La previa #10
Doña Margot era una mujer multitarea. Tenía la capacidad de estar pendiente de su familia y de las familias de los demás.
Ese talento la convirtió en la líder del trío selecto de chismosas del barrio, apodado Las Marujas.
Tenía un esposo parco, don Ismael, con cara de cotero de plaza, que salía a la acera sin camisa y se le veía el bronceado de mayordomo: la piel canela en el cuello y los brazos.
La debilidad de Ismael era su perro, Pepe, un dálmata gigante que disfrutaba el sabor de los balones y de la carne humana.
Ismael y Margot tuvieron tres crías: Juanito, Juliana y Jhonny.
Juanito era mayor que nosotros y, afortunadamente, le caí en gracia con mis chistes sin gracia: Vos de lo descachao sos charro, me decía entre risas y traba.
Cuando se tomaba una pastilla, Roche, Juanito, se volvía un peligro; tenía alucinaciones y se imaginaba que lo perseguía el dueño de un billar que, según Primavera, había sido su primer muerto, y entonces se armaba un escándalo, Juanito gritaba: Ahí estás, pirobo, te voy a matar, y se movía para los lados, como si el señor le tirara bolas de billar imaginarias, No me vas a dar, malparido, y volteaba con el arma como un loco.
La mayoría agachaba la cabeza, otros se tiraban al suelo o salían corriendo como yo, las señoras cerraban las cortinas de las ventanas y se guardaban mientras pasaba el alboroto de Juanito, que brincaba: Dejame de perseguir, gonorrea, gritaba en su locura, empepao y apuntando a la loca, y la loca sin aparecer.
Era oscuridad en la casa y en la calle. Se la pasaba con Pedro, otro pelado del barrio, como si fueran uña y mugre, aunque en este caso los dos eran mugre.
Se conocieron en la cárcel de menores y desde ahí siempre trabajaron juntos.
Ellos a robar le decían trabajo; incluso, tenían unas reglas tácitas, una especie de mandamientos: no robarás a nadie del barrio, honrarás a padre y madre y no matarás mujeres ni niños, inspirados en Caracortada , una película con Al Pacino que nos había dejado con ganas de ser Tony Montana, el dia que la vimos en el Betamax de Willy y salimos con el pecho inflado creyendo que el mundo era nuestro.
Pues bien, Juanito y Pedro tomaban ideas de las películas para su vida de maleantes wannabe , como la vez que aparecieron con una lora para tenerla de mascota, igual que Baretta, un detective de una serie gringa que tenía una cacatúa blanca; sin embargo, la de ellos era verde y no tenía más talento que cagar y amargarles la vida a Margot y Juliana, que se la pasaban limpiando rilas y renegando de esa puta lora.
Repetían tanto la frase que se le quedó impregnada en la mente a la cotorra: ¡Puta lora!
, ¡puta lora!, ¡puta lora!, repetía la puta lora.
Nosotros aprovechábamos cada oportunidad para ponerla a recitar: Puta lora, puta lora, acrecentando la inquina de las mujeres y las risas de Juanito y Pedro.
Las carcajadas terminaron cuando Pepe la mató.
El perro brincaba tratando de agarrarla hasta que un día en dos zarpazos acabó con la vida del papagayo y con la endeble armonía interna de Los Gordos, pues Juanito y Pedro la querían como a una hija y juraban que Juliana había sido la promotora intelectual del trabajo sucio que hizo el perro.
Juliana, la gorda, era una joven por cuyas venas no corría sangre, sino bilis.
Tenía la misma edad nuestra, pero se creía más grande.
Era la más obtusa de la casa de Los Gordos.
Su personalidad era como su canción Juliana, qué mala eres, qué mala eres, Juliana.
No siendo la más hermosa, sabía que la coquetería bien administrada era un superpoder.
Era media luz en la casa y oscuridad completa en la calle.
Cuando se le salía el demonio no le negaba un «carechimba» ni un «gonorrea» a nadie.
Hay personas que nacen con el don del insulto; inventan nuevas formas semánticas, hacen asociaciones creativas para ofender, expertas en sacar lo peor de quienes las rodean; cuando pronuncian un insulto lo hacen con convicción, con la vocalización perfecta de las palabras, el tono, la mirada y la posición del cuerpo adecuados para que la ofensa llegue a donde tiene que llegar y produzca el efecto esperado.
Todos tenemos un talento, el de Juliana era insultar, un talento menor, pero talento al fin y al cabo, y lo tenía desde pequeña, la Mozart de los improperios.
A veces a la genética le da por ponerse creativa, por eso uno no se explica cómo en una familia así pudo criarse un ser con características tan distintas a las de los otros consanguíneos.
