La previa #7
A don Andrés y a Óscar les dio muy duro cuando Los Gordos, o mejor, doña Margot, montó un bar para vender trago.
La puja comercial de quién se quedaba con los borrachos la ganó doña Margot con una estrategia de marketing de impacto.
Un día llegó el cantante de «Los caminos de la vida», un vallenato que sonaba hasta en la misa y que fue la canción del año.
Era un hombre con cabellera abundante, como un león pelinegro y costeño.
Doña Margot y su familia lo anunciaron como ¡El cantante de «Los caminos de la vida»!
En tumulto exigimos abrazos, fotos, autógrafos en un papel, en una servilleta, en el brazo, en una teta, en la camiseta o donde fuera.
Hágale, que mi mamá no dice nada. Pero mi mamá sí decía y alegaba en el lavadero tratando de sacar la mancha para recuperar la camiseta.
Hasta el mismo Andrés se tomó dos flashazos con el cantante.
Padres, madres, tíos, tías, chismosos de la cuadra y de otras cuadras: las mujeres salían en chanclas y blusas de tiritas con la cámara en la mano; los hombres en pantaloneta y sin camisa; todos a tomarse retratos con el famoso.
Las Marujas corrieron la voz hasta que a esa casa no le cupo un arroz parao.
Se armó una bacanal épica. Doña Margot feliz y Andrés, impotente, miraba desde su ventana de tienda, con cara de maldita sea, no conocer a Diomedes para traerlo a Primavera y que se vaya por otro camino el cantante de «Los caminos de la vida».
Algunos dudaban, pero no había manera de comprobar, no existían ni Google, ni celulares con cámara, ni redes, ni nada de esas cosas de hoy para evidenciar mentirosos.
Se hizo la rumba. Cantaron «Los caminos de la vida» una, y otra, y otra…
y otra vez, hicieron sancocho, cerraron la cuadra y si algún carro urgido le daba al claxon, pues los muchachos salían y le decían con la educación del caso y del aguardiente: ¿Qué pasa pues, pirobo?
, no ves que la calle está cerrada, reverse pues esa torta y ábrase si no quiere que le metamos dos tiros en cada llanta.
El conductor se tragaba su rabia, reversaba y buscaba otra ruta, o el pasajero del taxi decía: Señor, tranquilo, déjeme aquí, que yo camino.
Solo se le abría la vía a un carro de la cuadra o que aparecía para sumarse a la farra.
Así fue como doña Margot posicionó su casa-bar y se llevó los clientes rumberos de Primavera, y Andrés se quedó con la venta de la comida, con nuestros papás en sus paneles de opinión y dos o tres borrachos fieles a razón del fiado.
Sin embargo, como doña Margot era nueva en Primavera, no sabía que el trago de la rumba se lo iban a quedar debiendo y que meses después en el programa de televisión de Jorge Barón, El show de las estrellas , saldría el verdadero cantante de «Los caminos de la vida», Omar Geles, del grupo Los Diablitos, un costeño sin la cabellera que tenía nuestro falso cantante, negro, no mestizo como el que aparecía en nuestras fotos. Lo único idéntico era la voz.
No hubo reclamos. Nadie quiso reconocer que había sido engañado.
Quedar como un tonto era un desprestigio perpetuo, al fin de cuentas, mejor no ir a alborotar avisperos a donde se debía plata.
Ella quedó con su negocio, nadie pagó el fiado y todos tan contentos.
El único que no quedó tranquilo fue Andrés, que empolló una tirria por lo que oliera a Los Gordos.
Años después esa rabia sería pírrica comparada con la decepción que le produjo su hija; como sentenció Juliana, La Gorda: La lengua es el azote del culo.
Lo que sí entristeció a Primavera fue lo que le pasó a Fruco, que no se metía con nadie, pero la mala suerte se metió con él.
Una frase le cambió el destino y lo obligó a venderles la suerte a otros. Salao, salao, siempre salao.
***
En la tienda de Andrés están unos hombres jugando cartas. Una toalla sirve como mantel. Hay unas gaseosas en el piso; una media de aguardiente descansa en un muro acompañada de dos vasos de agua. Huele a cigarrillo.
—No tengo ni un par en este juego.
—Entonces según usted Nacional ganó la copa porque la compró Pablo Escobar. Qué cantaletica tan brava.
—Eso es envidia, porque el Medellín no ha tenido la plata para comprarla.
—Ja, ja, ja.
—Hombre, según usted, Pablo se metió a la cancha y metió los goles disfrazado del Palomo Usuriaga.
