Primavera La previa #11
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La previa #11

Manuela era una ninfa cachetona, de piel bronceada natural, con ojos azabaches que le daban a uno ganas de decirle escoja iglesia y hasta que la muerte nos separe, pero ¡qué va!

Ella desde su pedestal de juventud, belleza y picardía solo miraba a los pillos, a los que tenían el poder, la plata, las motos DT 200 y los carros engallados.

A pesar de ser pelusa de ombligo para ella, mi mente fantaseaba con su cuerpo, con su mirada, hasta me parecían preciosos sus defectos, y su voz ronca era una sinfonía para mis oídos adolescentes.

Su indiferencia, más adelante, me hizo merecedor del afecto de Ana, la mamá de mi amigo Rubén, Guri Guri, que al quedar viuda lo educó con la técnica de la complacencia y el mimo.

Ese matriarcado de Las Abuelas le potenció al niño la confianza del dictador: creía que todo lo podía y que el mundo cercano estaba a su disposición.

Era fácil manipularlo, solo había que retar su confianza: A que no es capaz de tirarse de ahí…

A que sí. Y taque, se tiraba, brazo quebrado.

A que no es capaz de pegarle una pedrada a ese pájaro.

A que sí. Y taque, quebraba un vidrio. Fuimos amigos, aunque éramos distintos y peleábamos mucho; su mente decía «a que sí»; la mía, «a que no».

Nos unían el fútbol, la salsa y su mamá.

Nos sentábamos a escuchar y a cantar duro, en la tienda de Andrés, «Ah-ah/O-no»: Y yo te pido un besito y te toco la manito y te digo que te quiero .

Rodeado de mujeres aprendió a tratarlas; conocía sus debilidades, sus gustos, en qué momento sonreírles, cuándo quedarse callado, cuándo hablar, qué decir, estaba preparado para el amor.

También aprendió de sus tretas, las formas como engañaban, como manipulaban a los hombres con una mirada, con una caricia, con el «aquí tengo, pero no te doy», las vio reírse de ellos, fue testigo de las charlas en las que ellas contaban los más oscuros secretos de los novios: Este lo tiene chiquito; Aquel se las da de toro y no llega ni a ternero; Tan visajoso y no dura ni una canción, escuchaba decir entre risas a sus primas y a sus tías.

Su cabeza se llenó de desconfianza con las mujeres.

Era capaz de enamorarlas, pero no les creía cuando ellas le decían que lo amaban.

La que se negaba a sus encantos se convertía en un reto personal hasta que lograba su objetivo: el frenesí de la conquista, la satisfacción de dominarla, el placer de ver rogar cariño a alguien; le encantaba hacerlas sufrir por su ausencia.

Fui su celestino. Me entregaban las cartas de amor dirigidas a él con esas caritas de esperanza, de adolescentes suspirantes.

Para mí era como ver pasar plata para el banco, un banco cuyo interés era el ego.

La pared de su pieza estaba llena de vitrales, cuadros, esquelas de Giordano, un muñeco deslucido, ícono semiótico de los noventeros enamorados, que mostraba orgulloso como si fueran trofeos.

Yo moría de envidia; mi pared representaba la pureza del adolescente virgen.

Lo veía como a un maestro del romance, o del sexo, o de las mujeres, porque uno a esa edad no entiende esas diferencias y no le importan, en la adolescencia yo solo quería besar a alguna, no importaba si era fea, bonita, alta, chiquita, gorda, flaca; con que tuviera cara servía, ante la escasez no se puede ser exigente.

Soñaba con que por lo menos una sufriera, hacerle falta a alguien, despertar la lágrima, que llamaran a mi casa a preguntar por mí para negarme y decirle a mi mamá Dígale que no estoy, que salí; que fueran a buscarme a mi casa como lo buscaban a él, que me reclamaran como lo hacían con él cuando bailaba con otra mujer; quería sentirme amado, deseado, sentir el poder que da el amor sobre el otro.

Para mí, amar era sumisión, era rendirse ante otro.

El enamorado está a merced de los deseos del otro.

Eso quería yo, que alguien estuviera a disposición mía, poder decir que tenía novia, ir a marcar tarjeta, chupar trompa, tener en mi pared por lo menos dos esquelitas así fueran de Giordano, pero nada.

Solo tuve el trío del adolescente solitario: soledad, envidia y masturbación.

Guri Guri me tomó como su asistente en las lides de la conquista y, aunque yo seguía al pie de la letra sus consejos, mi talento con las mujeres era el mismo que tiene un futbolista para la física cuántica.

A pesar de mí, gracias a él pude dar los primeros besos jugando pico botella.

