Primavera La previa #9
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La previa #9

El niño Alonso, entre tornillos, arandelas, llaves, crucetas, llantas, calendarios con mujeres en bikini, aprendió las mañas de la ingeniería mezcladas con la calle.

Tuvo la fortuna de saber de la filosofía callejera aprendida en el núcleo mismo: un taller de mecánica; y la academia autodidacta extraída de la prensa, las separatas, las enciclopedias de los periódicos que coleccionaba con disciplina y que se fueron convirtiendo en su biblioteca personal.

En los ratos libres se ponía a leer el periódico y a revisar los crucigramas del día anterior para evaluar si había dado con las respuestas correctas.

Cuando teníamos una tarea difícil, nuestras madres decían: Vaya pregúntele a don Alonso.

Me quedaba escuchándolo mientras esperaba a Payaso, a Jose, para salir a jugar.

Don Alonso no solo respondía la pregunta, la explicaba; le daba entusiasmo contar cosas, sobre todo a nosotros.

Para su hijo eso era carreta. Jose era el defensa de nuestro equipo.

Inteligente como su padre para las matemáticas y para la lógica, le encantaba desarmar los juguetes, los aparatos, las bicicletas, los radios, lo que tuviera un sistema mecánico.

Como decía mi papá: desbarataba un balín.

Sin embargo, era negado para el español, la geografía y las humanidades.

Con sus padres era serio, callado y sumiso, con nosotros era espontáneo, sociable y generoso.

Compraba un pan con queso, lo partía a la mitad y decía: Tenga, que un hambre es muy dura.

Los dos amábamos el pan. Uno de nuestros parches favoritos era pasar por la panadería después del colegio a pedir recortes, pedazos de pan que quedaban después de empacar o los imperfectos que salíann del horno.

El delicioso sabor de las migajas. Nos quedábamos parados en la puerta para llenarnos la barriga con el olor y cuando ya nuestras narices se acostumbraban seguíamos felices el camino comiendo recortes de pan.

Yo entraba a su casa sin avisar, conversábamos y escuchábamos música mientras él trapeaba la casa y bailaba las canciones de Nelson y sus Estrellas.

Sonaban esas trompetas y mi amigo, mi bello amigo, mi divertido amigo, agarraba esa trapera como si fuera su pareja de baile y exhibía sus pasos inventados.

Esa imagen, la profundidad de su sencillez, es uno de mis lugares felices, uno de los recuerdos que me animan a escribir esta historia.

Con esa canción viajo en el tiempo, cierro los ojos y, entre lágrimas, veo a mi amigo de catorce años bailar y cantar con una trapera mientras yo me reviento de risa.

«Aquí estamos, saludando». «A los grandes bailaderos de la juventud».

«Las parejas tiran paso». «Con la gracia, belleza y estilo que le saben dar».

«Y las horas se pasan felices bailando el compás».

«De las bandas que tocan la cumbia y la salsa na má».

«Y no importa que el mundo camine pa’lante y pa’trás».

«Lo que falta en esta vida es rumba para matizar».

Al verme feliz, Jose le ponía más esmero a su payasada y eso me hacía reír hasta que me dolía el estómago o hasta que don Alonso le gritaba que apagara esa vaina, que dejara el escándalo.

Entonces Payaso paraba en seco y seguía trapeando su rabia.

Ellos vivían en tensión: don Alonso era hincha del Nacional; su hijo, del Medellín.

Si don Alonso renegaba de los pillos, Jose se motilaba como los pillos; si don Alonso decía sí, Jose por dentro decía no.

Era una guerra silenciosa. Un día Jose tuvo el llamado del señor, no de Cristo, sino del señor cura, y le dio el embeleco de meterse de acólito para sacarle el diablo a su padre ateo, que, irónicamente, a sus hijos les había puesto nombres bíblicos y se había casado con una mujer llamada Magdalena.

Terminamos metidos en la iglesia con la excusa de que hacían paseos gratis y podíamos tomar vino de consagrar.

Los paseos nunca se dieron. Lo que sí hicimos fue tener unas minibacanales con el vino que el cura escondía.

Llegábamos a nuestras casas en pleno prendimiento y con el Espíritu Santo tambaleante.

Los que más duraron en la iglesia fueron Payaso y La Chiva, hasta que pasó el problema con el cura y tuvieron que cambiar de sacerdote.

Payaso lo lamentó mucho. Ya le estaba cogiendo el sabor a Dios, decía.

Pensaba ordenarse. Sin embargo, su vocación no era de sotana; era una rebeldía adolescente en contra de su padre, que con nosotros era un señor generoso, tranquilo frente a nuestra ignorancia, y que en cambio a Jose le exigía mucho: tenía que ser el mejor estudiante, el más inteligente, el más correcto con las personas, el mejor en todo.

Una vez le dio una muenda monumental porque perdió Español.

