que se deleitaba ruñendo un hueso.

Al fondo sonaba Por eso, niña, te pido que no me guardes rencor, yo no puedo darte amor ni vos podés darme olvido ...

Las Abuelas en la acera se burlaban de una de ellas porque le gustaba un profesor y él había hecho caso omiso a sus propuestas.

Ella se defendía diciendo que tan güevón ese profesor, que acaso lo quería para casarse, y soltaba la carcajada.

La hermana le decía que ni tan bobo porque no se iba a poner a pagar cana por un polvo.

Como yo todavía estaba afuera del juego, me les fui arrimando con disimulo para escuchar la conversación.

Decidí participar con un chiste de hípica que me había enseñado mi papá: Eso es un cinco y seis: cinco minutos de placer por seis años de cárcel.

A pesar de la carcajada de todas, me bajaron de la nube con un: Veeee este tan metido.

Gracias a Dios hicieron el gol en ese momento y me llamaron a jugar.

Bobby y Richie, dos pelados de la 50, bajaban en bicicleta despacio, uno iba sentado en el marco y el otro en el sillín.

Juegue pues, acosé a Jose. En lugar de moverse abrió los ojos, asustado.

Sin saber, casi choco con ellos. Solo alcancé a decir: Ay, qué pena, disculpe.

Aunque yo conocía a Bobby, cuando nuestros ojos se cruzaron mi sangre se metió para adentro, se me heló el cuerpo.

No estaba ni bravo ni feliz; tenía esa mirada neutra que daba miedo.

Como la mirada de una vaca. Ojos de terror que solo volví a ver cuando me encontré de frente con los milicianos.

Bobby, mudo, siguió de largo. La pelota rodó.

Pedro estaba en la acera conversando con Salomé, que tenía una camiseta holgada y unos chores que hacían las veces de piyama.

Dios sabe cómo hace sus cosas, o la suerte es mañosa o fue simple coincidencia.

Los matones llegaron en la bicicleta justo cuando ella cerraba la puerta y él volteaba hacia la calle, por eso alcanzó a ver cuando Bobby sacó el arma.

Pedro tomó la decisión más importante de su vida: no regresó a tocar la puerta de Salomé porque, mientras ella sentía la puerta y regresaba a abrir, él ya estaría muerto, recostado en el marco bañado en su propia sangre, y como no tenía armas, lo único que podía hacer era subir por las escaleras al segundo piso.

Todo eso lo pensó en un microsegundo. Y lo hizo: se trepó escalas arriba como un gato.

El primer balazo que escuchamos pegó en el muro, el segundo, que nos hizo parar el juego, se perdió en el aire.

Tengo esa foto mental del gatillero apuntando hacia la terraza: llevaba una camiseta blanca que le quedaba muy grande y una pantaloneta oscura.

El tercer disparo, que nos hizo correr, dio en la lámpara de la luz cuando Pedro brincaba por las tejas.

El cuarto, lo escuchamos tratando de entrar a la casa de Las Abuelas, que ya iban a cerrar la puerta, pero Payaso brincó y le pegó una patada voladora que la abrió de par en par y nosotros entramos a escondernos de las balas.

A doña Celia casi le da un infarto cuando escuchó los tiros y después un estruendo en su puerta; pensó que le habían tirado un petardo en la casa.

Nosotros agachados en la sala y Pedro recibiendo el quinto balazo en la costilla derecha, el que lo tiraría al suelo, o mejor, al techo, con tan buena suerte que con la oscuridad Bobby no pudo ver dónde había caído.

Se sintió inseguro. Ya había gastado cinco de los seis Indumil que tenía.

Se montó en el sillín de la bicicleta, le dio la orden a su compañero y desaparecieron calle abajo como balas que lleva el diablo.

Silencio. Un minuto después Primavera salió en desbandada a ver qué era lo que había pasado.

Don Ismael llegó con su pistola en la mano, dispuesto a defender la cuadra: Ya pa’ qué, guarde eso, le ordenó Margot desde la puerta envuelta en una cobija, y él, sumiso, en pantaloneta y sin camisa, se metió en la casa con su pistola y el orgullo más aporreado que Pedro.

Entre varios bajaron al herido del techo, acompañados de los lamentos desesperados de Salomé.

Se le veían las tetas sin brasier rozar la blusa y bambolearse a su suerte debajo de la piyama.

Y empezó ese chismorreo de Las Marujas: que yo vi cuando Pedro se subió al techo, que eran cinco manes, que Bobby casi se choca con este bobo, que nosotras estábamos escuchando música y no oímos nada, que esto se va a calentar, que esto ya se calentó, que vea este casco de Indumil que me encontré, que todavía está caliente, que dónde está Juanito, que deje y verá cuando Juanito se entere, que esto se puso muy maluco desde que mataron al Ratón en la tienda, que calle esa boca que no se puede hablar de nadie.

Paremos un taxi. No hay tiempo de parar taxis, yo me lo llevo al hombro…

Lo llevaron al hospital y nosotros nos quedamos sin saber que la vida en Primavera ya había cambiado para mal, sobre todo para mis amigos y para mí.

Mi mamá me llamó desde la puerta. Mami, ya voy, espere un momentico.

Pero nada. Que vengás pa’ adentro, culicagado, Pero, mami.

Que pa’ dentro le dije, le hablé culicagao.

No bien entré a la casa mi mamá comenzó la cantaleta: Usted no me vuelve a jugar hasta tarde, ¿me oyó?

, cuando yo le diga pa’dentro, es pa’dentro...

Pero, mamá... No me conteste, sentenció.

Cuénteme qué fue lo que pasó, que yo estaba viendo Café .

Yo no vi nada, mami, ni alcancé a tocar el balón, no ve que siempre estoy al gol.

«Vieja calle de mi barrio donde he dado el primer paso, vuelvo a vos cansado, el mazo en inútil barajar, con una daga en el pecho, con mi sueño hecho pedazo, que se rompió en un abrazo que me diera la verdad».