—Entonces, Gacha, que, según cuentas, tenía más plata que Pablo, por qué no la compró. No era pues el dueño del Millonarios, ¿entonces?
—Ah, yo no sé, pero los árbitros siempre le ayudan a Nacional. Usted no vio que en el partido de Libertadores con Millonarios La Gambeta entra al área y René lo baja. ¡Lo baja! Se ve claritico, pero al árbitro se le cayó el pito. Ja, ja, ja.
—No señor, esa no fue la carta que le tiré, fue una jota de diamantes. Velo tan vivo.
—Y dónde me deja a los Orejuela del América, que tenía la selección Suramérica. Falcioni, Gareca, Battaglia y Cabañas, eso era un equipazo.
—Y ni así pudieron ganar la Libertadores. ¡Tres veces seguidas quedaron subcampeones!
—Muy triste.
—¿Lo del América? Sí.
—Nooo, triste que usted agarre ese cinco que le tiré.
—Pa’ mí no es tristeza lo del América. Solo verde. El Nacional será el único campeón. Ja, ja, ja. Con los puros criollos, papá...
—Por culpa de Pablo.
—Y dele con Pablo.
—Es que usted sabe que ellos apostaban y Pablo Escobar le iba al Nacional.
—Por eso mataron al árbitro y suspendieron el torneo en el 89.
—Eso no fue Pablo, tampoco pues, pero oiga, sí, qué matada tan brava, por anular un gol.
—Este país está muy jodido.
—Comprando árbitros.
—La plata puede con todo. Por eso yo digo que esa copa la compraron a bala.
—Ustedes los del Medellín hablan mucha mierda. Sabiendo que Pablo era hincha del rojo.
—Pues era muy mal hincha entonces.
—Bueno, señores. ¡Llegué completo!
—Yo me fui.
Se oye el sonido de una moto que se acerca.
«Al despertar todos los días, siento un dolor en mi corazón…».
Tengo diez mundiales de edad. No sabía que esa enfermedad duraría toda mi vida, que sería incurable y que tendría que aprender a vivir con ella.
Que algunas veces mostraría mejoría y que en otras ocasiones yo sentiría como si hubiera muerto un poco.
El trece de diciembre de 2023 salí del estadio abrazado a mi padre, los dos en un solo espíritu destrozado y con el entusiasmo herido.
Aunque éramos miles de personas saliendo en tumulto, estábamos solos.
Masa fragmentada. La muerte colectiva de la ilusión.
Una hinchada que pierde una final en su cancha vive una masacre emocional.
A la salida del estadio los cuerpos sonámbulos caminábamos en automático a la deriva.
Otros padres con otros hijos que también heredaron este virus divagaban incrédulos.
Habíamos perdido otra final. Aquella fiesta planeada se esfumó en el minuto 89 cuando el delantero del Junior recibió la pelota libre, sereno y, con una maestría que nunca había tenido, puso el balón en la parte superior del arco, dejándonos atónitos, en shock .
El estadio quedó mudo. Sentí náuseas. Con los ojos incrédulos, conectamos en silencio una frase que aún vibra en mi cabeza: Esto no puede estar pasando.
Nos fuimos a penaltis. Se había evaporado la fe.
En lo profundo intuíamos que perderíamos sin haber pateado todavía.
Una vez más vimos a un grupo minúsculo de hombres celebrar ante un estadio en silencio que, por dentro, daba alaridos de impotencia.
Perdimos. La rumba, la celebración, el baile, el fororro, el descualquiere, volear la bandera y cantar ¡Grita el pueblo clamoroso!
; eso no pasaría. Mirábamos al piso infelices.
Ver las estrellas aumentaba la abulia. Ellas, tan lejanas, solo dan consuelo a los soñadores y a nosotros nos mataron el sueño.
Cuerpos apagados con sus camisetas rojas trataban de encontrar una explicación.
Repartimos culpas: fue el técnico, fueron los jugadores, fue el árbitro, las apuestas, el destino, la planeación, fue el partido de ida, fue todo eso.
Menos nosotros. Lo que teníamos que hacer lo hicimos: llenamos el estadio, hicimos la fiesta previa, recibimos el bus como una colonia de hormigas rodea un pedazo de dulce, cantamos los coros — Me dicen el matador, soy del Medallo, la hinchada de indigentes y de borrachos, que todos los domingos, a la norte voy a ver al rojo porque sé que en cualquier momento va a salir campeón …
Descontrolado yo vengo igual, de visitante o de local, fumando porro y tomando vino, el que no alienta al rojo ¡a qué hijueputas vino!
—. Insultamos al árbitro y abucheamos al rival sin tregua, lo normal...