Esa tarde Jose me había pedido que estuviera en la pieza para que no fueran a pegarle delante de mí.

Nos sentamos en la cama, yo miraba la carátula de un casete de Nelson y sus Estrellas con codicia, tenía las canciones que a mí me tocaba grabar desde la radio.

Ponía el casete virgen con las teclas récord , play y pause presionadas y en el momento preciso del inicio de canción le quitaba el pause .

Habrían quedado las canciones perfectas de no ser por los anuncios que metían los locutores.

En esas estaba, divagando, pensando en decirle a Payaso que me lo prestara para grabarlas, cuando entró don Alonso con cara de aquí se va a armar la grande.

A Jose se le desapareció el rojo de los cachetes y le temblaron las manos.

A mí me recorrió el frío de la montaña rusa, el vértigo de la bajada.

¿Conque perdió Español?, bramó el papá. Sí, señor, respondió tímido el hijo y agachó la cabeza.

Es que esa profesora me tiene la mala. Don Alonso me miró.

Todavía no tengo el talento para leer la mente, pero uno siente cuando le dicen que se retire.

Así lo hice, mirando a mi amigo con cara de: parcero, se hizo lo que se pudo.

Apenas crucé la cortina que dividía la pieza de la sala, escuché a don Alonso darle correa a Payaso mientras le gritaba que cómo se le ocurría perder Español.

No me pegue, que no es culpa mía, no me pegue, esa señora me tiene bronca, y don Alonso furioso: Cuál bronca ni qué ocho cuartos, un hijo mío no puede ir perdiendo Castellano, que es nuestra lengua materna, le voy a meter el español a correazos si toca…

Sílaba por sílaba: us-ted-no-me-pue-de-per-der-ma-te-rias.

Sonaba el ruido del cuero contra la piel: ¡zúas!

, ¡zúas! Lamentos de Payaso, gruñidos de su padre, latigazos que querían quitarle la ignorancia, pero solo le inhibieron las ganas de aprender y le dejaron las marcas de la correa en varias partes del cuerpo.

Asustado apuré el paso. Doña Magdalena, la mamá de Jose, continuaba cocinando imperturbable, y la hermana, Salomé, en las escalas, se hacía la ausente sobándole las tetillas a Canela.

Parecía un ritual en el que ellas sabían qué hacer: mirar para otro lado y taparse los oídos.

Salí para mi casa dando las gracias por el jugo y por tener un papá que, así no leyera un libro, se gastara la quincena en trago y prestara la casa para hacer velorios, nunca me iba a pegar si yo perdía Español.

Tiempo después la vida le devolvería a don Alonso cada correazo con un infausto remordimiento que lo convirtió en un errante, un mito silencioso que lloraba buscando a su hijo perdido en las aguas de la desobediencia y la libertad.

«Yo, yo, yo, yo creo que voy solito estar cuando me muera he sido el incomprendido Ni tú ni nadie me ha querido tal como soy».

Hace treinta y cinco años, fueron los últimos en llegar.

Los niños estábamos jugando en la calle.

Tuvimos que parar cuando apareció un camión grande con gente colgada en los lados como frutas de un palo en cosecha.

Los papás, que estaban en la tienda de Andrés hablando de fútbol, suspendieron el tema al ver ese gentío que se bajaba del camión haciendo alharaca, dirigido por una señora de pelo corto, rechoncha y pequeñita, la Nana del Conde Pátula en versión paisa.

Ella comandaba ese batallón que bajaba muebles, sillas, tablas de camas, una nevera enorme, estufa, colchones de rayas azules, costales, bolsas, matas pequeñas, medianas, enormes, espejos y mil cachivaches más.

Se comunicaban con gritos: que dónde está el otro bafle, que el cable del equipo, que usted dónde lo guardó, que oigan a esta, que yo qué voy a saber, que entonces no pongo música, que no ponga nada y ayude mejor a bajar las cosas del carro, que vea, acá está el cable, que listo, que suene la música, que póngase un diomedazo.

Y arrancó ese equipo de sonido a cantar «Sin medir distancias»: ¡Tiiin!

¡Tin Tin! ¡Tintintintín! ¡Tin tin tin! ¡Tintin-tiin!

¡Tiiin! ¡Tin tin!, ¡Tintintintín! ¡Tin tin tin!

¡Tintin! ¡Tiin!, la herida que siempre llevo en el alma no cicatriza , al tiempo que ellos bajaban sus corotos y nosotros mirábamos impávidos a los nuevos vecinos: Los Gordos.

Los llamaríamos así no por su contextura física, sino por una muletilla que usaba doña Margot para comunicarse: A la orden, gordo.

Gordo, qué necesita. Qué más, gordito. Oiga, gordo.

Mire, gordo. Vea, gordo. Dice el barrio que ellos fueron los causantes de lo malo que nos pasó. Yo no creo.