Primavera Primer tiempo #3
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Primer tiempo #3

La moda llegaba tarde a mi casa. Mi mamá compraba los zapatos que habían estado de moda el año pasado.

Fue la época de mis tenis blancos. Mamá los había comprado para la clase de Educación Física del colegio, y yo los tenía programados para un bingo bailable en la casa de Las Abuelas.

Los mayores iban a recoger fondos para comprar las camisetas nuevas de La Fania.

Ahorré mi plata del colegio, dejé de comer el pastel de guayaba de la tienda de doña Nubia, tomé agua de la llave, me fui caminando dos días, me quedé con una devuelta de un mandado que le hice a mi mamá y le saqué plata de un bolsillo del pantalón a mi papá.

La meta era invitar a Manuela a comer salchipapas, tenerla más cerca y conversarle de alguna cosa.

Mis pies, libres de hongos, eran como mis tenis: hermosos, blanquitos y limpios.

El viernes Jose insistió en que jugara: No puedo, mi mamá me regaña, le dije.

Ah, qué loca, exclamó Beni. Si hay algo que a uno lo hace sentir como un marica es que lo tilden de marica delante de otros, así sea por una maricada.

Conclusión: había que mostrarse duro. Jugué, perdimos y ensucié mis tenis blancos.

Llegué directo al lavadero. Con un cepillo que antes era de dientes y jabón Rey los estuve azotando durante largo rato, y lo que antes era blanco quedó amarillo.

El pantano se fue, pero dejó unas manchas pavorosas que los hacía parecer viejos.

Impotente, ante una mugre que ganaba la contienda, daba vueltas ansioso con un zapato metido en una mano y el cepillo en la otra a punto de llorar.

Fue ahí cuando recordé a Blanquita, una mujer afro que anunciaba en televisión el límpido JGB.

Salí corriendo para la tienda de Andrés a pedir un tarro de límpido fiado: Que si hace el favor y se lo anota a mi mamá.

Volví a la casa, eché en un balde agua con medio litro de límpido esperando que quedarán «blanquitos por montón», como decía el comercial.

Los dejé en remojo debajo del lavadero, detrás de una caneca para que mi mamá no los viera y me echara cantaleta.

Como el que puede tiene, y el que no, sueña, imaginaba que comería salchipapas con Manuela, ella limpiaría la salsa de mi mandíbula, toda tierna, como una novia. Con esa imagen me encontré a Morfeo.

A la mañana siguiente los tenis estaban puestos encima del lavadero, con la lengua abierta para dejar que el sol los bañara con su luz; los cordones amarrados del tendedero se mecían serenos con el viento.

Mamá había sacado los tenis del límpido y los había puesto al sol antes de irse para el trabajo. Dios bendiga a mi mamá.

Habiéndome librado del desasosiego de mis zapatos sucios, me emperifollé para el bingo: un bluyín y una camisa que me había regalado mi tía en Navidad.

Me unté gomina en unos pelitos rebeldes y agarré la loción Mesmerize que mi papá le compraba por catálogo a doña Pastora, la peluquera.

Me transformé en un Juan Tenorio, un conquistador feliz.

Acariciaba la camisa en la barriga como planchando para que no salieran arrugas.

A las siete de la noche me asomé por la ventana y no había nadie en la calle.

A una fiesta no se llega de primero ni se sale de último.

El corazón bombeaba ansiedad, no solo por Manuela, sino porque no sabía cómo iba a reaccionar Pedro.

El tiempo caminaba lento. La agitación hizo que llamara a la voz chillona de la muñeca que daba la hora más de cinco veces: «Son las…

dieciocho horas, treinta y nueve minutos y dos segundos.

Piiiiiii. Son las… dieciocho horas, treinta y nueve minutos y diez segundos. Piiiiii».

Decidí quedarme parado al lado de la puerta hasta que vi a Beni.

Pasamos a recoger a Payaso, luego recogimos a La Chiva.

Recoger es un decir; la casa de Las Abuelas quedaba a cuatro casas de la mía.

Nos hicimos en la acera del frente. Los grandes estaban rodeando una mesa Rimax .

Manuela, por ningún lado. Ana, la mamá de Guri Guri, me saludó y comentó que yo cómo estaba de lindo.

Cuando las bonitas nos dicen cosas bonitas a los feos, nos hinchamos por dentro.

