Primavera La previa #8
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La previa #8

Dos horas antes, cuando el equipo hizo el primer gol, mi cuerpo había implosionado en el jolgorio de un instante, el estadio tembló, abrazamos con la fuerza del fanatismo una esperanza que concebíamos como un hecho.

Muchos miraron al cielo dando gracias; otros empuñaron sus manos en señal de fuerza, de poder, de vamos; algunos sentados con la camándula en las manos rogaron por un final feliz.

Dios sería indiferente. Nos dejaría en visto.

Brincamos, cantamos, lloramos de emoción por lo que se venía: la estrella, el campeonato.

Otra final, otra vez ilusionados. Esta vez sí, decíamos.

Entusiastas compartíamos miradas de felicitación.

Viejos, niños, mujeres, primos, hermanos, padres, hijos, amigos, desconocidos.

Convertidos en una sola energía, partículas rojas que formaban un todo contagiadas por un virus que se transmite de generación en generación.

Una bella masa apasionada. Nuestro plan era irnos a celebrar la estrella a Primavera.

La fiesta estaba montada con sonido, comida, música.

Una farra completa. Otra vez la historia se repetía.

Otra fiesta armada para una nueva final perdida.

Igual que treinta años atrás cuando fuimos campeones por cinco minutos.

***

En diciembre de 1993 yo frisaba tres mundiales.

Estaba en Ituango pasando Navidad en la finca de mis papitos, los abuelos.

Esa tarde hablé con mi papá por el teléfono de Telecom.

Me contó que la tienda de Andrés estaba decorada con banderas del Medellín, que incluso los hinchas del Nacional le estaban haciendo fuerza al rojo.

Su voz daba confianza. Explicó entusiasmado los cálculos para lograr la estrella que el equipo no ganaba desde hacía treinta y seis años.

Mi papá tenía treinta y nueve: nunca lo había visto campeón.

La meta era simple: había que ganar, y que el Junior de Barranquilla no ganara.

Los partidos se iban a jugar a la misma hora.

¡Este año sí!, fue su última frase. Colgué el teléfono sin entender por qué yo no estaba en Medellín en la fiesta del fútbol con mis amigos y mi papá para ver el partido y celebrar.

Con ese pesar escuché el partido por la radio.

En el minuto treinta y ocho del segundo tiempo, Carlos Castro pateó el balón desde fuera del área y con eso nuestro equipo quedaba campeón.

Mi tío, el diferente, el único hermano de mi mamá al que le gustaba el fútbol, celebró conmigo el triunfo ante la mirada atónita e impasible del resto de la familia, que en su vida de campo y aislamiento fue inmune a este virus.

Me veo brincar en el corredor, gritando ¡Campeones, campeones!

, sonriente, veo a mi mamita decirme Deje la bobada, y yo: Mita, es que somos campeones, el Medellín es campeón por fin, mita.

Veo a mi tío preguntarle al aire: Cómo estará su papá de feliz, cómo estará Medellín, cómo estará Primavera.

Y el aire sin responderle. Me veo parar en seco por un instante, pensar en mi papá e imaginar la fiesta del barrio, ellos felices, voleando las banderas en la avenida, y yo en una montaña a cientos de kilómetros celebrando con gente que no tenía idea de lo que había pasado; alcé los hombros en señal de, pues celebro solo, y volví a brincar y a gritar ¡Campeón, Medallo, campeón!

En ese momento a mi oído entró un sonido seco y doloroso.

La fatalidad puede describirse así: Estaba brincando con la mirada en las casitas de las montañas que en la noche parecían estrellas en el horizonte, mi tía pasaba con un pedazo de natilla en la mano, dos parejas bailaban y mi tío estaba sentado con la oreja cerca del radio.

Escuché al locutor decir ¡Gol del Junior!

Silencio. Me había olvidado del partido en Barranquilla.

Si los tiburones ganaban, nosotros perdíamos.

Y así fue: en el minuto 92, El Pibe Valderrama le hace un pase al «Nene» Mackenzie y marca el gol que los vuelve campeones a ellos y virreinas a nosotros.

Hoy una risa, mañana lágrimas. Gol del Junior, lamentaba el periodista.

¡Gol del Junior!, lamentaba mi tio. Gol del junior, lamentaba agachando la cabeza el niño que yo era.

Una voz triste le volvió a preguntar al viento: Cómo estará de triste su papá, cómo estará la gente en Primavera, en Medellín.

El viento, otra vez, lo ignoró. Dejé de brincar.

La gravedad jaló con fuerza y mis pies se hicieron pesados.

Quedé inmóvil. Un vacío me llenó de soledad el estómago.

