La previa #12
La mamá, Julia, pertenecía al grupo de Regina 11, una mujer que tenía un partido político con una escoba como símbolo y por eso decían que era una bruja.
Era reginista y en la ventana de la casa había un cartel con ese símbolo.
Tenía pomadas, ungüentos y cosas para aliviar hematomas y dolencias corporales.
Muchas veces, mi mamá, cuando no encontraba qué más darme para los hongos en los pies, me enviaba con recelo para donde ella y más de una vez sus pomadas aliviaron esos hongos que, según ella, me daban por orinar cuando me bañaba.
¿Cómo sabía ella que yo hacía eso? No sé.
Más de una vez Willy nos mandó a varios con la nariz chorreando sangre porque le hacíamos chistes sobre el reginismo de su mamá.
Una tarde La Chiva agarró una escoba y declaró: Estoy disfrazado de la mamá de Beni.
Más se demoró en decir ja, ja que Beni en quitarle la escoba y darle unos palazos tan duros que le reventaron la cabeza.
Jhonny tuvo que ir a la casa de Beni a que la mamá le untara las cremas reginistas para que le bajara la hinchazón.
Cuando ella preguntó qué le había pasado, le respondió que se había caído por las escalas de la casa.
La relación con su papá no era distinta y distante.
Aunque los unía el gusto por el Nacional, el de ellos era un afecto pálido abonado por la dureza y la disciplina.
Con el cuerpo en posición de honores a la bandera, lo llamaba desde el balcón con el tono del comandante que llama a formar a los soldados del batallón.
Vestía con la camisa por dentro, los zapatos lustrados y el pelo tan bien peinado y duro que no lo movía ni el viento de La rosa de Guadalupe .
Como no le gustaba tener tufo de borracho, la naranja nunca fue su pasante; utilizaba un dulce anisado conocido como confite de aguardiente.
Cuando estaba jincho intentaba recuperar la autoridad perdida con el recurso de la generosidad.
Llamaba a Beni para que pidiera lo que quisiera: un rollo, una lengua, una paleta Drácula, un paquete de papitas, un chicle ácido, una Golosía, un Chocoramo, pero nada, Beni, rebelde y tozudo, seguía sentado en la acera del frente como si pasara una bola de cardo entre su papá y él.
Ni siquiera iba por lo que más le gustaba.
Daba gusto verlo comer Chococono. Le voleaba la lengua con voracidad hasta que quedaba el último pedacito de galleta, y ahí nos preguntaba, parodiando a Kiko el de El Chavo del Ocho , ¿Quiere...
?, ¿sí...?, compre, y se lo metía a la boca de un sopetón.
Lo otro que disfrutábamos era comer mandingas: una longaniza servida en una cama de papas fritas, decoradas con un huevo de codorniz en el centro, bañadas con un fino aguacero de salsas de varios sabores, el Belcebú de la comunidad fitness , un taponador de arterias que devorábamos con el entusiasmo del apasionado por el hambre.
Al terminar de comer aquella ambrosía grasosa, Willy decía: Listo, vamos.
Porque él no se quedaba quieto, requería movimiento, si no era en la tienda de don Andrés, era en la acera de su casa, o jugando fútbol, o yendo a comer mandingas.
Quería hacerlo y probarlo todo, como si supiera que tenía el tiempo contado, como la Cenicienta que goza al máximo porque solo tiene hasta las doce, así vivía, de afán.
En amistades le gustaba la rotación. Con la misma naturalidad que pasaba de una novia a otra, de un parche a otro, de un equipo a otro, pasaba de un mejor amigo a otro mejor amigo.
El turno me tocó cuando tuve que explicarle matemáticas y sociales, porque muy ojos lindos y todo, pero nada se le pegaba.
No sabía ni la tabla del cinco: No saber la del siete vaya y venga, ¡pero la del cinco!
, me burlaba y le exhibía los dedos de cada mano con mi didáctica empírica de estudiante de sexto de bachillerato.
Su respuesta era hacerme señales obscenas: el signo de ok con las manos, metiendo la nariz en el aro que se formaba.
