Primavera Primer tiempo
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Primer tiempo

«Por la tarde no hay nada, salgo a buscar mis panas, nos paramos en la esquina, no hay nada por la avenida, vamos a dar una vuelta, un serrucho para la botella, nos sentamos en la escalera y cantamos canciones viejas» .

Hay un cuerpo en la acera. Una mancha de sangre sale de la cabeza, se mezcla con la baldosa de granito y crea meandros como si fuera un río vinotinto mirado desde un satélite.

Mariposas en forma de niños revolotean alrededor del joven yerto, revisan sin tocar los pequeños cráteres de color granate oscuro que se le formaron en la testa.

El volcán de sangre está a punto de secarse.

Les causa curiosidad la boca entreabierta que lo hace parecer a una persona viva que ronca, uno de ellos levanta un casquillo y lo analiza con detenimiento, se lo muestra a otro niño, pelean dos segundos por él, el infante más bravo se lo guarda.

Las señoras tienen puesta la máscara del horror y el miedo, se santiguan, regañan a los niños y murmuran.

Los señores, vestidos con pantaloneta y chanclas, quitan a los niños, se lamentan, se rascan por detrás de la cabeza en señal de no saber qué hacer, tocan el cuerpo, lo mueven, lo llaman por su apodo, no saben su nombre, revisan los bolsillos de la chaqueta y sacan algo del pantalón.

Una señora aparece con una cobija y cubre el cuerpo.

Hay tufo a miedo en el aire. Otra mujer llega corriendo y llora encima del cuerpo, frunce el rostro, se agarra los cabellos, mira hacia todas las direcciones, sacude al finado con fuerza, como una madre cuando trata de despertar a su hijo para que vaya al colegio.

Un carro oficial aparece. Un hombre con uniforme baja del carro, con una mirada primero, con una orden luego, con una mano después, retira a la mujer que grita encima del cuerpo.

Puede ser su hermana. Es muy joven para ser su madre y muy vieja para ser su esposa, aunque en Primavera nunca se sabe.

El oficial y su ayudante levantan al hermano, o al hijo, o al esposo o al amigo de esa mujer.

La gente ve cuando lo meten en la parte de atrás del carro.

La dueña de la manta no la reclama. La mujer se consuela en el hombro de otro joven de su misma edad que parece tranquilo, sabe lo que hay que hacer, a quién llamar, con quién hablar, la serenidad de la costumbre.

La gente forma un corrillo a su alrededor, los arropan y no me dejan ver más.

Yo estoy en la casa del frente, mirando detrás de una cortina. El asesino está a mi lado.

Como ellos estaban contentos no hicieron mala cara; además, llevábamos un tema de conversación y ellos no.

El canje útil al que le he sacado provecho toda mi vida: uno pone la labia y el otro pone el trago.

La discusión: ¿era mejor bañarse con agua fría o agua caliente?

Una dicotomía ancestral que Platón decidió no incluir en sus diálogos por la complejidad del asunto y porque en esa época no habían inventado el calentador de agua.

Los que preferían la caliente decían que el agua fría era para las matas y para lavar los carros; los que defendíamos el baño con agua al clima argumentábamos que bañarse con agua caliente era para enfermos y mimaos.

El agua fría es buena para la piel; El agua caliente es para desplumar gallinas; El agua fría pone el pipí chiquito; El agua caliente deja a la gente con sueño después de bañarse…

Los temas fueron migrando y dando saltos de manera espontánea, entre la primera y la segunda garrafa de aguardiente.

Me fui poniendo contentongo, confianzudo y empecé a contar chistes.

Entre risas y el «Había una vez un paisa, un bogotano y un pastuso», nos volteamos la tercera garrafa.

Algunos empezaron a abandonar el barco a voluntad o por obligación.

A Salomé y a Payaso los entró don Alonso con solo salir al balcón y hacer cara de: qué hubo pues, pa’entro, culicagaos.

Imagino que a mi mamá le pudo el sueño y como yo estaba al frente de nuestra casa se quedó tranquila.

Mi papá estaba en turno de noche, así que yo estaba por mi cuenta y riesgo.

La Chiva se fue a dormir temprano, lo mismo que Juanito.

El único trasnochado que no tomó nada porque se la pasó atendiendo fue Fruco.

Quedamos algunos raspando fiesta con dos hombres a los que no conocíamos, pero luego de varios aguardientes nos abrazamos como si hubiéramos salido del mismo útero.

