Primavera Primer tiempo #2
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Primer tiempo #2

Me alejé de la calle, entraba temprano a dormir, no esperaba a que me llamaran mis papás, me convertí en el niño más juicioso: del colegio a la casa, de la casa al colegio.

Trataba de estar acompañado o de visita donde mis amigos, a pesar de los regaños de mi mamá, que no se explicaba qué hacía yo metido en casas ajenas, y de la extrañeza de las mamás de mis amigos, que me veían correr la cortina y mirar por la ventana antes de salir, así como hacen los que esperan que amaine el aguacero para cruzar la calle corriendo y no mojarse.

Las mamás de mis amigos a la tercera vez que ofrecían algo para tomar lo hacían con el tono de este por qué no se va para su casa, se va a quedar hasta la hora de la comida y va a tocar echarle más agua a la sopa.

Sin asomo de vergüenza recibía el jugo. Habría querido decirles: Doña Julia, no me voy para mi casa porque tengo miedo de que Pedro me mate, es que yo lo vi cuando mató a El Ratón, entonces estoy esperando a que se meta a la casa de Los Gordos o se vaya para poder irme para mi casa y resguardarme tranquilo.

Sin embargo, me quedaba calladito tomando mi trago y poniendo temas de lo que fuera.

La intención era no dejar aparecer el silencio y que alguien dijera: Buenoo, calabaza, calabaza, cada uno pa’ su casa.

Les ponía conversación a mis amigos, a sus papás, a sus mamás, era un niño preguntón: ¿Y ustedes cómo se conocieron?

¿Y esos que están en el cuadro quiénes son?

Pedro seguía al frente tranquilo, teniendo más temas que conversar que yo: Doña Julia, ¿a usted qué música le gusta?

¿Y ese apellido de dónde es? ¿Los reginistas creen en Dios?

Y Pedro nada que se iba. Averigüé las vidas de las familias de mis amigos en dos semanas y aprendí a poner los temas que nunca se agotan: la política, el fútbol, la religión; descubrí que nos fascina hablar de nosotros mismos y de las cosas que nos pasan.

En conclusión, gracias al miedo, cultivé una virtud que me ha servido para la vida: escuchar.

Así pasaron dos semanas. Cada que me encontraba a Juanito y a Pedro los saludaba.

Él se quedaba mirándome y yo no más lo miraba directo a la frente o a un cachete, que es como lo miran a uno los que no quieren mirar a los ojos.

Creía que si hacíamos contacto visual no le gustaría y me iba a carear: ¿Le debo o qué?

Y yo la verdad no estaba para deberle nada a Pedro.

Simplemente respondía: Todo bien, y ellos: Todo bien.

Aunque con incertidumbre, pues «todo bien» también podría ser «todo mal».

No era el momento de averiguar a cuál de las dos acepciones se referían en este caso.

Entonces entraba a mi casita como el ratón miedoso que se mete al agujero.

Por esa época me salió un hongo en la planta del pie derecho.

Era tan grande que no me dejaba caminar y, a pesar de los ungüentos de la mamá de Willy, el champiñón maligno seguía resistiendo.

Fue una bendición que me impidió ir al colegio por unos días y evitar que Pedro me encontrara por ahí para matarme.

Me quedaba acostado en la cama escuchando música.

Veía las novelas de la mañana, la del mediodía y, cuando suspendían la programación, encendía la grabadora y escuchaba Latina Estéreo o las baladas en inglés que ponían en Veracruz Estéreo, y así no supiera qué decían las letras, el sonsonete me hacía dormir, hasta que volvía a iniciar la programación a las cuatro de la tarde en los tres únicos canales que había, Canal Uno, Canal A y Teleantioquia.

La televisión, la soledad y el ocio, lejos de darme tranquilidad, lo que hicieron fue despertar aun más mis miedos y crear nuevos componentes para los guiones cinematográficos de mi imaginación.

Pensaba que si les confesaba a mis papás lo sucedido, en lugar de protegerme, me iban a regañar por estar bebiendo con los pillos hasta tan tarde, y pues yo tenía mucho miedo de que Pedro me matara, pero le tenía más pavor a un regaño de mi mamá.

Fue precisamente ella la que me sacó de ese estado de pánico vegetativo aquella noche en la que me envió a la muerte sin saberlo.

Me hace el favor y va a la tienda y trae una bolsa de leche y unas arepas, ordenó seca, afanosa.

Lo que ella no sabía era que en la tienda estaban los muchachos con Pedro y que su hijo iba directo al cadalso.

Después de protestar sin argumentos convincentes, salí cojeando, con una india de diez mil en la mano, a enfrentar mi destino.

Quién me mandó a beber con ellos, quién me mandó a ir detrás de Manuela, a querer hacer parte de un combo que no era el mío, a creerme un grande por estar con los grandes; quién me mandó a no entrarme cuando me tenía que entrar, quién me obligó a contar chistes y chistes y chistes, quien me mandó a ser tan vanidoso que con cada carcajada y aguardiente gratis me emocioné y saqué otro chiste o repetí el mismo.

Adiós, mundo cruel, me van a matar ahí en la acera donde mataron al mismo que yo vi morir.

