Primavera Primer tiempo #4
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Primer tiempo #4

Llegamos al estanquillo. Estaban Juanito y Pedro esperando unas salchipapas.

Los saludé mirando al piso, con disimulo, todavía con miedo.

Ellos ni se fijaron en mí. Beni le gritó al mocho: Mocho, una garrafa de guaro si me hace el favor.

Sonaba «Piraña», una canción del grupo Los Tupamaros.

Comencé a bailar solo haciendo de histrión mientras nos traían el aguardiente.

No, parce, se mueve más una babosa en un arenero, se burló Beni.

Hubo risas de los clientes. Pedro me miró con ojos sibilinos, perdí el equilibrio y en ese instante inició mi viacrucis: una señora trató de coger una salsa rosada, tropecé con ella y la salsa cayó justo en mis tenis blancos.

Cristo cae por primera vez. Ella ni se dio cuenta.

Iracundo por dentro y acelerado por fuera paré en seco: Mocho, pasame un trapo y me limpio, gruñí.

Sin revisarlo lo deslicé de inmediato, pero los tenis quedaron manchados con otra salsa que tenía ese mugroso pedazo de tela, los colores se mezclaron en el lienzo de mis zapatos.

Si hubiera estado solo habría chillado como un niño grande.

Fragilidad. Mis sueños de comer salchipapas con Manuela se mancharon de salsa; se fueron al traste los esfuerzos de una semana ansiosa.

Bloqueado por haber ensuciado mis tenis semaneros, domingueros y únicos meros, abrumado por la derrota, solamente quedaban la dignidad y la buena educación.

Me puse de pie, agarré la garrafa, le ordené a Beni que pagara y al señor del estanquillo le dije digno y elegante: ¡Gracias por el trapo, Mocho gonorrea!

, y usted, ponga más cuidado, ¡vieja bruta!

Salí rápido con mis tenis vueltos una melodía, las burlas de Beni y la mirada de Pedro en mi espalda.

Cuando volvimos a la fiesta me sentía insignificante en medio de mis amigos.

No salía del estupor. Traté de desviar la atención hacia un defecto de tartamudez de Beni, pero fue peor.

La respuesta me dejó grogui: Gagueo como gaguean los pies suyos pa’ bailar, sentenció.

Quedé tirado en el piso. Cristo cae por segunda vez.

Ellos estallaron en una risotada que hizo que los grandes voltearan a mirar.

Los ojos de Manuela se pararon de la silla y vinieron hacia nosotros.

Mi cara era del color de mis tenis. ¿De qué se ríen?

, preguntó. Estaba moribundo. Faltaba el remate: Es que estamos apostando a que usted no es capaz de sacar a bailar a Porkis, le bromeó La Chiva.

Ella sonrió y me agarró de la mano. A pesar de sentir su palma caliente, que me llevaba como a un niño, estaba lívido y creo que morí un poquito.

Ni recuerdo de qué habló, yo solo balbuceaba: No, Manu, pero es que yo no sé bailar esta música.

Llegamos al calvario: la mitad de la fiesta.

Manuela se paró frente a mí y bajó la cabeza.

Cristo cae por tercera vez. Esa mancha se quita echándole soda con vinagre y bicarbonato, dijo y sonrió.

¡Jueputa, me sonrió!, como en mis sueños.

Comenzó la canción y yo temblaba. Tranquilo, relájese, bailemos.

Me apretó contra ella. No escuchaba la canción, solo sentía mi corazón en su diástole y sístole como un tambor.

¡Bum, bum, bum! Su perfume era de una dulzura insana.

Me rodeó con los brazos y yo me dejé. Los muchachos burleteros miraban desde lejos.

Sonaba «Hotel California». No perdí el paso, uno no puede perder lo que no ha tenido.

Ojalá hubiera sido un merengue. Pero eran baladas americanas, esa música que se baila a ritmo de zombi: leeeeentoooo, leeeeentooo, leeeeentooooo.

Y Manuela toda comprensiva me susurraba al oído: Despacio, tranquilo, despacio, y yo le daba despacio, concentradito, y ella seguía insistiendo: Despacio, despacio.

Recibí sumiso las instrucciones, transpirando vergüenza, nervioso, pegadito a ella.

No lo creía. ¡Estaba bailando con Manuela!

Pero cuando uno va para abajo no hay quien lo ataje.

El aroma de su perfume penetró en lo profundo de mis fosas nasales y produjo un estornudo que me agarró desprevenido.

Reaccioné y alcancé a echarlo para adentro.

Mi cuerpo tembló, ella se asustó. Angustia.

Sentí llegar un segundo estornudo. Vergüenza.

Mis amigos vieron a un joven salir corriendo desde el centro del baile, abriéndose campo entre las parejas.

Cristo es clavado en la cruz. Manuela se quedó sola en la mitad de la canción, me vio correr con la mano en la nariz por miedo a quedar en evidencia como un mocoso.