Llegó la decadencia de la noche con temas diversos, distribuidos por parejas o tríos de conversación, peroratas cruzadas, promesas por incumplir, alabanzas de un lado y del otro, afectos con babas y tufo anisado: Te quiero mucho, güevón.

No, yo más. Argumentos pasados por el cedazo del alcohol, sin hilos conductores, con frases sensibleras, desfogue de eructos y silencios en medio de las oraciones, que es aquel momento en el que una neurona embriagada busca la frase que sigue, pero el predicado está al otro lado de la cabeza, sin saber qué hacer, perdida en un charco nebuloso de alcohol.

Así estábamos, arañando ideas, cuando la charla de Pedro y El Ratón fue pasando de castaño a negro azabache.

El volumen de la voz aumentó. Yo estaba muy concentrado con Rubén en una disertación sobre quién era mejor, si Pelé o Maradona, discusión que está en el mismo costal de si es mejor bañarse con agua fría o caliente.

Fue ahí, en ese preciso instante, cuando sucedió lo que cambiaría la vida del barrio, la de mis amigos y la mía.

Porkis, quítese, ordenó Pedro. Apartó de su camino mi cara con el brazo izquierdo y con el derecho apuntó a la cabeza de El Ratón y le disparó dos veces.

Mi cuerpo alcanzó a moverse como si hubiera recibido dos corrientazos fuertes y luego quedé pasmado.

Tengo imágenes separadas del mismo momento:

El tambor del revólver a centímetros de mi cara.

Los ojos desquiciados de Pedro.

El olor metálico del arma mezclado con el de la pólvora.

La mirada de pavor y sorpresa de El Ratón.

Alguien abrazó a Pedro, que ya, que tranquilo, que calmado, home.

Pedro, furioso desde el pelo hasta los zapatos Zodiac, le bramaba a lo que quedaba de El Ratón: Me ibas a goliar la plata gonorrea, ¡carechimba!

A ver si ahora me podés quitar lo mío, pirobo, y resoplaba en bocanadas profundas como si se estuviera tragando la vida del muerto por boca y nariz.

Eso pasó en menos de un minuto. La música se fue y mi mente también.

Mi cerebro, como un corcho de vino, selló el pico de la botella de mis recuerdos para protegerse.

Agujeros negros, sin detalles, olvido, instantes desparecidos.

Este libro se podría llamar Fragmentos inconclusos de un lugar que ya no existe .

Cuando volví era de día y presenciaba el levantamiento de El Ratón por la ventana de la casa del frente, con el aturdimiento onírico de lo increíble.

A mi lado los compañeros de juerga observaban con naturalidad por fuera y angustia por dentro.

Pedro, pálido, veía pero no miraba; sus ojos estaban en su propio agujero negro.

***

Después de ver la muerte de cerquita lo que siguió fue el miedo.

Pavor. El terror a que me matara Pedro o a que nos matara a todos por haber sido testigos.

El silencio nos unió, nadie volvió a hablar del tema.

No sabía entonces cómo manejar eso y esta es la hora que no sé cómo lo logré.

Mi tendencia a imaginarme lo peor se hizo más fuerte.

Me hacía en la mente películas por las que Tarantino, Spielberg y Coppola se hubieran limpiado la baba.

Pensaba que cuando mis papás se fueran a trabajar y yo volviera del colegio iba a recibir un balazo y quedaría tendido en la puerta de mi casa con el uniforme ensangrentado, aferrado a la tula en la que llevaba los cuadernos, con la boca abierta, igual que había quedado ese otro muchacho que mataron en el colegio.

Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

Otras veces pensaba que tocarían la puerta de la casa y, cuando abriera, taque, el balazo en la frente; que entrarían a mi salón como hicieron varias veces con otros y ahí, delante de mi profesor de Ética y Valores, me mandarían para el barrio de los acostados; que en el bus de Zamora que manejaba un señor al que le decíamos Artista, escuchando: Sale el sol, y no estás a mi lado , vivo desesperado, esperando tu amor , lo más de contento, Pedro se sentaría detrás de mí y, ¡pum!

, un tiro por la espalda, en la base del cráneo, en el occipital.

Pedro y Juanito se bajaríaan por la puerta de atrás, nadie vería nada y yo quedaría ahí, sentado, con la boca abierta, con el hilo de sangre pintando las latas del piso del bus, la cabeza recostada en la ventana de la salida de emergencia, que no serviría en esta emergencia, pues el muerto, que sería yo, no alcanzaría a ver la emergencia.

Así imaginé muchas muertes mías. En todas moría; en ninguna muerte que proyecté me salvaba.