Miré a mi alrededor: el mundo siguió girando; la gente bailaba feliz «Maldita Navidad» de Gildardo Montoya: Ay, maldita Navidad, ay, maldita Navidad, ya vienes con tu bullicio.

Veo que todos se divierten. Para mí es un sacrificio .

Mis tías comían natilla, mi papito conversaba con su hermano, mi mamá seguía haciendo buñuelos en la cocina, mi tío me miró con lástima.

Comencé a llorar duro, con la fuerza de un niño de once años que tiene cuerdas vocales casi nuevas, sin mover otros músculos del cuerpo, solo la garganta emitía un alarido gutural.

Las lágrimas acamparon en mi boca con sabor a nada.

Todos voltearon a mirar alertas, apagaron la música, preguntaron qué pasaba, mi tío les dijo que había perdido el Medellín.

Fríos, decepcionados, dieron media vuelta y siguieron su fiesta.

Mi mamá salió con las manos untadas de masa de buñuelos y gritó impaciente: ¡No llore por eso; es solo un juego!

Mi abuelo me sobó la cabeza y concluyó, sin saber qué más decir: Ya, mijo.

No sabían cómo consolar la derrota de un partido.

Para ellos era muy incomprensible que alguien llorara de esa forma por algo que les sucedía tan lejos a personas desconocidas.

Lágrimas por una camiseta, por una copa o por un partido nunca estuvieron en la lista de sus sentimientos frágiles.

Esa actitud que para muchos es absurda, fútil e inocua para otros como yo es parte de la vida, es una estampa de identidad.

Es el ancla que me une a mi padre y a mis amigos de Primavera, es un recuerdo diáfano de muchos momentos felices, es una pasión a la cual no puedo renunciar.

Es ilógica. Quizás escribo para comprenderla.

Comprender por qué siempre que mi equipo pierde un partido importante me veo a los once años llorando solo en el corredor, ante la mirada inerte de mi tío y la indiferencia del resto, que continuó en las labores navideñas de buñuelos, natilla, villancicos y fiesta.

Cuando se acabaron las lágrimas, mi cuerpo estuvo inmóvil por un rato.

Los pies se fueron desatornillando del piso.

Una sensación de abandono entró desde abajo y se quedó a vivir en un rincón profundo de mi mente.

A ese niño nadie lo abrazó. Se fue a dormir esa noche pensando que, tal vez, si hubiera estado en Primavera, en el barrio, con su padre y sus amigos, habrían podido abrigar el daño juntos.

No tuvo con quien compartir el desconsuelo.

Como sí tuve treinta años después a la salida del estadio, por la misma razón, el mismo equipo, el mismo rival, porque las penas —contrario a las alegrías, que crecen— cuando son compartidas se difuminan y transforman esa melancolía en un recuerdo bello y triste.

Tengo una impronta de un balón que me trajo el Niño Dios, tengo un gol en el minuto noventa, tengo finales perdidas, penales errados, tengo un remordimiento por no haber estado la noche de 1993 en Primavera, con mis amigos, curándonos los síntomas dolorosos de una enfermedad colectiva que heredé de mi padre, el fútbol, el Medellín, esa irracional excusa para compartir tristezas, pues, aunque se disfrute alguna gloria fugaz, haz de saber que en la vida por cada gol hay diez lágrimas.

«Aquí estamos, saludando, a los grandes bailaderos de la juventud».

Por aquellos días, el papá de Jose era el hombre más ilustrado de Primavera.

Tenía datos de historia, ciencia, matemáticas, geografía, sociales, español y de temas poco académicos, como el fútbol, los carros y la música.

Sabía para dónde se marcharon los Rodriguez, que le pasaba a Lupita, por qué se casó Adonay, qué sería lo que tenía el negro, quién se robó la cadenita de Carmen, dónde pastaba el unicornio azul de Silvio Rodriguez, qué quería la chica gomela, qué le pasaba al camión que no arrancaba y cómo era y a qué dedicaba el tiempo libre el yerno de José Luis Perales.

El papá de mi amigo había estudiado el bachillerato, pero no pudo hacer una carrera.

Le tocó quedarse en el taller mecánico con su papá.

La secundaria fue un privilegio obtenido por su tenacidad y por una beca de las monjas a las que el papá de Don Alonso les reparaba un carro viejo en el que pedían donaciones en las casas de El Poblado, el centro y Laureles.

Por eso don Alonso cuando joven vistió ropa de marca, de segunda pero de marca.

Camisetas que solo se conseguían en Estados Unidos o en Panamá terminaban manchadas de grasa y aceite de carro pues la mugre no discrimina ni tiene idea del glamur y el precio de las cosas.