Guri Guri era talentoso para el fútbol y el baile.

Fue una herencia de sabor, yenyeré y guaguancó que le dejó Aníbal, su papá.

Aprendió a moverse con ritmo desde que estaba en la barriga de Ana.

Ella contaba con orgulloso desparpajo que iba embarazada a bailar en los tablados de la Feria de Flores con Aníbal, su marido, que era un bailarín de primera.

La protuberancia y la incomodidad del vientre no eran impedimento para danzar al ritmo de la Billo’s Caracas Boys, Los Melódicos o Jairo Paternina con el Combo de las Estrellas.

Rubén era tan buen bailarín que los muchachos le daban plata para verlo bailar «El Cumbanchero», A cumba, a cumba cumba cumba, cumbanchero…

a bongo bongo bongo bongocero. Riquiti que va sonando, el cumbanchero, bongocero que se va.

Bongocero que se va ... Guri Guri bailaba, reía y movía esos pies de gelatina con gracia, perfección y una rapidez que nos dejaba pasmados, y él quedaba extasiado de la felicidad que produce la admiración.

Una felicidad momentánea que nunca pudo borrar de su mirada triste.

Desde que lo conocí a los ocho años, en el velorio de su papá en mi casa, sus ojos transmitían abandono, una queja profunda, ancestral, que no nació con la ausencia paterna, sino que venía con él, una robusta fragilidad que despertaba en las mujeres tanta ternura que les provocaba abrazarlo como un acto sanador.

Su papá era tema vetado. La única vez que lo vi llorar teníamos once años.

A la salida del colegio compramos dos pollitos de colores.

Cada uno se fue con su pollo. El mío lo alojé en una cajita de cartón y en un vasito le puse agua y unos granitos de arroz.

No sé qué hizo Guri Guri con su pichón, pero los dos amanecieron muertos.

Se nos ocurrió enterrarlos en el solar de mi casa y hacerles una despedida digna.

Abrimos dos huecos y agarramos unas flores maltrechas.

Él trajo un casete con unas canciones de los Huracanes del Norte, y comenzamos a despedirnos de los pollitos imitando a los grandes en los entierros.

De pronto, Guri Guri lloró. Entonces también me puse a llorar.

Gritábamos: ¡Ayyyy, se nos fueron los pollitos!

Y cantábamos «La cruz de madera», sentados al frente de los dos morritos de arena.

Guri Guri acarició la tierra que cubría su pollito con lamentos poderosos, auténticos.

Años después reiríamos al recordar la vez que enterramos dos pollitos.

Pero sé que ese día mi amigo lloró a su papá, que, aunque él lo negaba, le hacía falta.

En el fondo nos envidiaba porque los nuestros, así no fueran de exposición, estaban vivos.

Tal vez por eso las abuelas el Día del Padre lo llenaban de regalos, lo que le otorgó una potestad para darles consejos o regañarlas, no importaba que fueran mayores, daba órdenes a sus primas y a sus tías, incluso reprendía a su propia madre: No baile así, Esa blusa se le ve muy fea, No tomé más; se portaba como un padre, o un papi, como le decían ellas.

A nosotros nos unió la rumba y nos separó el amor.

Nunca me perdonó lo que pasó con su mamá.

A uno no lo educan para pedir perdón, por eso le toca crecer y ver cómo lidia con las culpas.

No le pude decir nada porque la muerte se enamoró de él, le dio un beso en la cabeza y otro en la costilla izquierda como si buscara el corazón.

«Me gusta andar, pero no sigo el camino, pues lo seguro ya no tiene misterio».

En mi adolescencia, el delantero del equipo era Willy, Beni, un favorito de Dios.

Se podía dar lujos que nosotros no. Su familia era acomodada, que es la expresión popular para designar a los que están por encima del promedio de la pobreza, pero que no alcanzan a ser ricos.

Mercaban para el mes, estrenaban los tres días de diciembre: el ocho, el veinticuatro y el treinta y uno, siempre tenían jugo en la nevera y una vajilla que nunca usaban.

En su casa veíamos las películas alquiladas y a su mamá le tocaba atendernos.

Beni tenía la misma edad mía. Lo sé porque su mamá nos invitó a comer torta con Coca-Cola y lo pusimos en el centro de un círculo humano y le cantamos las quince primaveras; despertarás siendo mujer mañana .

Sentí alivio de que mi mamá fuera pobre y no me hubiera hecho torta con Coca-Cola para mis quince años un mes antes, y por eso no me cantaron que sería una mujer al otro día, porque a mí sí me daban vergüenza esas cosas; a Beni no, a él le gustaba siempre estar adelante.