Ella siguió acomodando en una esquina un bafle que estaba unido al equipo de sonido por medio de un cable que sacaron por la ventana, por la misma parte iba la extensión de energía para la freidora de las empanadas.

Manuela no daba señales de vida. Sacaron la freidora.

Doña Celia alcanzó a tomar tres aguardientes y Manuela sin aparecer.

Las tías y primas de ella entraban y salían con copas, vasos, botellas y naranja picada en casquitos.

Sonó «Ojitos negros» de El Gran Combo, esos ojitos negros que me miraban, esa mirada extraña que me turbaba…

Manuela, desaparecida. Salió Rubén, Guri Guri; tuve ganas de preguntarle por su prima, pero no supe qué excusa inventar.

Me contuve y seguí disimulando para no mostrar el hambre.

De pronto, el filtro de blanco y negro que definía la noche se transformó en un cuadro multicolor.

Apareció, brotó, floreció ella: las estrellas brillaron, las nubes formaron su silueta, la luna que estaba en menguante se llenó, el cosmos se paralizó, el viento zumbó su nombre, fue hermoso.

Eso solo pasó en mi cabeza, en la vida real salió Manuela y se sentó en una silla haciendo carrizo.

Tenía el peinado de moda: una cola de caballo, una capul grande en forma de rosca hacia adentro le cubría gran parte de la frente y destacaba esos ojazos negros; unas sandalias de tacón alto la ponían por encima del resto, un jean blanco le formaba la silueta, una correa brillante abrazaba su cintura, y una blusa azul, con leve escote, dejaba ver un dijecito dorado en forma de luna sobre su piel de arequipe.

Con los ojos fogosos de quince años la veía como a una diosa amazónica de las que salían en la televisión, nada que envidiarles a las nubecinas de Nubeluz .

Mis amigos, mis tenis blancos, mis nervios y yo, parados al frente de Las Abuelas, recogíamos la plata para comprar una garrafa de aguardiente.

Beni y yo siempre íbamos a comprar el trago.

Siempre. Podíamos caminar callados un rato sin sentirnos incómodos.

La amistad como el amor también es disfrutar juntos los silencios.

Cada uno pensando en sus cosas. Mundos distintos conectados por la compañía.

En la cabeza bailaba Manuela, si yo encuentro esos ojitos voy a ser feliz …

Cavilaba en lo linda que era y que gracias a Dios tenía mis tenis nuevos; pensaba en cómo se reía de bonito, así tuviera dos dientes de abajo un poquito descuadrados y un barrito rojo lo más de poético en la sien, que le daban esa perfecta imperfección de las diosas.

Si yo encuentro esos ojitos voy a ser feliz …

Ensayaba en mi mente lo que le diría: Manu...

No, eso era muy confianzudo, mejor, Manuela, Manuela, ¿quiere salchipapas?

Yo la invito... Ah, cómo está de linda hoy, pues hoy y siempre.

Ella se reiría y yo me reiría, nos miraríamos a los ojos, ella vería los míos cafés y yo los suyos negros.

Si yo encuentro esos ojitos voy a ser feliz …

Me imaginaba que nos sentábamos a charlar mientras todos bailaban al frente de nosotros y nos miraban con envidia.

Me entró de pronto un frío aterrador: Yo no sé bailar, musité.

Beni miró: Cómo que no. ¿En serio?, preguntó y yo respondí temeroso: Pues digamos que sé bailar lo básico, me defiendo, bailo merenguito.

Eso me pasa por bocón, pensé. No quería que él supiera.

La verdadera amistad se fundamenta en la burla.

No dejábamos escapar ninguna debilidad por mínima que fuera; tartamudear, cojear, un mal peinado, un trasquilón, un diente salido, un barro, una caída, una mala respuesta, todo era una excusa para el escarnio público, y más si era yo, un promotor de la burla, vigilante de cualquier descuido para poner un apodo o hacer un chiste.

A lo bien, ¿no sabe bailar?, preguntó. Traté de estar sereno.

Mi cara respondió. ¡Velo, velo, velo!, se puso rojo, se puso rojo porque no sabe bailar, qué güeva, y soltó la carcajada.

Desesperación: Pues no soy un trompo, pero sí sé bailar, home bobo, ni que fuera el más agüevao.

Nuaaa, qué caspa, respondió y siguió riéndose.

Los amigos son como los perros: huelen el miedo.