Llegué a donde mis amigos abatido, con el ego apachurrado.

Su coro de risas acompañaba la ira con la que me limpiaba los mocos de la nariz.

Cuando terminé de limpiarme mis vergüenzas nasales, ella estaba conversando con Juanito y comían salchipapas.

Cristo murió en la cruz. Ese día decidí no volver a usar tenis blancos y aprender a bailar.

«Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar, con el tumbao que tienen los guapos al caminar».

«¡A mí me van a matar! No vine a este mundo a morirme de viejo.

Así morirá usted. ¿Yo? Yo moriré a bala.

Vea, parce, desde que vi morir al primero, cuando tenía siete añitos y a mi tío lo mató la policía, supe que nos vamos a morir.

¿No le parece muy bravo eso? Todos vamos a morir, usted, yo, mi mamá, Juanito, el presidente, el papa, todos estamos en esta carrera a ver quién se muere de último.

Entonces yo pienso una cosa: si la muerte anda por ahí, porque dígame si no, que la muerte ama a esta ciudad, se mantiene acá metida esa hijueputa, es porque está enamorada de nosotros.

No será por bonitos, pero le gustamos. Entonces, ¿qué es lo que busca la muerte?

La pobreza. A ella le gustan los pobres, los mugrosos como nosotros.

Cuando está aburrida hace un derrumbe y se lleva veinte en una sola tacada pa’ cuadrar caja.

A ella le gustan los pobres, o cuándo ha visto avalancha en El Poblado.

A los barrios de ricos llega la muerte de vez en cuando, pero ella vive con nosotros, ¿ah?

Por eso ella viene y, pum, hace una balacera y ¡taque!

, ¡taque!, ¡taque! Vuelan pedazos de malparido pa’ toda parte.

A veces la escucho que me habla: ¡Disparáááá, disparáááá!

, me dice la muy piroba. Yo, que soy un man obediente, le hago caso.

Ja, ja, ja… No me arrepiento… A lo serio, digamos que, si todos vamos para allá, pues les hice un favor y llegaron de primeros…

¿Sabe qué? Necesito plata pa’ comprar un Mercedes, ponerme una pinta bien elegante, a ver si la muerte no me reconoce, me hago pasar por ricachón.

Es que a mí me van a matar, por eso le digo, Porkis, si ella vive rondando este barrio buscándonos a nosotros, pues le volteamos la torta y la buscamos a ella.

Yo la estoy buscando hace años y ella me corre.

Hace poquito me dispararon y el tiro pasó por un lado, cerquita; quedé pasado a pólvora.

A eso huele la muerte, a pólvora, a candela y rosas de velorio.

Esa noche el tiro pegó en la pared, ¿ah?

Eso es ser uno muy de buenas, o muy de malas, porque pa’ vivir en esta mierda; la muerte es un alivio.

Por eso la busco, parce, o la mato yo o me mata ella.

Soy joven y la forma más fácil de encontrarla es a bala.

Uno en un barrio de estos tiene que ser muy de buenas o muy santo pa’ morirse de viejo, pensionado y rodeado de nietos…

Las putas y los pillos no llegamos a viejos.

Bueno, las putas brutas, porque putas viejas es lo que hay.

¡Ja, ja, ja! Entonces, ya sabe pues, si viene la muerte no se vaya a poner a atravesarse, que donde a usted se lo lleve primero que a mí qué gonorrea vivir con ese remordimiento.

No se ponga a joder con nosotros, parcero, que ya le dije: a mí me van a chuliar rapidito».

Pedro echó un trago a una piedra con la solemnidad de un ritual, se puso de pie y gritó: Acá estoy, malparida.

¡Vení por mí!, la retaba borracho y empepao.

Pedro nació con el destino del huracán, arrasar con todo y desaparecer.

Otros, como el árbol, se amarran a la tierra con raíces profundas y sobreviven a pesar de los fuertes vientos.

«Mete la mano en el bolsillo, saca y abre tu cuchillo y ten cuidao».

La cancha era la calle. Las porterías se construían con piedras, adobes o las tulas de la escuela.

La acera era la tribuna. La duración de un partido era hasta que nos llamaran para la casa, Éntrese paentro, me hace el favor, decía mi mamá; hasta que el cansancio amainara las ganas o hasta que se fuera el balón a la casa de Rafael, un viejito que, con el mismo cuchillo que mataba los marranos en diciembre, apuñalaba el balón.

Se oía el aire salir como un suspiro lento.

Nosotros, consternados e impotentes, mirábamos la pelota morirse despacio entre las manos de Rafael, que, con sonrisa de sádico, se complacía al ver nuestro juguete volverse pequeñito.

Nos tiraba el cuero inerte a los pies y nos decía: Sigan jugando.

Con el cuchillo en la mano cerraba la puerta y se metía a la cueva con su amargura de metro cincuenta.