Para las tareas de sociales llamábamos a Salomón, un sabio virtual del periódico El Colombiano , un Google de teléfono, el ChatGPT de los noventa en Medellín; dependiendo de la pregunta presionábamos un código que aparecía publicado en el impreso.
Lo malo era que muchos compañeros llevaban las mismas respuestas y los profesores creían que copiábamos.
Después de dos jugos de maracuyá y el bloqueo de nuestros cerebros, se agotaban los gestos, mi pedagogía y su paciencia.
Subíamos a la terraza a mirar la ciudad con unos binóculos que se había ganado la mamá en un evento de Regina 11.
Él decía que se los había traído el Niño Jesús.
Mirar Medellín desde lo alto era soñar con un mundo desconocido y al mismo tiempo daba la sensación de tener la ciudad a los pies.
Señalábamos los lugares que creíamos conocer: Ese es el Coltejer, es el edificio más alto de Colombia.
Oigan pues, refutaba, el edificio más grande de Colombia queda en Bogotá.
Nooo, oigan a este, pille, ¿usted ve el edificio de Bogotá?
No, ¿por qué?, respondía. Ah, pues porque si fuera tan grande se vería desde acá, y el único que vemos es el Coltejer, con esa lo maté, sentenciaba con sonora carcajada.
Le costaba aprenderse las letras de las canciones y tarareaba las melodías.
Su favorita era No soy de aquí, ni soy de allá.
No tengo edad, ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad…
Era su único contacto con el sonido. Para el baile no era ducho.
Dios en ese talento lo dejó incompleto. Nunca lo necesitó.
Cuando estaba nervioso, lo atacaba la tartamudez, las palabras le salían por cuotas.
Por eso en las fiestas siempre se hacía afuerita, en la periferia.
Desde allí observaba, hacía sus burlas y con sus ojos claros le coqueteaba a alguna y pasaban el resto de la noche felices en un rincón.
Los veía uno engarzados en un beso como si quisieran tragarse mutuamente, en una batalla de lenguas, sin que les importara nada.
Y uno babeándose al lado. La mayoría, para conquistar, a excepción de Guri Guri, teníamos que saber bailar, cantar, hacer morisquetas o llamar la atención con algo.
No teníamos la seguridad que otorgaba la belleza.
A Beni los crespitos rubios se le mezclaban con una cicatriz en la ceja derecha que le otorgaba un halo de bravura, fórmula infalible para conquistar: belleza con un toque de maldad.
Además de esas bondades, la vida lo había bendecido con una habilidad innata para hacer goles sin esfuerzo.
No tenía necesidad de correr. Mientras que nosotros corríamos sudorosos detrás del balón, él simplemente decía: ¡Pasámela, pasámela!
Controlaba, chutaba y la bola se metía al arco.
Qué envidia. A Beni le pasaban cosas de fantasía: una vez, doña Paula, una de Las Abuelas, le estaba dando agua de una jarra en pleno partido.
¡Dejá de tomar agua y jugá, home, marica!
, le gritábamos. En esas el balón le cayó en los pies y le gritó: ¡Juegue!
, porque el balón lo escoge a uno. Sin soltar el vaso con agua, y casi con desdén, le pegó al balón, que hizo un globito y entró derechito al arco.
¡Golazo! Nos miró como quien dice no me jodan que estoy tomando agua y siguió charlando y refrescándose la cabeza con las últimas gotas de la jarra.
No contento con eso, Dios, que es bondadoso, le dio carisma.
Beni le caía bien a la gente. Las mujeres se le insinuaban en gavilla y los hombres lo respetaban.
Hasta las mamás de nosotros decían: Ese mono tan lindo, y lo formalito que’s, me ayudó a cargar el mercado.
Era tan formal que decidió ir a donde no tenía que ir, hacer lo que no tenía que hacer y ponerme a mí, años después, a escribir esta historia porque lo tengo como un sirirí en mis sueños:
«Vos, que podés, deciles lo que podás».