Como las plantas que nacen entre las piedras, así era el menor, el benjamín, Jhonny, alias La Chiva, mi amigo, la salvación moral de Los Gordos, generoso como su pelo, noble, inteligente y tan diferente a ellos en sus formas que nosotros decíamos que parecía adoptado, que había llegado en una canasta por el río Medellín y doña Margot lo recogió.
Él se reía: Mis padres son alemanes, mi verdadero nombre es Beckenbauer, pero como Ismael no lo sabe escribir me puso Jhonny.
Su sentido del humor no tenía filtro y podía burlarse de cualquiera sin compasión.
Si Juanito era temido por lo que hacía con un arma, Jhonny lo era por su lengua.
Se mofaba hasta de su abuelo, el papá de doña Margot.
Ramón, un septuagenario que era treinta por ciento huesos y setenta por ciento alcohol, se emborrachaba con el olor de la botella, hacía la mirada de las cinco yardas y sus escasas lanas de pelos en la corona se bamboleaban al son del viento; entonces La Chiva nos decía: Ah, a mi papito ya se le emborrachó el pelo, hay que entrarlo antes de que se tire en un rincón como un añoviejo.
Los dos hicimos la dupla cómica más famosa de Primavera.
Imitábamos a Tola y Maruja con una sombrilla y dos pañoletas.
Hacíamos trovas en las que aprovechábamos para ridiculizar a quienes quisiéramos y para denunciar lo que muchos pensaban, pero nadie decía.
Fuimos cómplices en las bromas con solo mirarnos.
Cosa que no pasaba en la cancha; mi talento nunca estuvo a la altura de su claridad con el balón.
Me pasaba la pelota limpia y yo se la devolvía sucia, empantanada, puerca.
Te rebota una toalla mojada, decía. Yo sonreía decepcionado de mis piernas, que no le obedecían al cerebro.
La agilidad que la vida le otorgó a mi lengua se la negó a mis pies.
Aun así, Jhonny siempre me pedía para su equipo.
Aquel apoyo y amistad se fragmentaron cuando no estuve a la altura de su confianza.
Tuvo que mantener sus secretos en la sombra a causa de la vergüenza infundida por los morrongos, por la estupidez ingente de esta sociedad rodeada de montañas de ignorancia y el rechazo vehemente contra aquello que supera su entendimiento.
Soy producto de eso, fui uno de ellos, como un cromañón le di la espalda a mi amigo, a mi apasionado amigo, el que mejor hacía la bicicleta con el balón, al que jugaba como un director sinfónico que en lugar de batuta llevaba una pelota.
Sabía identificar los tempos de un partido; por naturaleza sabía cuándo era necesario un allegro , un pizzicato o un silencio con la pecosa; ese amigo al que vi llorar por aquellos que no entendían que el amor es amor.
Jhonny sufrió mucho y usó el fútbol y el humor para camuflar sus penas, pero no fueron suficiente protección para sus verdades.
Era como la canción que entonaba cuando se prendía He sido el incomprendido, ni tú ni nadie me ha querido tal como soy.
La Chiva cantaba con una sonrisita triste mientras hacía la clave pegándole a una botella de aguardiente.
Miraba al infinito y la coreaba con pasión, con rabia, a modo de reclamo a alguien, Y juraré que cuando muera, aun así con mis presagios, pondré tu nombre a flor de labios y moriré , y yo, sin saber para quién iba el reproche, me sentía perturbado; como si ese ovillo fuera mío, me transmitía sus emociones contrariadas.
Esa canción aún suena como un calderón que en sus notas evoca el final de un artista del fútbol y del humor, el único que valía la pena de esa familia que no comprendió el diamante que tenía, que lo trató como a una piedra sin valor y lo dejó solo. Lo dejamos solo.
«Siempre hablando de qué lindo eres, que anoche saliste con cuatro mujeres, que entre todos los hombres eres el más que puede».
En aquel tiempo, Las Abuelas fueron grandes precursoras de la rumba y las calenturas de nosotros.
Lindas todas, cada una con su estilo, bailadoras, sonrientes, furiosas cuando tocaba, tiernas cuando querían.
Por ellas llegaban los pillos a la cuadra; cada que les mataban los pretendientes, iban apareciendo otros, como los bacilos del kumis.
La abuela, Celia, era una matrona. Sentada en su silla daba órdenes con ese tono ronquito paisa.
Esa voz aguardientosa mandaba a diestra y siniestra sin necesidad de gritar, con la autoridad que otorgan los años, la sabiduría y la plata, pues ella tenía una caleta guardada de la época en que era amiga de Griselda Blanco, famosa por trabajar con Pablo Escobar y con la Camajana, otra mujer que, viuda negra, no se iba con cuentos a la hora de conseguir plata.
Nunca vimos la caleta ni el dinero, pero eso decía Primavera.
Tenía cinco hijos: tres mujeres y dos hombres.
De sus seis nietos, dos eran contemporáneos míos. Manuela y Rubén.