Iba despacio, lamentándome en mi cabecita loca de adolescente, mientras ellos me miraban cojear y Jhonny decía burlón: Ahí viene Pategurre, en alusión a un personaje que hacía el comediante Vargasvil en Teleantioquia.

Subí las escaleras despacio al tiempo que le pedía a Fruco, con voz fuerte, la bolsa de leche y las arepas para que no fuera sino llegar, recibirlas y devolverme a mi madriguera con mamá ratona.

Me vi bañado en leche y en mi propia sangre, agarrado de la reja con una mano y en la otra apretando los diez mil pesos, en chanclas y con un pie invadido por un hongo gigante en la planta del pie, y eso sí, con la boca abierta.

Recibí la leche y entonces Pedro me llamó: Porkis, venga.

Lo miré y cojeé sumiso al llamado de la parca.

¿Se acuerda de la otra noche? Claro que me acordaba, no había otra cosa de qué acordarme.

Pero no le iba a decir: Hombe, claro, tengo esa imagen suya disparándole a El Ratón al lado mío, y usted dándole bala y gritándole cosas todo borracho, mera vuelta.

No, no era el momento para la sinceridad.

Lo que hice fue tragar saliva y con la garganta seca como si me hubiera fumado un cargamento entero alcancé a decir: Nooo, no mucho, yo estaba muy farro, ¿por qué?

Ya veía venir el: Cómo qué por qué, porque te voy a dar piso por sapo, gonorrea, y hasta aquí llegaste.

Ánimas del purgatorio, quién las pudiera aliviarlas; tan bueno que era, dirían las mamás de mis amigos; qué muchacho tan formal, eso sí, muy preguntoncito, que Dios lo reciba en su santa gloria, y Primavera a tomar tinto de cuenta mía.

El sábado tenemos una farra pa’ recoger fondos para el equipo, pa’ que caiga, sentenció finalmente Pedro.

Ah, pero es que yo no tengo plata pa’ poner, ando muy pelao.

La pobreza siempre es una buena excusa para no participar.

A lo que mi homicida sentenció: Fresco, no tiene que poner nada.

Pero eso sí, cuente esos chistes que contó la otra noche que nos puso a tirar mucha caja, el chiste del león comisionista, ¡ja, ja, ja!

Y trovamos juntos, planteó Jhonny. Eso, eso, qué chimba, celebró Pedro y festejaron todos.

Siguió hablando con Juanito sus temas. Fruco me entregó la devuelta.

El vértigo hizo que olvidara que tenía el pie cojo por el hongo y salí caminando para la casa como un renacido con la bolsa de leche y las arepas para mi mamá debajo del brazo.

***

La mujer se inclina, escurre la trapera, gira el palo como un molinillo al batir chocolate, los hilos se mueven, parecen un ventilador y caen en el piso de cemento esmaltado. Cuando termina de trapear, mete la trapeadora en el balde y grita para adentro de la casa:

—No me pisen, que acabo de dar la última… Buenos días, qué más pues, querida. ¿Sí pudo dormir anoche?

—Ay, mi querida, a raticos. Con ese escándalo casi no pegué el ojo.

—Yo tampoco. —Baja la voz—. Y menos después de eso tan horrible…

—Ay, sí, mi querida, esto se puso muy maluco —habla en sottovoce .

—A mí me dio mucho susto, pero ya mis muchachos se habían entrado.

—A ese Pedro le dio la locura. Yo le prohibí a Beni que no se me fuera a juntar con ellos.

—Y qué tal esas muchachas con esos hombres. Gasolineras es que son.

—Busconas.

La perra Canela se acuesta al lado de la puerta.

—¡Chite, perra! Abrite de aquí, que acabo de trapear…

La mueve con el pie. La perra se levanta despacio y sale caminando sin ganas.

—Qué verraca perra tan chismosa.

—Ja, ja, ja.

—Oiga, pero esas muchachas ya no estaban cuando pasó todo. Yo no las vi.

—Ay, no, yo no aguanté. Cuando dieron las doce me fui a dormir. Pero igual no sirvió de nada porque después los tiros me despertaron.

—Es que sonaron muy duro. Yo no sé por qué nadie salió.

—Y quién iba a salir, uno muerto de miedo. Guadalupe me contó que ella también se quedó mirando por la ventana hasta que Alonso la regañó.

—Al que yo vi fue al hijo de Porkis borracho. Pobrecito, ese muchacho se está perdiendo, con lo juicioso que se veía.

—¡Qué va! Ese no es sino solapado. De las aguas mansas líbranos, señor.

—Ah, eso sí es verdad.

—¿Y qué me dice de esa pobre muchacha?

—¿La hermanita de El Ratón? A mí me dio mucha pensión verla toda confundida.

—¿Confundida? Noo, lo que estaba era furiosa, no ve que dijo que eso no se iba a quedar así.

—Ay, no, qué pereza.

—Dicen que ella es la novia de ese Bobby, ese muchacho tan maluco de la 50.

—Bendito sea mi Dios. Esto se va a poner muy horrible. Dios quiera que no pase a mayores.

Se oye una olla a presión pitar.

—Bueno, mija, después hablamos, que tengo que terminar de alzar el almuerzo.

—Vaya, que esa olla está a los gritos.

Cuando entra el piso está seco.

«Y los zapatos de Manacho son de cartón, de cartón, de cartón…».